Parte V
HOMBRE DE LOS MIGRANTES Y PARA LOS MIGRANTES
1. LA
EMIGRACION VISTA POR SCALABRINI
a) Las
dimensiones y las causas
b) El
derecho natural de emigrar.
2. LA
IGLESIA Y LAS MIGRACIONES.
d) La
emigracion problema de toda la iglesia
3. LOS MISIONEROS Y LAS MISIONERAS DE SAN CARLOS PARA LOS MIGRANTES.
b) En la
Iglesia y por la Iglesia
a) El
deber del estado y de las clases dirigentes
Mons. Scalabrini afronta el dramático problema
de la emigración en masa, estallado en Italia al comienzo de su episcopado, con
el ánimo del pastor que ve dispersarse su rebaño y siente la necesidad de
cumplir la misión de
El Apóstol de los Emigrantes analiza el
fenómeno bajo todos los aspectos: dimensiones, causas, consecuencias humanas,
sociales y religiosas. Denuncia las injusticias y las opresiones, pero al mismo
tiempo sabe leer en el evento un designio de Dios: por lo tanto, descubre la
misión de
Él mismo se dispone para dar una respuesta
concreta a las exigencias de los migrantes y funda dos Congregaciones
misioneras, una masculina y otra femenina, de personas dedicadas a la misión
mediante la consagración religiosa.
La misión evangelizadora está completada
por la obra de tutela y de promoción humana, confiada a los laicos, y especialmente
a
1. LA EMIGRACION VISTA POR SCALABRINI
La visión de los emigrantes próximos a
partir desde la estación de Milán y los ruegos de los diocesanos emigrados en
América interpelan el ánimo apostólico del obispo de Piacenza. La emigración es
uno de los hechos más importantes y determinantes de la vida italiana
contemporánea, es impresionante por el número y tiene un carácter permanente,
debido a inevitables necesidades económicas.
La necesidad presupone un derecho, que no
puede ser suprimido por el Estado o por los centros de poder, que deben
asegurar la libertad de emigrar, pero no la libertad de "hacer
emigrar", causa de especulación y de explotación. El emigrante no
orientado y no tutelado está expuesto a "infinitos males tanto materiales
como morales", es "presa facilísima de especulación"; abandonado
a sí mismo, arriesga perder su identidad cultural y religiosa.
Si, en cambio, la emigración está bien
dirigida y asistida, se puede convertir en "instrumento de esa Providencia
que rige a los destinos humanos y los guía, también a través de catástrofes,
hacia la meta, que es el perfeccionamiento del hombre sobre la tierra y la
gloria de Dios en los cielos". Efectivamente, en el designio de
a) LAS DIMENSIONES Y LAS CAUSAS
"Eran emigrantes"
520.
Hace varios años, en Milán, fui espectador de una escena que dejó
en mi alma una impresión de profunda tristeza. De paso por la estación vi la
amplia sala, los pórticos laterales y la plaza adyacente invadidos por tres o
cuatro centenares de personas pobremente vestidas, divididas en diversos
grupos. Sobre sus rostros bronceados por el sol, surcados por las arrugas precoces
que suelen imprimirles las privaciones, se transparentaba el tumulto de los
afectos que agitaban en ese momento su corazón. Eran viejos encorvados por la
edad y los esfuerzos, hombres en la flor de la virilidad, mujeres que traían
consigo o llevaban en los brazos sus niños, jovencitos y jovencitas todos
hermanados por un sólo pensamiento, todos dirigidos hacia una meta común.
Eran emigrantes. Pertenecían a varias provincias del Norte de
Italia y esperaban con temor que la locomotora los llevara a orillas del
Mediterráneo y desde allí a las lejanas Américas, donde esperaban encontrar
menos adversa la fortuna y menos ingrata la tierra a sus esfuerzos.
Partían, esos pobrecitos, algunos llamados por parientes que los
habían precedido en el éxodo voluntario, otros sin saber con precisión hacia
adonde estuviesen dirigidos, atraídos por ese poderoso instinto que hace migrar
a los pájaros. Iban a América, donde había, lo escucharon repetir muchas veces,
trabajo bien retribuido para quien tuviese brazos vigorosos y buena voluntad.
No sin lágrimas habían dicho adiós al pueblito natal, al cual los
ligaban tan dulces recuerdos; pero sin añoranza se disponían a abandonar la
patria, ya que ellos no la conocían más que bajo dos formas odiosas: el
reclutamiento y el recaudador de impuestos, y ya que para el desheredado, la
patria es la tierra que le da el pan, y allá lejos esperaban encontrar ese pan,
menos escaso aunque no menos sudado.
Me fui emocionado. Una oleada de pensamientos tristes me hacía un
nudo en el corazón. Pensé: ¡quién sabe qué cúmulo de desventuras y privaciones
les hace parecer dulce un paso tan doloroso!... ¿Cuántos desengaños, cuántos
nuevos dolores les prepara el porvenir incierto? ¿Cuántos conseguirán la
victoria en la lucha por la existencia? ¿Cuántos sucumbirán entre los tumultos
ciudadanos o en el silencio de la llanura deshabitada? ¿Cuántos si bien
encontrando el pan para el cuerpo, perderán el del alma, no menos necesario que
el primero y perderán, en una vida totalmente material, la fe de sus padres?
