Parte  V

 

HOMBRE DE LOS MIGRANTES Y PARA LOS MIGRANTES

 

1. LA EMIGRACION VISTA POR SCALABRINI 1

a) Las dimensiones y las causas. 2

b) El derecho natural de emigrar. 5

c) Las consecuencias. 7

d) El designio de Dios. 11

 

2. LA IGLESIA Y LAS MIGRACIONES. 13

a) La presencia de la Iglesia. 14

b) Religion y Patria. 17

c) Pastoral de los migrantes. 18

d) La emigracion problema de toda la iglesia. 27

 

3. LOS MISIONEROS Y LAS MISIONERAS DE SAN CARLOS PARA LOS MIGRANTES. 36

a)  La fundacion. 36

b) En la Iglesia y por la Iglesia. 48

c) El espiritu misionero. 53

d) Vida religiosa. 58

 

4. LOS LAICOS Y LA EMIGRACION.. 68

a) El deber del estado y de las clases dirigentes. 69

b) La sociedad San Rafael 74

 

 

 

 

Mons. Scalabrini afronta el dramático problema de la emigración en masa, estallado en Italia al comienzo de su episcopado, con el ánimo del pastor que ve dispersarse su rebaño y siente la necesidad de cumplir la misión de la Iglesia enviada a reunir en la unidad a los hijos dispersos de Israel.

El Apóstol de los Emigrantes analiza el fenómeno bajo todos los aspectos: dimensiones, causas, consecuencias humanas, sociales y religiosas. Denuncia las injusticias y las opresiones, pero al mismo tiempo sabe leer en el evento un designio de Dios: por lo tanto, descubre la misión de la Iglesia con respecto a los emigrados y el método mejor para cumplir en su favor la misión de evangelización y de promoción humana.

Él mismo se dispone para dar una respuesta concreta a las exigencias de los migrantes y funda dos Congregaciones misioneras, una masculina y otra femenina, de personas dedicadas a la misión mediante la consagración religiosa.

La misión evangelizadora está completada por la obra de tutela y de promoción humana, confiada a los laicos, y especialmente a la Sociedad San Rafael.

 

 

1. LA EMIGRACION VISTA POR SCALABRINI

 

La visión de los emigrantes próximos a partir desde la estación de Milán y los ruegos de los diocesanos emigrados en América interpelan el ánimo apostólico del obispo de Piacenza. La emigración es uno de los hechos más importantes y determinantes de la vida italiana contemporánea, es impresionante por el número y tiene un carácter permanente, debido a inevitables necesidades económicas.

La necesidad presupone un derecho, que no puede ser suprimido por el Estado o por los centros de poder, que deben asegurar la libertad de emigrar, pero no la libertad de "hacer emigrar", causa de especulación y de explotación. El emigrante no orientado y no tutelado está expuesto a "infinitos males tanto materiales como morales", es "presa facilísima de especulación"; abandonado a sí mismo, arriesga perder su identidad cultural y religiosa.

Si, en cambio, la emigración está bien dirigida y asistida, se puede convertir en "instrumento de esa Providencia que rige a los destinos humanos y los guía, también a través de catástrofes, hacia la meta, que es el perfeccionamiento del hombre sobre la tierra y la gloria de Dios en los cielos". Efectivamente, en el designio de la Providencia, la emigración está destinada a madurar "la unión en Dios por Jesucristo de todos los hombres de buena voluntad".

 

 

a) LAS DIMENSIONES Y LAS CAUSAS

 

"Eran emigrantes"

 

520.     Hace varios años, en Milán, fui espectador de una escena que dejó en mi alma una impresión de profunda tristeza. De paso por la estación vi la amplia sala, los pórticos laterales y la plaza adyacente invadidos por tres o cuatro centenares de personas pobremente vestidas, divididas en diversos grupos. Sobre sus rostros bronceados por el sol, surcados por las arrugas precoces que suelen imprimirles las privaciones, se transparentaba el tumulto de los afectos que agitaban en ese momento su corazón. Eran viejos encorvados por la edad y los esfuerzos, hombres en la flor de la virilidad, mujeres que traían consigo o llevaban en los brazos sus niños, jovencitos y jovencitas todos hermanados por un sólo pensamiento, todos dirigidos hacia una meta común.

Eran emigrantes. Pertenecían a varias provincias del Norte de Italia y esperaban con temor que la locomotora los llevara a orillas del Mediterráneo y desde allí a las lejanas Américas, donde esperaban encontrar menos adversa la fortuna y menos ingrata la tierra a sus esfuerzos.

Partían, esos pobrecitos, algunos llamados por parientes que los habían precedido en el éxodo voluntario, otros sin saber con precisión hacia adonde estuviesen dirigidos, atraídos por ese poderoso instinto que hace migrar a los pájaros. Iban a América, donde había, lo escucharon repetir muchas veces, trabajo bien retribuido para quien tuviese brazos vigorosos y buena voluntad.

No sin lágrimas habían dicho adiós al pueblito natal, al cual los ligaban tan dulces recuerdos; pero sin añoranza se disponían a abandonar la patria, ya que ellos no la conocían más que bajo dos formas odiosas: el reclutamiento y el recaudador de impuestos, y ya que para el desheredado, la patria es la tierra que le da el pan, y allá lejos esperaban encontrar ese pan, menos escaso aunque no menos sudado.

Me fui emocionado. Una oleada de pensamientos tristes me hacía un nudo en el corazón. Pensé: ¡quién sabe qué cúmulo de desventuras y privaciones les hace parecer dulce un paso tan doloroso!... ¿Cuántos desengaños, cuántos nuevos dolores les prepara el porvenir incierto? ¿Cuántos conseguirán la victoria en la lucha por la existencia? ¿Cuántos sucumbirán entre los tumultos ciudadanos o en el silencio de la llanura deshabitada? ¿Cuántos si bien encontrando el pan para el cuerpo, perderán el del alma, no menos necesario que el primero y perderán, en una vida totalmente material, la fe de sus padres?

Desde aquel día la mente se me fue muchas veces hacia aquellos infelices y esa escena me actualiza siempre otra, no menos desoladora, no vista, pero vislumbrada en las cartas de los amigos y en las relaciones de los viajantes. Yo los veo a esos desdichados desembarcados en tierra extranjera, en medio de un pueblo que habla una lengua no comprendida por ellos, víctimas fáciles de especulaciones humanas: los veo mojar con sus sudores y con sus lágrimas un surco ingrato, una tierra que exhala miasmas pestilentes, desgastados por los esfuerzos, consumidos por la fiebre, suspirar en vano por el cielo de la patria lejana, y la antigua miseria de la casa natal y sucumbir finalmente sin que la añoranza por sus seres queridos los consuele, sin que la palabra de la fe les señale el premio que Dios ha prometido a los buenos y a los desventurados. Y aquellos que en la dura lucha por la subsistencia triunfan, helos aquí; ¡ay de mí! lamentablemente allá en el aislamiento, olvidar toda noción sobrenatural, todo precepto de moral cristiana, y perder cada día más el sentimiento religioso, no alimentado por las prácticas de piedad y dejar que los instintos brutales tomen el lugar de las aspiraciones más elevadas.

Frente a un estado de cosas tan lamentables, yo me hice con frecuencia esta pregunta: ¿cómo poder remediarlo? Y todas las veces que leo en los diarios alguna circular gubernamental que pone a las autoridades y al público en guardia contra las artes de ciertos especuladores, que hacen verdaderas capturas de esclavos blancos para empujarlos, ciegos instrumentos de codiciosas apetencias, lejos de la tierra natal con la mira en fáciles y espléndidas ganancias; y cuando por cartas de amigos o por relaciones de viajes me entero que los parias de los emigrados son los italianos, que los trabajos más ruines, si puede haber ruindad en el trabajo, son realizados por ellos, que los más abandonados, y por lo tanto los menos respetados, son nuestros compatriotas, que miles y miles de nuestros hermanos viven casi sin defensa de la patria lejana, objeto de prepotencias con mucha frecuencia impunes, sin el consuelo de una palabra amiga, entonces, lo confieso, la llama de la vergüenza cubre mi cara, me siento humillado en mi calidad de sacerdote y de italiano y me pregunto nuevamente: ¿cómo ayudarlos?

Incluso, pocos días atrás, un distinguido joven viajero me traía el saludo de varias familias de los montes de Piacenza acampados a orillas del Orinoco: diga a nuestro Obispo que recordamos siempre sus consejos, que rece por nosotros y que nos mande un sacerdote porque aquí se vive y se muere como bestias.

Ese saludo de los hijos lejanos me sonó como un reproche... [1]

 

 

"Uno de los hechos más importantes de la moderna vida italiana"

 

521.     Uno de los hechos más importantes de la vida italiana moderna es su emigración; importante por el número, por los problemas sociales que implica, por el malestar económico del cual es estímulo. Según los cálculos de la estadística, los italianos emigrados que viven ahora en las Repúblicas Americanas sobrepasan los dos millones; más de un millón en las Repúblicas del Sur, cuatrocientos mil y más en Brasil, y el resto en las extensas partes de América y especialmente en el Norte. Sólo la ciudad de Nueva York cuenta con 85.000. En el decenio l880-l890 salieron de los confines del Reino dos millones de habitantes - un millón para la emigración temporaria, verdadero flujo y reflujo de seres humanos que da a los trabajos de Europa la mano de obra inteligente y solícita de nuestros obreros y trae de vuelta a la patria alabanzas y dinero; y un millón para la emigración permanente - o sea gente que va al otro lado del océano con la esperanza, casi siempre decepcionada, de volver y se dispersa entre las jóvenes Repúblicas americanas, en el Sur y en el Norte, en las populosas ciudades y entre las pampas desiertas y las florestas vírgenes, llevando a todas partes una actividad siempre apreciada y estimada (...).

Estas cifras no necesitan un amplio comentario. Ellas dicen clara y rigurosamente: que en el bienio l887-l888 salió un mayor número de ciudadanos del reino de Italia que de Francia, Países Bajos, España, Portugal, Austria, Bélgica, Dinamarca, Suiza, todas juntas. Dicen que nuestra emigración es cuatro veces mayor que la de Rusia, el triple de la de Alemania que también tiene una grandísima emigración y de algunos miles superior a la del Reino Unido que tiene colonias muy florecientes y negocios en todas partes del mundo.[2]

 

 

"Un fenómeno que tiene todas las características de un hecho permanente"

 

522.     Las cifras expuestas son imponentes, pero parece que el fenómeno migratorio no ha alcanzado su apogeo, ya que a pesar de las dificultades interpuestas por la ley, votada hace dos años y que limita la obra de los agentes de emigración; a pesar de los desengaños y de los gritos de dolor, que de tanto en tanto atraviesan el Atlántico, que nos hacen temblar y ruborizar, a pesar en fin, de las prohibiciones gubernamentales, el doloroso éxodo continúa. Señores, el hecho es que la emigración italiana, que fue y está alimentada por nuestras tristes condiciones especialmente agrarias, que fue y es estimulada sin medida por los agentes de emigración y por la necesidad de brazos para sustituir a los esclavos liberados en Brasil, responde en su conjunto a una verdadera necesidad del pueblo italiano y está en relación con el aumento anual de su población. No se trata, por lo tanto, de un fenómeno transitorio, sino de un fenómeno que tiene todas las características de un hecho permanente. El italiano es uno de los pueblos que tiene mayor aumento anual de población. Aumenta en razón del 11 y 12 por mil, y es superado solamente por el holandés que se honra de un excedente de los nacidos sobre los muertos del 13 por mil.