Desde aquel día la mente se me fue muchas veces hacia aquellos
infelices y esa escena me actualiza siempre otra, no menos desoladora, no
vista, pero vislumbrada en las cartas de los amigos y en las relaciones de los
viajantes. Yo los veo a esos desdichados desembarcados en tierra extranjera, en
medio de un pueblo que habla una lengua no comprendida por ellos, víctimas
fáciles de especulaciones humanas: los veo mojar con sus sudores y con sus
lágrimas un surco ingrato, una tierra que exhala miasmas pestilentes,
desgastados por los esfuerzos, consumidos por la fiebre, suspirar en vano por
el cielo de la patria lejana, y la antigua miseria de la casa natal y sucumbir
finalmente sin que la añoranza por sus seres queridos los consuele, sin que la
palabra de la fe les señale el premio que Dios ha prometido a los buenos y a
los desventurados. Y aquellos que en la dura lucha por la subsistencia
triunfan, helos aquí; ¡ay de mí! lamentablemente allá en el aislamiento,
olvidar toda noción sobrenatural, todo precepto de moral cristiana, y perder
cada día más el sentimiento religioso, no alimentado por las prácticas de
piedad y dejar que los instintos brutales tomen el lugar de las aspiraciones
más elevadas.
Frente a un estado de cosas tan lamentables, yo me hice con
frecuencia esta pregunta: ¿cómo poder remediarlo? Y todas las veces que leo en
los diarios alguna circular gubernamental que pone a las autoridades y al
público en guardia contra las artes de ciertos especuladores, que hacen
verdaderas capturas de esclavos blancos para empujarlos, ciegos instrumentos de
codiciosas apetencias, lejos de la tierra natal con la mira en fáciles y
espléndidas ganancias; y cuando por cartas de amigos o por relaciones de viajes
me entero que los parias de los emigrados son los italianos, que los trabajos
más ruines, si puede haber ruindad en el trabajo, son realizados por ellos, que
los más abandonados, y por lo tanto los menos respetados, son nuestros
compatriotas, que miles y miles de nuestros hermanos viven casi sin defensa de la
patria lejana, objeto de prepotencias con mucha frecuencia impunes, sin el
consuelo de una palabra amiga, entonces, lo confieso, la llama de la vergüenza
cubre mi cara, me siento humillado en mi calidad de sacerdote y de italiano y
me pregunto nuevamente: ¿cómo ayudarlos?
Incluso, pocos días atrás, un distinguido joven viajero me traía
el saludo de varias familias de los montes de Piacenza acampados a orillas del
Orinoco: diga a nuestro Obispo que recordamos siempre sus consejos, que rece
por nosotros y que nos mande un sacerdote porque aquí se vive y se muere como
bestias.
Ese saludo de los hijos lejanos me sonó como un reproche... [1]
"Uno de los hechos más importantes de
la moderna vida italiana"
521.
Uno de los hechos más importantes de la vida italiana moderna es
su emigración; importante por el número, por los problemas sociales que
implica, por el malestar económico del cual es estímulo. Según los cálculos de
la estadística, los italianos emigrados que viven ahora en las Repúblicas
Americanas sobrepasan los dos millones; más de un millón en las Repúblicas del
Sur, cuatrocientos mil y más en Brasil, y el resto en las extensas partes de
América y especialmente en el Norte. Sólo la ciudad de Nueva York cuenta con
85.000. En el decenio l880-l890 salieron de los confines del Reino dos millones
de habitantes - un millón para la emigración temporaria, verdadero flujo y
reflujo de seres humanos que da a los trabajos de Europa la mano de obra
inteligente y solícita de nuestros obreros y trae de vuelta a la patria
alabanzas y dinero; y un millón para la emigración permanente - o sea gente que
va al otro lado del océano con la esperanza, casi siempre decepcionada, de
volver y se dispersa entre las jóvenes Repúblicas americanas, en el Sur y en el
Norte, en las populosas ciudades y entre las pampas desiertas y las florestas
vírgenes, llevando a todas partes una actividad siempre apreciada y estimada
(...).
Estas cifras no necesitan un amplio comentario. Ellas dicen clara
y rigurosamente: que en el bienio l887-l888 salió un mayor número de ciudadanos
del reino de Italia que de Francia, Países Bajos, España, Portugal, Austria,
Bélgica, Dinamarca, Suiza, todas juntas. Dicen que nuestra emigración es cuatro
veces mayor que la de Rusia, el triple de la de Alemania que también tiene una
grandísima emigración y de algunos miles superior a la del Reino Unido que
tiene colonias muy florecientes y negocios en todas partes del mundo.[2]
"Un fenómeno que tiene todas las
características de un hecho permanente"
522.
Las cifras expuestas son imponentes, pero parece que el fenómeno
migratorio no ha alcanzado su apogeo, ya que a pesar de las dificultades
interpuestas por la ley, votada hace dos años y que limita la obra de los
agentes de emigración; a pesar de los desengaños y de los gritos de dolor, que
de tanto en tanto atraviesan el Atlántico, que nos hacen temblar y ruborizar, a
pesar en fin, de las prohibiciones gubernamentales, el doloroso éxodo continúa.