Por lo tanto, a pesar de la ingente emigración, la población del Reino aumenta, y en pocos años nuestras hermosas comarcas tendrán un máximo de densidad.

Según cálculos exactos, aumentando la población como en los pasados 20 años, los italianos dentro de un siglo serán 100 millones, de los cuales, admitiendo también, debido a una extensa colonización interna, de poder hospedar dentro los confines del reino otros l0 millones y de alcanzar así los 45 o 50 millones - ya que tantos podrían caber en Italia si todas sus regiones tuviesen la densidad de población de Lombardía - tendríamos siempre un inmenso pueblo de otros 50 millones, que se esparcirá, en el siglo venidero, por el mundo, impulsado por una fuerza a la que en vano se resiste, la lucha por la vida. ¡50 millones de italianos, señores, dispersos sobre la faz de la tierra como hojas llevadas por un torbellino![3]

 

 

"La emigración es un hecho natural y una necesidad inevitable"

 

523.     La emigración es un hecho natural y una necesidad inevitable. Es una válvula de seguridad dada por Dios a esta sociedad atormentada; es una fuerza conservativa mucho más poderosa que todos los compresores morales y materiales, pensados y puestos en práctica por los legisladores para tutelar el orden público y para garantizar la vida y los bienes de los ciudadanos. Es conocido el refrán: malesuada fames [el hambre mala consejera]. ¿Quién podría retener un pueblo que estalla bajo las convulsiones del estómago, pero que tuviese la esperanza de encontrar en otras partes el pan cotidiano?

Por lo tanto a aquellos que, al considerar las miserias ocasionadas por la emigración, exclaman serenamente: Y, ¿por qué tanta gente emigra? Es fácil responder. La emigración, casi en la totalidad de los casos no es un placer, sino una necesidad inevitable. Sin duda entre los emigrantes también hay malos sujetos, vagabundos y viciosos: pero esos son minoría. La inmensa mayoría, para no decir la totalidad de aquellos que expatrían, para irse a la lejana América, no son de este temple; no huyen de Italia por aborrecer el trabajo, sino porque este les falta y no saben como vivir y mantener la propia familia.

Un excelente hombre y cristiano ejemplar de un pueblito de montaña, donde algunos años atrás yo me hallaba en visita pastoral, se me presentó para pedir la bendición y un piadoso recuerdo para sí y para los suyos próximos a partir para América. A mis observaciones él opuso este tan simple como doloroso dilema: o robar o emigrar. Robar no debo ni quiero, porque Dios y la ley me lo vedan; ganar aquí el pan para mí y para mis hijos no me es posible. ¿Qué hacer por lo tanto? Emigrar es el único recurso que nos queda... No supe que agregar. Lo bendije emocionado recomendándolo a la protección de Dios, y una vez más me convencí que la emigración es una necesidad que se impone como remedio supremo y heroico al que hay que someterse, como a una dolorosa operación se somete el paciente para evitar la muerte.

La religión y la emigración, he aquí ya los únicos dos medios que podrán en el futuro salvar a la sociedad de una gran catástrofe: una enviando a otros continentes el sobrante de la población; la otra, consolando con alentadoras esperanzas el desesperado dolor de los infelices. [4]

 

 

b) EL DERECHO NATURAL DE EMIGRAR.

 

"Un derecho sagrado"

 

524.     Aquellos que quisieran obstaculizada o limitada la emigración en nombre de consideraciones patrióticas y económicas, y aquellos que la quieren, en nombre de una mal entendida libertad, abandonada a sí misma sin consejo y sin guía, o no razonan por nada o razonan, según mi opinión, como egoístas y despreocupados. Efectivamente, prohibiéndola se viola un sagrado derecho humano, abandonándola a sí misma se la hace ineficaz. Los primeros, olvidan que los derechos del hombre son inalienables y que, por lo tanto, el hombre puede ir a buscar su bienestar donde más le convenga; los segundos, que la emigración, fuerza centrífuga, puede convertirse, cuando está bien dirigida, en fuerza centrípeta poderosísima. Efectivamente, además de causar alivio a aquellos que quedan por la disminución de la concurrencia de aportes de brazos y con nuevas salidas abiertas al comercio, se vuelve ella de inmenso provecho adquiriendo influencias y aportando bajo mil formas los tesoros de actividades sustraídas por un momento a la nación (...).

El discutir teóricamente, si la emigración es un bien o es un mal, es inútil aquí, siendo suficiente para mi objetivo el constatar su existencia. Pero después de las búsquedas que he emprendido para reunir datos estadísticos y los hechos que sirven como base de este breve trabajo mío, y en las conversaciones familiares, me he dado cuenta de una gran confusión de ideas sobre este punto, no sólo entre la burguesía y los particulares, sino también entre los periodistas y personas que se dedican a la cosa pública, así que he creído no del todo inoportunas estas consideraciones.