Señores, el hecho es que la emigración italiana, que fue y está alimentada por
nuestras tristes condiciones especialmente agrarias, que fue y es estimulada
sin medida por los agentes de emigración y por la necesidad de brazos para
sustituir a los esclavos liberados en Brasil, responde en su conjunto a una
verdadera necesidad del pueblo italiano y está en relación con el aumento anual
de su población. No se trata, por lo tanto, de un fenómeno transitorio, sino de
un fenómeno que tiene todas las características de un hecho permanente. El
italiano es uno de los pueblos que tiene mayor aumento anual de población.
Aumenta en razón del 11 y 12 por mil, y es superado solamente por el holandés
que se honra de un excedente de los nacidos sobre los muertos del 13 por mil.
Por lo tanto, a pesar de la ingente emigración, la población del
Reino aumenta, y en pocos años nuestras hermosas comarcas tendrán un máximo de
densidad.
Según cálculos exactos, aumentando la población como en los
pasados 20 años, los italianos dentro de un siglo serán 100 millones, de los
cuales, admitiendo también, debido a una extensa colonización interna, de poder
hospedar dentro los confines del reino otros l0 millones y de alcanzar así los
45 o 50 millones - ya que tantos podrían caber en Italia si todas sus regiones
tuviesen la densidad de población de Lombardía - tendríamos siempre un inmenso
pueblo de otros 50 millones, que se esparcirá, en el siglo venidero, por el
mundo, impulsado por una fuerza a la que en vano se resiste, la lucha por la vida.
¡50 millones de italianos, señores, dispersos sobre la faz de la tierra como
hojas llevadas por un torbellino![3]
"La emigración es un hecho natural y
una necesidad inevitable"
523.
La emigración es un hecho natural y una necesidad inevitable. Es
una válvula de seguridad dada por Dios a esta sociedad atormentada; es una
fuerza conservativa mucho más poderosa que todos los compresores morales y
materiales, pensados y puestos en práctica por los legisladores para tutelar el
orden público y para garantizar la vida y los bienes de los ciudadanos. Es
conocido el refrán: malesuada fames [el hambre mala consejera]. ¿Quién podría
retener un pueblo que estalla bajo las convulsiones del estómago, pero que
tuviese la esperanza de encontrar en otras partes el pan cotidiano?
Por lo tanto a aquellos que, al considerar las miserias
ocasionadas por la emigración, exclaman serenamente: Y, ¿por qué tanta gente
emigra? Es fácil responder. La emigración, casi en la totalidad de los casos no
es un placer, sino una necesidad inevitable. Sin duda entre los emigrantes
también hay malos sujetos, vagabundos y viciosos: pero esos son minoría. La
inmensa mayoría, para no decir la totalidad de aquellos que expatrían, para
irse a la lejana América, no son de este temple; no huyen de Italia por
aborrecer el trabajo, sino porque este les falta y no saben como vivir y
mantener la propia familia.
Un excelente hombre y cristiano ejemplar de un pueblito de
montaña, donde algunos años atrás yo me hallaba en visita pastoral, se me
presentó para pedir la bendición y un piadoso recuerdo para sí y para los suyos
próximos a partir para América. A mis observaciones él opuso este tan simple
como doloroso dilema: o robar o emigrar. Robar no debo ni quiero, porque Dios y
la ley me lo vedan; ganar aquí el pan para mí y para mis hijos no me es
posible. ¿Qué hacer por lo tanto? Emigrar es el único recurso que nos queda...
No supe que agregar. Lo bendije emocionado recomendándolo a la protección de
Dios, y una vez más me convencí que la emigración es una necesidad que se
impone como remedio supremo y heroico al que hay que someterse, como a una
dolorosa operación se somete el paciente para evitar la muerte.
La religión y la emigración, he aquí ya los únicos dos medios que
podrán en el futuro salvar a la sociedad de una gran catástrofe: una enviando a
otros continentes el sobrante de la población; la otra, consolando con
alentadoras esperanzas el desesperado dolor de los infelices. [4]
b) EL DERECHO NATURAL DE EMIGRAR.
"Un derecho sagrado"
524.
Aquellos que quisieran obstaculizada o limitada la emigración en
nombre de consideraciones patrióticas y económicas, y aquellos que la quieren,
en nombre de una mal entendida libertad, abandonada a sí misma sin consejo y
sin guía, o no razonan por nada o razonan, según mi opinión, como egoístas y
despreocupados. Efectivamente, prohibiéndola se viola un sagrado derecho
humano, abandonándola a sí misma se la hace ineficaz. Los primeros, olvidan que
los derechos del hombre son inalienables y que, por lo tanto, el hombre puede
ir a buscar su bienestar donde más le convenga; los segundos, que la
emigración, fuerza centrífuga, puede convertirse, cuando está bien dirigida, en
fuerza centrípeta poderosísima. Efectivamente, además de causar alivio a
aquellos que quedan por la disminución de la concurrencia de aportes de brazos
y con nuevas salidas abiertas al comercio, se vuelve ella de inmenso provecho
adquiriendo influencias y aportando bajo mil formas los tesoros de actividades
sustraídas por un momento a la nación (...).
El discutir teóricamente, si la emigración es un bien o es un mal,
es inútil aquí, siendo suficiente para mi objetivo el constatar su existencia.
Pero después de las búsquedas que he emprendido para reunir datos estadísticos
y los hechos que sirven como base de este breve trabajo mío, y en las
conversaciones familiares, me he dado cuenta de una gran confusión de ideas
sobre este punto, no sólo entre la burguesía y los particulares, sino también
entre los periodistas y personas que se dedican a la cosa pública, así que he
creído no del todo inoportunas estas consideraciones.
Especialmente los propietarios de tierras, donde la emigración de
los campesinos es más numerosa, preocupados por este repentino empobrecimiento
de brazos, que se traduce en un adecuado aumento de beneficios para los que se
quedan, han hecho oír sus quejas al gobierno y por medio de diputados y de
asociaciones han pedido providencias "para sanar y circunscribir esta
dolencia moral, esta deserción, que despoja al país de brazos y de capitales
fructíferos, que hace quebrar los pactos colonialistas y deja tras de sí el
desgano y la insubordinación sin ninguna ventaja para los emigrantes, porque
los campesinos desprovistos de capitales y de conocimientos serán siempre y en
todas partes proletarios, y la miseria de la que intentan huir abandonando la
patria, los seguirá siempre como la sombra de su cuerpo, aumentada por nuevas
necesidades y por el aislamiento" (Actas parlamentarias, sesión l2 de
febrero de l879).
Como cada uno puede fácilmente darse cuenta, estas razones y estos
consejos se inspiran más en los intereses de los ricos que quedan, que en las
necesidades de los pobres que están obligados a irse, y si las autoridades le
prestaran oído fácil y conformaran su obra con esas sugerencias, sería cosa
inútil, injusta y perjudicial. Inútil, porque no llegaría jamás a suprimir la
emigración; injusta, ya que es injusto y tiránico todo acto que interpone
obstáculos para el libre ejercicio de un derecho; perjudicial, porque la
emigración tomaría otro camino diferente al natural que son nuestros puertos,
como ha sucedido todas las veces que el gobierno, por un mal entendido espíritu
de patriotismo, puso trabas a la emigración.[5]
"La emigración debe ser
espontánea"
525.
Si los agentes de emigración fuesen, como parece creer el
honorable De Zerbi en su informe, nada más que simples intermediarios, o sea,
hombres de confianza entre las varias Sociedades de Navegación y los
emigrantes, y restringiesen su obra en dar aclaraciones sobre el modo y sobre
el tiempo de los embarques, y las agencias no más que simples sucursales de las
oficinas centrales de Navegación, no habría de que preocuparse. Su acción, si
bien superflua en el mayor número de los casos (ya que esos conocimientos se
podrían adquirir, para quien tuviese interés, en las esquinas de las calles y
en los despachos públicos), tampoco sería dañina. Por el contrario, a veces
podría ser cómoda para los emigrantes. Y aún si los agentes actuasen un poco
como motivadores para decidir a los dubitativos, y mostrasen a los pobres
sedientos por la miseria, los arroyos americanos frescos y rebosantes como
aquellos que en el infierno de Dante hacían extasiar al maestro Adán, no sería
el fin del mundo, y se podría cerrar un ojo y decirles con Manzoni: vete, vete,
pobre apestado, no serás tú el que arruine a Milán.
Pero la facultad de hacer enrolamientos es algo muy diferente de
todo eso, y los agentes, que hacían uso de ella cuando ya estaba vedado por las
circulares ministeriales, ¡imagínese si no querrán valerse todavía más
ampliamente cuando sea por ley un derecho! Por consecuencia natural las
catástrofes, lamentadas en el pasado, aumentarán en la medida de la libertad
acordada, ya que por una parte, la experiencia no sirve contra la sed de
ganancias insaciables, y la ignorancia, por la otra, o no sabe la suerte que ha
corrido quien lo ha precedido en ese camino, o espera tener mayor fortuna.
Las sanciones conminadas por la nueva ley contra los agentes de
emigración son severas, y está bien; no lo serán nunca demasiado contra quien,
más deshonesto que el ladrón y más cruel que el homicida, empuja a la ruina
tantos infelices. ¡Cuántos de ellos, arrancados de su casa con falsas promesas,
se fueron al otro lado del océano entre páramos inhóspitos, acechados por mil
dificultades insuperables, afortunados si finalmente lograron encontrar un
trozo de tierra donde morir en paz! ¡Cuántos abandonados sobre playas desiertas
sin vestimentas y sin pan, tuvieron como suma ventura la posibilidad de poder
volver, con la desesperación en el corazón, a su pueblo natal![6]
"Libertad de emigrar, no de hacer
emigrar"
526.