Especialmente los propietarios de tierras, donde la emigración de los campesinos es más numerosa, preocupados por este repentino empobrecimiento de brazos, que se traduce en un adecuado aumento de beneficios para los que se quedan, han hecho oír sus quejas al gobierno y por medio de diputados y de asociaciones han pedido providencias "para sanar y circunscribir esta dolencia moral, esta deserción, que despoja al país de brazos y de capitales fructíferos, que hace quebrar los pactos colonialistas y deja tras de sí el desgano y la insubordinación sin ninguna ventaja para los emigrantes, porque los campesinos desprovistos de capitales y de conocimientos serán siempre y en todas partes proletarios, y la miseria de la que intentan huir abandonando la patria, los seguirá siempre como la sombra de su cuerpo, aumentada por nuevas necesidades y por el aislamiento" (Actas parlamentarias, sesión l2 de febrero de l879).

Como cada uno puede fácilmente darse cuenta, estas razones y estos consejos se inspiran más en los intereses de los ricos que quedan, que en las necesidades de los pobres que están obligados a irse, y si las autoridades le prestaran oído fácil y conformaran su obra con esas sugerencias, sería cosa inútil, injusta y perjudicial. Inútil, porque no llegaría jamás a suprimir la emigración; injusta, ya que es injusto y tiránico todo acto que interpone obstáculos para el libre ejercicio de un derecho; perjudicial, porque la emigración tomaría otro camino diferente al natural que son nuestros puertos, como ha sucedido todas las veces que el gobierno, por un mal entendido espíritu de patriotismo, puso trabas a la emigración.[5]

 

 

"La emigración debe ser espontánea"

 

525.     Si los agentes de emigración fuesen, como parece creer el honorable De Zerbi en su informe, nada más que simples intermediarios, o sea, hombres de confianza entre las varias Sociedades de Navegación y los emigrantes, y restringiesen su obra en dar aclaraciones sobre el modo y sobre el tiempo de los embarques, y las agencias no más que simples sucursales de las oficinas centrales de Navegación, no habría de que preocuparse. Su acción, si bien superflua en el mayor número de los casos (ya que esos conocimientos se podrían adquirir, para quien tuviese interés, en las esquinas de las calles y en los despachos públicos), tampoco sería dañina. Por el contrario, a veces podría ser cómoda para los emigrantes. Y aún si los agentes actuasen un poco como motivadores para decidir a los dubitativos, y mostrasen a los pobres sedientos por la miseria, los arroyos americanos frescos y rebosantes como aquellos que en el infierno de Dante hacían extasiar al maestro Adán, no sería el fin del mundo, y se podría cerrar un ojo y decirles con Manzoni: vete, vete, pobre apestado, no serás tú el que arruine a Milán.

Pero la facultad de hacer enrolamientos es algo muy diferente de todo eso, y los agentes, que hacían uso de ella cuando ya estaba vedado por las circulares ministeriales, ¡imagínese si no querrán valerse todavía más ampliamente cuando sea por ley un derecho! Por consecuencia natural las catástrofes, lamentadas en el pasado, aumentarán en la medida de la libertad acordada, ya que por una parte, la experiencia no sirve contra la sed de ganancias insaciables, y la ignorancia, por la otra, o no sabe la suerte que ha corrido quien lo ha precedido en ese camino, o espera tener mayor fortuna.

Las sanciones conminadas por la nueva ley contra los agentes de emigración son severas, y está bien; no lo serán nunca demasiado contra quien, más deshonesto que el ladrón y más cruel que el homicida, empuja a la ruina tantos infelices. ¡Cuántos de ellos, arrancados de su casa con falsas promesas, se fueron al otro lado del océano entre páramos inhóspitos, acechados por mil dificultades insuperables, afortunados si finalmente lograron encontrar un trozo de tierra donde morir en paz! ¡Cuántos abandonados sobre playas desiertas sin vestimentas y sin pan, tuvieron como suma ventura la posibilidad de poder volver, con la desesperación en el corazón, a su pueblo natal![6]

 

 

"Libertad de emigrar, no de hacer emigrar"

 

526.     Libertad de emigrar, pero no de hacer emigrar, porque tan buena es la migración espontánea, como dañina es la incitada. Buena, si espontánea, porque es una de las grandes leyes providenciales, que presiden a los destinos de los pueblos y a su progreso económico y moral; buena, porque es una válvula de seguridad social; porque abre los floridos senderos de la esperanza, y algunas veces de la riqueza, para los desheredados; porque moldea las mentes del pueblo con el contacto de otras leyes y de otras costumbres; porque lleva la luz del Evangelio y de la civilización cristiana entre bárbaros e idólatras y eleva los destinos humanos, ampliando el concepto de patria más allá de los confines materiales y políticos, haciendo al mundo patria del hombre.

Es mala, si incitada, porque a la verdadera necesidad sustituye el furor por súbitas ganancias o un mal entendido espíritu de aventura; porque despoblando más allá de la medida y sin necesidad el suelo patrio, en lugar de ser un alivio y una seguridad, se vuelve un daño y un peligro, creando un número mayor de desplazados y de ilusos; mala, en fin, porque desvía a la emigración de sus cauces naturales, que son los más provechosos y los menos peligrosos, y porque la experiencia nos enseña que es causa de grandes catástrofes, que se pueden y se deben impedir desde un gobierno civil y previsor.[7]

 

 

c) LAS CONSECUENCIAS.