Libertad de emigrar, pero no de hacer emigrar, porque tan buena es
la migración espontánea, como dañina es la incitada. Buena, si espontánea,
porque es una de las grandes leyes providenciales, que presiden a los destinos
de los pueblos y a su progreso económico y moral; buena, porque es una válvula
de seguridad social; porque abre los floridos senderos de la esperanza, y
algunas veces de la riqueza, para los desheredados; porque moldea las mentes
del pueblo con el contacto de otras leyes y de otras costumbres; porque lleva
la luz del Evangelio y de la civilización cristiana entre bárbaros e idólatras
y eleva los destinos humanos, ampliando el concepto de patria más allá de los
confines materiales y políticos, haciendo al mundo patria del hombre.
Es mala, si incitada, porque a la verdadera necesidad sustituye el
furor por súbitas ganancias o un mal entendido espíritu de aventura; porque
despoblando más allá de la medida y sin necesidad el suelo patrio, en lugar de
ser un alivio y una seguridad, se vuelve un daño y un peligro, creando un
número mayor de desplazados y de ilusos; mala, en fin, porque desvía a la
emigración de sus cauces naturales, que son los más provechosos y los menos
peligrosos, y porque la experiencia nos enseña que es causa de grandes
catástrofes, que se pueden y se deben impedir desde un gobierno civil y
previsor.[7]
"Cuanto tiene gusto a sal el pobre
pan del emigrado"
527.
Los peligros que lleva consigo semejante emigración son
innumerables y también son innumerables los males que la afligen. Cuando yo,
hace diez años, recogí el grito de dolor de nuestros pobres emigrantes en un
pequeño escrito que tuvo mucho eco en el corazón de todos los hombres de buena
voluntad, y que obtuvo en toda clase de personas un tan amplio consentimiento
de pensamiento y de obras, yo estaba muy lejos de imaginar el cúmulo de males y
de peligros a los que se expone el pobre emigrante. Todo, todo, conspira contra
él y sus males con frecuencia comienzan antes del éxodo de la humilde casa,
bajo la forma de un agente de emigración que lo conmina a partir, haciéndole
vislumbrar la fácil conquista de riquezas y lo envía a dónde a él place y
conviene, no dónde el interés del emigrante aconsejaría; y lo siguen los males
durante el viaje, con frecuencia desastroso, y lo acompañan a su llegada en
esos lugares infectados por terribles enfermedades, en los trabajos en los
cuales se siente con frecuencia incapaz, bajo patrones inhumanos o por la
ambición insaciable del oro o por la costumbre de considerar al trabajador como
un ser inferior; y esos males se agravan bajo los mil acechos que la maldad les
presenta en los países extranjeros, de los cuales ignora la lengua y las
costumbres, en un aislamiento que es con frecuencia la muerte para el cuerpo y
para el alma.
Y podría citar numerosos hechos que demuestran con cuántas
lágrimas está regado y cuanto tiene gusto a sal el pobre pan del emigrado, de
esos infelices, que llevados allá por vanas esperanzas o por falsas promesas,
encontrarán una ilíada de desventuras, el abandono, el hambre y con frecuencia
la muerte; allá dónde creyeron encontrar un paraíso; donde creyeron ver El
Dorado, pintado por el espejismo de la necesidad, ¡sin pensar que el Simún
violento de la realidad, dispersa en un instante las encantadas ciudades de los
sueños! Infelices extenuados por los esfuerzos, por el clima, por los insectos,
caen desconsolados sobre el terrón fecundado por sus sudores, sobre las
márgenes de las florestas vírgenes, que supieron roturar no para sí, ni para
sus hijos, golpeados por esa dolencia fatal y gentil que es la nostalgia,
soñando quizás con la patria, que no les supo dar ni siquiera el pan, invocando
en vano el ministro de la santa religión de sus padres para que alivie los
terrores de la agonía con las inmortales esperanzas de la fe.
Señores, el cuadro no es alentador, sin embargo es la historia
veraz de millares de nuestros compatriotas emigrados, como yo la he recogido en
los informes de mis Misioneros y como me fue escrita y relatada por quien fue
testigo y parte en esos tristísimos éxodos.
No quisiera, sin embargo, ser mal entendido o parecer pesimista.
Las tristes cosas mencionadas no pueden decirse de todos nuestros emigrados.
Muchos de ellos han encontrado en los países que los hospedaron pan suficiente,
muchos, bienestar y algunos, riquezas y forman en su conjunto colonias de las
cuales la madre patria puede considerarse orgullosa. Pero son también muchos los
desgraciados, y en gran parte lo son por su ignorancia y por nuestro abandono. [8]
"Infinitos males materiales y
morales"
528.
Los peligros que les esperan a los emigrantes son tales y tan
numerosos, que difícilmente un hombre aún de ingenio vivo podría escabullirse
totalmente de ellos. ¿Qué decir pues de los pobres campesinos que, ignorantes
de todo, se confían a personas que en cada emigrante ven solamente una cosa
para explotar?
Desafortunadamente aquellos que leen diarios deben recordar cierto
número de hechos a veces viles, a veces trágicos, siempre tristes, en los
cuales nuestros pobres hermanos que emigran aparecen en calidad de víctimas.
Algunos años atrás los diarios hablaron de centenares de
emigrantes, que llegados al puerto de embarque, no sé si de Génova o de
Nápoles, advirtieron que su dinero, reunido con quien sabe cuántas privaciones
y quizás con la venta de los últimos enseres domésticos, había terminado en
manos de un estafador. Y a consecuencia de ello lágrimas, gritos, imprecaciones
y luego la vuelta al pueblo natal con gastos a cargo del Estado.
En los comienzos del invierno de 1873 llegó a Nueva York un buque
con muchas familias de campesinos de los Abruzos, que habían sido embarcados
por los agentes de emigración con la promesa de llevarlos a Buenos Aires, dónde
los esperaban ansiosamente parientes y amigos. Esos desdichados, que habían
sufrido mucho durante la travesía, se encontraron en cambio en otro lado,
agotados, muy lejos de la meta de su viaje y sin medios para continuarlo.
Sin embargo, éstas pueden ser excepciones. Lo que es regla general
es el modo en el cual se realiza su transporte. Hacinados peor que bestias, en
número mucho mayor de lo que permitirían los reglamentos y la capacidad de los
barcos, ellos hacen ese largo e incómodo trayecto, literalmente amontonados,
con cuanto daño para la moral y para la salud bien pueden todos imaginar.
¿Qué decir después de la suerte todavía más lamentable que les
espera una vez alcanzada la suspirada meta? Con frecuencia embaucados con artes
engañosas, deslumbrados por mil promesas falsas, obligados por la necesidad, se
vinculan con contratos que son una verdadera esclavitud, y los niños se
encuentran encaminados por la mendicidad al delito y las mujeres lanzadas al
abismo del deshonor.
Los extensos y vírgenes terrenos de América del Sur, de Brasil, de
Chile son cedidos a los emigrantes directamente por los gobiernos o por
sociedades privadas, que han adquirido su propiedad con fines de especulación;
y después de un determinado número de años y mediante el pago de cánones
convenientes, el campesino se convierte en dueño del suelo fecundado con su
sudor. Los colonos, por lo tanto, instalan sus carpas entre aquellas estepas
que convierten con frecuencia en prometedoras y prolíficas campiñas y esos campesinos,
generalmente de una misma región y algunas veces del mismo pueblo, bautizan
allá con el nombre del villorrio natal el lugar dónde
Sin embargo, estos conglomerados si bien pueden disminuir los
peligros de la emigración, haciendo menos triste y más segura la vida, pueden
también, si no están bien vigilados, ser causa de infinitos males materiales y
morales, ya que nuestros pobres campesinos corren el riesgo de ser enviados por
los especuladores a consumir su vida sobre terrenos estériles o en lugares
malsanos o mal defendidos de las fieras y de las hordas bárbaras. Todas estas
cosas ya se verificaron y más de una vez la prensa y la opinión pública se
conmovieron por ellas. [9]
"Presa facilísima de la
especulación"
529.
Pero, ¿adónde va esta gran masa de seres humanos, éste torrente de
sangre italiana?
La mayor parte de ella, es doloroso decirlo, no sabe adónde va.
Para ellos es América, el país al que se dirigen los que dejan la patria en
busca de fortuna. Al Sur o al Norte, entre las zonas templadas o las
tropicales, en climas sanos o pestilentes, sobre tierras fértiles o más
estériles que las que abandonaron, en centros muy poblados o en comarcas
desiertas, ellos no saben. Van a América, y con frecuencia con el agravante de
un contrato firmado en blanco, que pone, si no su persona, su trabajo a
disposición de cualquier patrón.
Es así que los agentes de emigración enviaron gran número de
emigrantes a Brasil a sustituir la mano de obra ya insuficiente para las
necesidades de la agricultura y mermada como ya dije por la abolición de la
esclavitud. Es así que en Nueva York el así llamado sistema de los patrones,
condenado por un Bill del Senado de los Estados Unidos, aglomeró un número
interminable de emigrantes, atraídos allá con mil promesas, explotados
indignamente y luego abandonados, para dejar el puesto a los nuevos llegados,
nuevas víctimas de deshonestas ganancias.
Es así, por último, que en Chile, para no nombrar muchos otros
casos, encontraron el abandono y la miseria miles de nuestros connacionales
seducidos a ir por ridículas mentiras. Y como la ignorancia y la pobreza los
hace aquí en la patria víctimas fáciles de los agentes de emigración, así allá
el aislamiento y la miseria los hacen presa facilísima de la especulación,
siempre y en todas partes sin sentimientos de piedad y allá más que en otros
lados. Por eso, en lugar de un trabajo adecuado y bien retribuido, en vez de
abundante y sano alimento, esos infelices encuentran un trabajo duro, cuando lo
encuentran, una retribución que, medida con los esfuerzos, los peligros, el
encarecimiento de los artículos de primera necesidad, es verdaderamente
irrisoria, encuentran luego el poco mejoramiento dietético pagado a muy alto
precio, con la frecuente privación de todo lo que significa vida civil.[10]
"Pierden el sentimiento de la
nacionalidad y el sentimiento de la fe"
530.