 

"Cuanto tiene gusto a sal el pobre pan del emigrado"

 

527.     Los peligros que lleva consigo semejante emigración son innumerables y también son innumerables los males que la afligen. Cuando yo, hace diez años, recogí el grito de dolor de nuestros pobres emigrantes en un pequeño escrito que tuvo mucho eco en el corazón de todos los hombres de buena voluntad, y que obtuvo en toda clase de personas un tan amplio consentimiento de pensamiento y de obras, yo estaba muy lejos de imaginar el cúmulo de males y de peligros a los que se expone el pobre emigrante. Todo, todo, conspira contra él y sus males con frecuencia comienzan antes del éxodo de la humilde casa, bajo la forma de un agente de emigración que lo conmina a partir, haciéndole vislumbrar la fácil conquista de riquezas y lo envía a dónde a él place y conviene, no dónde el interés del emigrante aconsejaría; y lo siguen los males durante el viaje, con frecuencia desastroso, y lo acompañan a su llegada en esos lugares infectados por terribles enfermedades, en los trabajos en los cuales se siente con frecuencia incapaz, bajo patrones inhumanos o por la ambición insaciable del oro o por la costumbre de considerar al trabajador como un ser inferior; y esos males se agravan bajo los mil acechos que la maldad les presenta en los países extranjeros, de los cuales ignora la lengua y las costumbres, en un aislamiento que es con frecuencia la muerte para el cuerpo y para el alma.

Y podría citar numerosos hechos que demuestran con cuántas lágrimas está regado y cuanto tiene gusto a sal el pobre pan del emigrado, de esos infelices, que llevados allá por vanas esperanzas o por falsas promesas, encontrarán una ilíada de desventuras, el abandono, el hambre y con frecuencia la muerte; allá dónde creyeron encontrar un paraíso; donde creyeron ver El Dorado, pintado por el espejismo de la necesidad, ¡sin pensar que el Simún violento de la realidad, dispersa en un instante las encantadas ciudades de los sueños! Infelices extenuados por los esfuerzos, por el clima, por los insectos, caen desconsolados sobre el terrón fecundado por sus sudores, sobre las márgenes de las florestas vírgenes, que supieron roturar no para sí, ni para sus hijos, golpeados por esa dolencia fatal y gentil que es la nostalgia, soñando quizás con la patria, que no les supo dar ni siquiera el pan, invocando en vano el ministro de la santa religión de sus padres para que alivie los terrores de la agonía con las inmortales esperanzas de la fe.

Señores, el cuadro no es alentador, sin embargo es la historia veraz de millares de nuestros compatriotas emigrados, como yo la he recogido en los informes de mis Misioneros y como me fue escrita y relatada por quien fue testigo y parte en esos tristísimos éxodos.

No quisiera, sin embargo, ser mal entendido o parecer pesimista. Las tristes cosas mencionadas no pueden decirse de todos nuestros emigrados. Muchos de ellos han encontrado en los países que los hospedaron pan suficiente, muchos, bienestar y algunos, riquezas y forman en su conjunto colonias de las cuales la madre patria puede considerarse orgullosa. Pero son también muchos los desgraciados, y en gran parte lo son por su ignorancia y por nuestro abandono. [8]

 

 

"Infinitos males materiales y morales"

 

528.     Los peligros que les esperan a los emigrantes son tales y tan numerosos, que difícilmente un hombre aún de ingenio vivo podría escabullirse totalmente de ellos. ¿Qué decir pues de los pobres campesinos que, ignorantes de todo, se confían a personas que en cada emigrante ven solamente una cosa para explotar?

Desafortunadamente aquellos que leen diarios deben recordar cierto número de hechos a veces viles, a veces trágicos, siempre tristes, en los cuales nuestros pobres hermanos que emigran aparecen en calidad de víctimas.

Algunos años atrás los diarios hablaron de centenares de emigrantes, que llegados al puerto de embarque, no sé si de Génova o de Nápoles, advirtieron que su dinero, reunido con quien sabe cuántas privaciones y quizás con la venta de los últimos enseres domésticos, había terminado en manos de un estafador. Y a consecuencia de ello lágrimas, gritos, imprecaciones y luego la vuelta al pueblo natal con gastos a cargo del Estado.

En los comienzos del invierno de 1873 llegó a Nueva York un buque con muchas familias de campesinos de los Abruzos, que habían sido embarcados por los agentes de emigración con la promesa de llevarlos a Buenos Aires, dónde los esperaban ansiosamente parientes y amigos. Esos desdichados, que habían sufrido mucho durante la travesía, se encontraron en cambio en otro lado, agotados, muy lejos de la meta de su viaje y sin medios para continuarlo.

Sin embargo, éstas pueden ser excepciones. Lo que es regla general es el modo en el cual se realiza su transporte. Hacinados peor que bestias, en número mucho mayor de lo que permitirían los reglamentos y la capacidad de los barcos, ellos hacen ese largo e incómodo trayecto, literalmente amontonados, con cuanto daño para la moral y para la salud bien pueden todos imaginar.

¿Qué decir después de la suerte todavía más lamentable que les espera una vez alcanzada la suspirada meta? Con frecuencia embaucados con artes engañosas, deslumbrados por mil promesas falsas, obligados por la necesidad, se vinculan con contratos que son una verdadera esclavitud, y los niños se encuentran encaminados por la mendicidad al delito y las mujeres lanzadas al abismo del deshonor.