Sin embargo, ¿quién podría describir los peligros a que se exponen
nuestros pobres emigrados con respecto a la vida religiosa? Se ha dicho todo al
decir que en la inmensa mayoría ellos viven allá sin ver jamás la cara de un
sacerdote y la cruz de un campanario. Abandonados, por lo tanto, a su suerte,
se entregan a la indiferencia más desoladora o abandonan la fe de sus padres.
Les diré una cosa que oprime el corazón al pensarlo: en sesenta años, según
cálculos oficiales, emigraron a una gran república americana 40 millones de
católicos. Ahora suponiendo también que 20 millones, lo que no se verificó
nunca, hayan repatriado, los católicos allá residentes, teniendo en cuenta los
nacidos y los muertos, deberían alcanzar por lo menos una cifra de 20 millones;
en cambio según el último censo eclesiástico, el número no llega, o ciertamente
no llegaba entonces, a los 8 millones. ¿Adónde fueron a parar los otros 12
millones?
Pierden el sentimiento de la nacionalidad, y con él, cosa que
oprime el corazón al pensarlo, el sentimiento de la fe católica, caen víctimas
de la propaganda protestante, víctimas infelices de las sectas, allá más
activas y numerosas que en otras partes. ¡Oh Señores! ¡Permitan a un Obispo
llorar ante ustedes por tanta desventura! La privación de ese pan espiritual
que es
"Abandonados allá sin sombra de
asistencia religiosa"
531.
Los pobres campesinos que emigran, cuando no mueren por el camino,
o no sucumben por las privaciones o por la mortal angustia de verse engañados,
están, se puede decir, abandonados allá sin sombra de asistencia religiosa. Su
estado es más fácil imaginarlo que describirlo. Los sacerdotes no abundan en
América, y los pocos que hay, casi desconocedores de nuestra lengua, no podrían
tampoco cumplir, como quisieran, sus deberes, por la razón muy simple que no
serían comprendidos por los emigrados. Considero que por estar los emigrados
dispersos por esas superficies sin fin, el sacerdote no podría visitarlos más
que de vez en cuando y de prisa. Por lo tanto, el italiano que vive en América,
está casi obligado, generalmente hablando, a llevar una vida peor que pagana,
sin Misa, sin Sacramentos, sin oraciones públicas, sin culto, sin Palabra de
Dios, de tal manera que ya es mucha cosa si sus hijos son bautizados. Ahora es
evidente que ese estado de cosas, debe conducir insensiblemente a esos
infelices a una indiferencia espantosa en materia de religión y a un
materialismo que embrutece (...).
Además no hay que olvidar que si en América faltan con mucha
frecuencia templos y sacerdotes católicos, la propaganda protestante o
masónica, según los lugares, no falta nunca. Allí adónde la voz del ministro de
Dios no llega, llegan los folletos incrédulos, las novelas inmorales, los
opúsculos y los libros de las sectas. Por lo tanto, si por un lado falta todo
auxilio religioso, por el otro abundan las insidias a la fe de nuestros pobres
connacionales, los que por interés o por ignorancia fácilmente se dejan enredar
por los apóstoles del error. [12]
"La mayor parte de los males podrían
evitarse"
532.
Sin embargo, lo que más entristece en todo esto, es el pensamiento
que la mayor parte de los males religiosos, morales, económicos, a los que se
expone nuestra emigración podrían evitarse o disminuirse bastante, si las
clases dirigentes en Italia fuesen concientes de los deberes que los unen a los
hermanos expatriados; ya que las inmensas comarcas de América no son tan
malsanas para no poder ofrecer a nuestra emigración un rincón tranquilo, y no
todas las tierras están poseídas por la especulación para no encontrar todavía
lugares tan fértiles y baratos para asegurar una equitativa recompensa a los
trabajadores. Todo está en saberlas mostrar a nuestra emigración.
Pero, ¿cuándo se hizo esto en Italia? ¿Cuándo se le dijo a los
emigrantes: tengan cuidado, éste y el otro contrato que se les ofrecen, éstas y
aquellas otras regiones que se les indican, esconden tal y cual otro asecho, no
son seguras, no son sanas, son estériles, o también siendo fértiles, están tan
fuera de todo medio de comunicación posible, tan apartadas de todo conglomerado
humano, que el fruto de sus esfuerzos reposará sin poder ser vendido, y así serán
al mismo tiempo ricos y pobres? Repito, ¿cuándo se hizo esto en Italia? A lo
sumo se grita un poco y se gime bajo el flagelo de algún hecho, que en nuestros
hermanos ofende a nuestro amor propio nacional, se grita y se compadece y se
reclama también, si se quiere, alguna medida del gobierno ¿y después? ¡Se calla
todo, se cubre todo con el olvido, todo vuelve a la calma, la calma falaz de la
ola que esconde a la víctima y que prepara otras más![13]
"La emigración es un bien y un mal"
533.