Los extensos y vírgenes terrenos de América del Sur, de Brasil, de Chile son cedidos a los emigrantes directamente por los gobiernos o por sociedades privadas, que han adquirido su propiedad con fines de especulación; y después de un determinado número de años y mediante el pago de cánones convenientes, el campesino se convierte en dueño del suelo fecundado con su sudor. Los colonos, por lo tanto, instalan sus carpas entre aquellas estepas que convierten con frecuencia en prometedoras y prolíficas campiñas y esos campesinos, generalmente de una misma región y algunas veces del mismo pueblo, bautizan allá con el nombre del villorrio natal el lugar dónde la Providencia los ha lanzado.

Sin embargo, estos conglomerados si bien pueden disminuir los peligros de la emigración, haciendo menos triste y más segura la vida, pueden también, si no están bien vigilados, ser causa de infinitos males materiales y morales, ya que nuestros pobres campesinos corren el riesgo de ser enviados por los especuladores a consumir su vida sobre terrenos estériles o en lugares malsanos o mal defendidos de las fieras y de las hordas bárbaras. Todas estas cosas ya se verificaron y más de una vez la prensa y la opinión pública se conmovieron por ellas. [9]

 

 

"Presa facilísima de la especulación"

 

529.     Pero, ¿adónde va esta gran masa de seres humanos, éste torrente de sangre italiana?

La mayor parte de ella, es doloroso decirlo, no sabe adónde va. Para ellos es América, el país al que se dirigen los que dejan la patria en busca de fortuna. Al Sur o al Norte, entre las zonas templadas o las tropicales, en climas sanos o pestilentes, sobre tierras fértiles o más estériles que las que abandonaron, en centros muy poblados o en comarcas desiertas, ellos no saben. Van a América, y con frecuencia con el agravante de un contrato firmado en blanco, que pone, si no su persona, su trabajo a disposición de cualquier patrón.

Es así que los agentes de emigración enviaron gran número de emigrantes a Brasil a sustituir la mano de obra ya insuficiente para las necesidades de la agricultura y mermada como ya dije por la abolición de la esclavitud. Es así que en Nueva York el así llamado sistema de los patrones, condenado por un Bill del Senado de los Estados Unidos, aglomeró un número interminable de emigrantes, atraídos allá con mil promesas, explotados indignamente y luego abandonados, para dejar el puesto a los nuevos llegados, nuevas víctimas de deshonestas ganancias.

Es así, por último, que en Chile, para no nombrar muchos otros casos, encontraron el abandono y la miseria miles de nuestros connacionales seducidos a ir por ridículas mentiras. Y como la ignorancia y la pobreza los hace aquí en la patria víctimas fáciles de los agentes de emigración, así allá el aislamiento y la miseria los hacen presa facilísima de la especulación, siempre y en todas partes sin sentimientos de piedad y allá más que en otros lados. Por eso, en lugar de un trabajo adecuado y bien retribuido, en vez de abundante y sano alimento, esos infelices encuentran un trabajo duro, cuando lo encuentran, una retribución que, medida con los esfuerzos, los peligros, el encarecimiento de los artículos de primera necesidad, es verdaderamente irrisoria, encuentran luego el poco mejoramiento dietético pagado a muy alto precio, con la frecuente privación de todo lo que significa vida civil.[10]

 

 

"Pierden el sentimiento de la nacionalidad y el sentimiento de la fe"

 

530.     Sin embargo, ¿quién podría describir los peligros a que se exponen nuestros pobres emigrados con respecto a la vida religiosa? Se ha dicho todo al decir que en la inmensa mayoría ellos viven allá sin ver jamás la cara de un sacerdote y la cruz de un campanario. Abandonados, por lo tanto, a su suerte, se entregan a la indiferencia más desoladora o abandonan la fe de sus padres. Les diré una cosa que oprime el corazón al pensarlo: en sesenta años, según cálculos oficiales, emigraron a una gran república americana 40 millones de católicos. Ahora suponiendo también que 20 millones, lo que no se verificó nunca, hayan repatriado, los católicos allá residentes, teniendo en cuenta los nacidos y los muertos, deberían alcanzar por lo menos una cifra de 20 millones; en cambio según el último censo eclesiástico, el número no llega, o ciertamente no llegaba entonces, a los 8 millones. ¿Adónde fueron a parar los otros 12 millones?

Pierden el sentimiento de la nacionalidad, y con él, cosa que oprime el corazón al pensarlo, el sentimiento de la fe católica, caen víctimas de la propaganda protestante, víctimas infelices de las sectas, allá más activas y numerosas que en otras partes. ¡Oh Señores! ¡Permitan a un Obispo llorar ante ustedes por tanta desventura! La privación de ese pan espiritual que es la Palabra de Dios, la imposibilidad de reconciliarse con Él, la falta del culto y de todo estímulo al bien, ejerce una influencia mortífera sobre la moral del pueblo. Aun el hombre instruido está sujeto a ese peligro, pero en menor grado, ya que su educación, su cultura, el conocimiento teórico de la religión, sirven de alguna manera para salvarlo del hielo de la indiferencia, ya que puede, por lo menos, asociarse con el pensamiento a los Misterios Divinos, que se celebran en otras partes, y alimentar la mente con lecturas morales. Pero, ¿el pobre hijo de la gleba, cómo podría elevarse a pensamientos tan nobles? Para él, más que para los otros, el concepto de la religión está inseparablemente unido al del Templo y del sacerdote. Donde calle toda sensible manifestación religiosa, él poco a poco olvida sus deberes hacia Dios, y la vida cristiana en su espíritu languidece y muere. Pero no muere en él la sed de lo verdadero, el anhelo por lo infinito. "El hombre, dice un moderno filósofo incrédulo, necesita naturalmente de religión y de culto. El es religioso por naturaleza, como por naturaleza es racional, o mejor dicho todavía, él es religioso porque es racional". Esta necesidad es tanto más sentida cuanto es menos posible satisfacerla. Esto se toca con las manos entre nuestros emigrados, también donde por falta del sacerdote reina soberano el materialismo más abyecto. Imaginen entonces cuanto esa necesidad deba estar viva entre aquellos - y son la mayoría - que sienten todavía viva la dignidad del propio ser, oyen todavía los reclamos de su conciencia.[11]

 

 

"Abandonados allá sin sombra de asistencia religiosa"

 

531.     Los pobres campesinos que emigran, cuando no mueren por el camino, o no sucumben por las privaciones o por la mortal angustia de verse engañados, están, se puede decir, abandonados allá sin sombra de asistencia religiosa. Su estado es más fácil imaginarlo que describirlo. Los sacerdotes no abundan en América, y los pocos que hay, casi desconocedores de nuestra lengua, no podrían tampoco cumplir, como quisieran, sus deberes, por la razón muy simple que no serían comprendidos por los emigrados. Considero que por estar los emigrados dispersos por esas superficies sin fin, el sacerdote no podría visitarlos más que de vez en cuando y de prisa. Por lo tanto, el italiano que vive en América, está casi obligado, generalmente hablando, a llevar una vida peor que pagana, sin Misa, sin Sacramentos, sin oraciones públicas, sin culto, sin Palabra de Dios, de tal manera que ya es mucha cosa si sus hijos son bautizados. Ahora es evidente que ese estado de cosas, debe conducir insensiblemente a esos infelices a una indiferencia espantosa en materia de religión y a un materialismo que embrutece (...).

Además no hay que olvidar que si en América faltan con mucha frecuencia templos y sacerdotes católicos, la propaganda protestante o masónica, según los lugares, no falta nunca. Allí adónde la voz del ministro de Dios no llega, llegan los folletos incrédulos, las novelas inmorales, los opúsculos y los libros de las sectas. Por lo tanto, si por un lado falta todo auxilio religioso, por el otro abundan las insidias a la fe de nuestros pobres connacionales, los que por interés o por ignorancia fácilmente se dejan enredar por los apóstoles del error. [12]

 

 

"La mayor parte de los males podrían evitarse"

 

532.     Sin embargo, lo que más entristece en todo esto, es el pensamiento que la mayor parte de los males religiosos, morales, económicos, a los que se expone nuestra emigración podrían evitarse o disminuirse bastante, si las clases dirigentes en Italia fuesen concientes de los deberes que los unen a los hermanos expatriados; ya que las inmensas comarcas de América no son tan malsanas para no poder ofrecer a nuestra emigración un rincón tranquilo, y no todas las tierras están poseídas por la especulación para no encontrar todavía lugares tan fértiles y baratos para asegurar una equitativa recompensa a los trabajadores. Todo está en saberlas mostrar a nuestra emigración.

Pero, ¿cuándo se hizo esto en Italia? ¿Cuándo se le dijo a los emigrantes: tengan cuidado, éste y el otro contrato que se les ofrecen, éstas y aquellas otras regiones que se les indican, esconden tal y cual otro asecho, no son seguras, no son sanas, son estériles, o también siendo fértiles, están tan fuera de todo medio de comunicación posible, tan apartadas de todo conglomerado humano, que el fruto de sus esfuerzos reposará sin poder ser vendido, y así serán al mismo tiempo ricos y pobres? Repito, ¿cuándo se hizo esto en Italia? A lo sumo se grita un poco y se gime bajo el flagelo de algún hecho, que en nuestros hermanos ofende a nuestro amor propio nacional, se grita y se compadece y se reclama también, si se quiere, alguna medida del gobierno ¿y después? ¡Se calla todo, se cubre todo con el olvido, todo vuelve a la calma, la calma falaz de la ola que esconde a la víctima y que prepara otras más![13]

 

 

d) EL DESIGNIO DE DIOS

 

"La emigración es un bien y un mal"

 

533.     La emigración es indudablemente un bien, fuente de bienestar para el que se va y para el que se queda, verdadera válvula de seguridad social, aliviando el territorio del exceso de población, abriendo nuevos caminos a los comercios y a las industrias, fundiendo y perfeccionando las civilizaciones, ampliando el concepto de patria más allá de los confines materiales, haciendo patria del hombre al mundo; pero siempre es un mal gravísimo, individual y patriótico, cuando se la abandona así sin ley, sin freno, sin dirección, sin tutela eficaz: no como fuerzas vivas e inteligentes, ordenadas para la conquista del bienestar individual y social, sino como fuerzas chocantes que con frecuencia se destruyen recíprocamente: y actividades explotadas para su daño y vergüenza; para daño y vergüenza del país de origen. No como aguas aptas para fecundar, sino torrentes sin cauce, que pierden el tesoro de sus aguas entre las piedras y las zarzas, cuando no arrasan los campos ya fecundados. [14]

 

 

"Es instrumento de la Providencia, aun a través de catástrofes"

 

534.     La emigración es ley natural. El mundo físico, como el mundo humano están sometidos a esta fuerza que agita y mezcla, sin destruir, los elementos de la vida, que transporta organismos nacidos en un determinado punto y los disemina por el espacio, transformándolos y perfeccionándolos en modo de renovar en cada instante el milagro de la creación.