La emigración es indudablemente un bien, fuente de bienestar para
el que se va y para el que se queda, verdadera válvula de seguridad social,
aliviando el territorio del exceso de población, abriendo nuevos caminos a los
comercios y a las industrias, fundiendo y perfeccionando las civilizaciones,
ampliando el concepto de patria más allá de los confines materiales, haciendo
patria del hombre al mundo; pero siempre es un mal gravísimo, individual y
patriótico, cuando se la abandona así sin ley, sin freno, sin dirección, sin
tutela eficaz: no como fuerzas vivas e inteligentes, ordenadas para la
conquista del bienestar individual y social, sino como fuerzas chocantes que
con frecuencia se destruyen recíprocamente: y actividades explotadas para su
daño y vergüenza; para daño y vergüenza del país de origen. No como aguas aptas
para fecundar, sino torrentes sin cauce, que pierden el tesoro de sus aguas
entre las piedras y las zarzas, cuando no arrasan los campos ya fecundados. [14]
"Es instrumento de
534.
La emigración es ley natural. El mundo físico, como el mundo
humano están sometidos a esta fuerza que agita y mezcla, sin destruir, los
elementos de la vida, que transporta organismos nacidos en un determinado punto
y los disemina por el espacio, transformándolos y perfeccionándolos en modo de
renovar en cada instante el milagro de la creación.
Emigran las semillas sobre las alas de los vientos, emigran las plantas
de continente a continente, llevadas por la corriente de las aguas, emigran los
pájaros y los animales, y, más que todos, emigra el hombre, a veces en forma
colectiva, a veces en forma aislada, pero siempre instrumento de esa
Providencia que preside a los destinos humanos y los guía, aun a través de
catástrofes, hacia la meta, que es el perfeccionamiento del hombre sobre la
tierra y la gloria de Dios en los cielos.
Esto nos dice
"La grandeza religiosa y moral de la
causa de los emigrantes"
535.
Yo pienso que la grandeza religiosa y moral de la causa de
nuestros emigrados italianos y la grandeza política y material de este
hospitalario país, que a ellos (como me decía pocos días atrás el insigne
presidente de
Yo he recorrido una parte considerable de la patria gloriosa de
ustedes y he admirado otra vez y con recóndita alegría, que me entusiasmaba,
los grandes designios de Dios sobre América. Al celebrarse el cuarto centenario
de Cristóbal Colón, yo fui invitado en Italia a dar conferencias al respecto, y
ello por la sola y simple razón de que la familia de Colón pertenecía a mi
querida Diócesis de Piacenza, si bien él había nacido en Génova.
Una de esas conferencias se titulaba "Los designios de Dios
sobre América". Ahora bien, lo que pensaba entonces, lo he visto
confirmado durante mi feliz estadía entre ustedes, en mi largo viaje en los
varios Estados de
"Se va madurando la unión en Dios por
Jesucristo de todos los hombres de buena voluntad"
536.
Aquí por lo tanto, un día, si la inercia, si la ignorancia de los
caminos de Dios, si el descanso sobre los laureles conquistados, si la opresión
de santas aspiraciones, no desvían a los pueblos del plan divino, todas las
naciones tendrán generaciones numerosas, ricas, felices, morales, religiosas,
las que aun conservando cada una los caracteres propios de su nacionalidad,
estarán estrechamente unidas.
Desde esta tierra de bendición se elevarán inspiraciones, se
desarrollarán principios, se desplegarán nuevas fuerzas, arcanas, las que
vendrán para regenerar, para reavivar el viejo mundo enseñando la verdadera
economía de la libertad, de la hermandad, de la igualdad; enseñándole que
pueblos diferentes por origen pueden muy bien conservar su lengua, su
existencia nacional propia, aun estando unidos política y religiosamente, sin
barreras para encelarse y dividirse, sin armadas para empobrecerse y destruirse
los unos a los otros (...)
Yo lo espero; sí, yo lo espero, oh Señores. Ya que mientras el
mundo se agita deslumbrado por su progreso, mientras el hombre se exalta por
sus conquistas sobre la materia y domina como dueño la naturaleza desentrañando
el suelo, sometiendo el rayo, mezclando las aguas de los Océanos con el corte
de los Istmos, suprimiendo las distancias; mientras los pueblos caen, resurgen
y se renuevan; mientras las razas se mezclan, se extienden, se confunden; a
través del ruido de nuestras máquinas, por encima de este laborío febril, de
todas estas obras gigantescas y no sin ellas, está madurando aquí una obra
mucho más vasta, mucho más noble, mucho más sublime: la unión en Dios por
Jesucristo de todos los hombres de buena voluntad. [17]
"
537.
Los servidores de Dios que trabajan sin saberlo, sin conocimiento
de causa para el cumplimiento de sus designios, son numerosos en todos los
tiempos, pero en las grandes épocas históricas de renovación social, hay más de
cuanto se conozca, más de lo que se piense: ellos son innumerables. Ya que,
Señores, sépanlo bien, no lo olviden nunca. La finalidad suprema prefijada por
¡Qué día será aquel, oh Señores! Día afortunado, en el cual todos
los acentos, todas las voces en diferentes lenguas, elevarán al Omnipotente el
cántico de la alabanza y de la acción de gracias. El sol de la verdad
resplandecerá más luminoso y el arco iris de la paz se curvará sobre la tierra
con todos sus gentiles colores. Será como un arco de triunfo bajo el cual