Emigran las semillas sobre las alas de los vientos, emigran las plantas de continente a continente, llevadas por la corriente de las aguas, emigran los pájaros y los animales, y, más que todos, emigra el hombre, a veces en forma colectiva, a veces en forma aislada, pero siempre instrumento de esa Providencia que preside a los destinos humanos y los guía, aun a través de catástrofes, hacia la meta, que es el perfeccionamiento del hombre sobre la tierra y la gloria de Dios en los cielos.

Esto nos dice la Revelación divina, esto nos enseña la historia y la biología moderna, y solamente recurriendo a esta triple fuente de verdad, podremos deducir las leyes reguladoras del fenómeno migratorio y establecer los preceptos de sabiduría práctica que lo deben disciplinar en toda su rica variedad de formas.[15]

 

 

"La grandeza religiosa y moral de la causa de los emigrantes"

 

535.     Yo pienso que la grandeza religiosa y moral de la causa de nuestros emigrados italianos y la grandeza política y material de este hospitalario país, que a ellos (como me decía pocos días atrás el insigne presidente de la República) abre de par en par las puertas de la hospitalidad, son dos grandezas hechas para confundirse en una sola y para revelar al vigésimo siglo los secretos de una nueva era, a la que no podrán faltar ni las bendiciones de Dios ni las conquistas de la civilización (...).

Yo he recorrido una parte considerable de la patria gloriosa de ustedes y he admirado otra vez y con recóndita alegría, que me entusiasmaba, los grandes designios de Dios sobre América. Al celebrarse el cuarto centenario de Cristóbal Colón, yo fui invitado en Italia a dar conferencias al respecto, y ello por la sola y simple razón de que la familia de Colón pertenecía a mi querida Diócesis de Piacenza, si bien él había nacido en Génova.

Una de esas conferencias se titulaba "Los designios de Dios sobre América". Ahora bien, lo que pensaba entonces, lo he visto confirmado durante mi feliz estadía entre ustedes, en mi largo viaje en los varios Estados de la Unión. [16]

 

 

"Se va madurando la unión en Dios por Jesucristo de todos los hombres de buena voluntad"

 

536.     Aquí por lo tanto, un día, si la inercia, si la ignorancia de los caminos de Dios, si el descanso sobre los laureles conquistados, si la opresión de santas aspiraciones, no desvían a los pueblos del plan divino, todas las naciones tendrán generaciones numerosas, ricas, felices, morales, religiosas, las que aun conservando cada una los caracteres propios de su nacionalidad, estarán estrechamente unidas.

Desde esta tierra de bendición se elevarán inspiraciones, se desarrollarán principios, se desplegarán nuevas fuerzas, arcanas, las que vendrán para regenerar, para reavivar el viejo mundo enseñando la verdadera economía de la libertad, de la hermandad, de la igualdad; enseñándole que pueblos diferentes por origen pueden muy bien conservar su lengua, su existencia nacional propia, aun estando unidos política y religiosamente, sin barreras para encelarse y dividirse, sin armadas para empobrecerse y destruirse los unos a los otros (...)

Yo lo espero; sí, yo lo espero, oh Señores. Ya que mientras el mundo se agita deslumbrado por su progreso, mientras el hombre se exalta por sus conquistas sobre la materia y domina como dueño la naturaleza desentrañando el suelo, sometiendo el rayo, mezclando las aguas de los Océanos con el corte de los Istmos, suprimiendo las distancias; mientras los pueblos caen, resurgen y se renuevan; mientras las razas se mezclan, se extienden, se confunden; a través del ruido de nuestras máquinas, por encima de este laborío febril, de todas estas obras gigantescas y no sin ellas, está madurando aquí una obra mucho más vasta, mucho más noble, mucho más sublime: la unión en Dios por Jesucristo de todos los hombres de buena voluntad. [17]

 

 

"La Iglesia Católica victoriosa y pacificadora"

 

537.     Los servidores de Dios que trabajan sin saberlo, sin conocimiento de causa para el cumplimiento de sus designios, son numerosos en todos los tiempos, pero en las grandes épocas históricas de renovación social, hay más de cuanto se conozca, más de lo que se piense: ellos son innumerables. Ya que, Señores, sépanlo bien, no lo olviden nunca. La finalidad suprema prefijada por la Providencia a la humanidad no es la conquista de la materia por medio de la ciencia más o menos progresada, y tampoco la formación de esos grandes pueblos en los que se encarna hora tras hora el genio de la fuerza, del saber, de la riqueza, no; sino la unión de las almas en Dios por medio de Jesucristo y de su representante visible, el Romano Pontífice. Los obstáculos que todavía se oponen al altísimo designio, desaparecerán poco a poco y vendrá el día, y vendrá ante todo en este grande y glorioso país, en el cual las naciones conocerán dónde está la verdadera grandeza, sentirán la necesidad de volver al Padre y volverán.

¡Qué día será aquel, oh Señores! Día afortunado, en el cual todos los acentos, todas las voces en diferentes lenguas, elevarán al Omnipotente el cántico de la alabanza y de la acción de gracias. El sol de la verdad resplandecerá más luminoso y el arco iris de la paz se curvará sobre la tierra con todos sus gentiles colores. Será como un arco de triunfo bajo el cual la Iglesia Católica pasará victoriosa y pacificadora, atrayendo hacia ella al mundo moderno; y la sociedad, vuelta a ser cristiana, conti