Parte  IV

 

HOMBRE DE LOS HOMBRES Y PARA LOS HOMBRES

 

1.     LA ACCION CATOLICA.. 1

 

2.      LA “CUESTION OBRERA”. 6

 

3. LA CUESTION ROMANA.. 14

a) Las razones profundas del conciliadorismo. 15

b) Las razones historicas de la Cuestion Romana. 17

c) Los caminos de la conciliacion. 20

 

4. HUMANISMO CRISTIANO.. 25

a) Amor a la verdad. 25

b) Realismo y coherencia. 27

c) “Devoto sin medida y sin medida libre”. 30

d) La amistad. 35

e) El amor por lo bello. 37

 

 

Mons. Scalabrini quiso ser hombre de su tiempo, no soñador nostálgico de épocas pasadas e irreversibles, sino marchar al paso de la historia, atento a los signos de los tiempos, conocedor realista de los problemas y de las exigencias de sus contemporáneos, interesado en preparar un porvenir más humano y conforme al designio de Dios en la historia.

Enfrentó con coraje, energía y en forma concreta las principales "cuestiones" de su tiempo. La época del asociacionismo lo vio entusiasta sostenedor de las asociaciones católicas, aunque discordara con las ideas políticas de quien habría querido monopolizar a la Acción Católica.

La sociedad se iba descristianizando rápidamente: urgía "volver conducir a Cristo a la sociedad". Eran condiciones indispensables: la unión compacta de las fuerzas, la actividad valiente, la dependencia de los Pastores, en cuanto la Acción Católica es apostolado, no política.

El gran obstáculo para la unidad era la Cuestión Romana, que impedía, con la prohibición de la participación de los católicos en las elecciones políticas, un influjo incisivo sobre los centros de poder y de legislación: los anticlericales tenían mano libre en su tentativa de demoler el sentido cristiano del pueblo. La preocupación pastoral dictó al Obispo de Piacenza no una actitud de protesta, sino la búsqueda de la reconciliación entre los sentimientos igualmente legítimos: religión y patria. La Iglesia debe ser libre, tanto en lo interno como en  lo externo, de ejercer su poder que es netamente espiritual, y sus derechos que son la evangelización y la caridad.

La conciliación es un ideal que abarca todos los aspectos de la vida de Scalabrini. Él concilia el realismo de la historia vivida con el amor intrépido de la verdad; la libertad y la franqueza del diálogo con la obediencia; el amor por todo lo bello y lo bueno que Dios puso a disposición en lo creado con la amistad de los hombres.

 

 

1. LA ACCION CATOLICA

 

Iluminismo, racionalismo, materialismo y anticlericalismo alejan a Cristo de la sociedad: es necesario promover un movimiento de retorno, especialmente entre el pueblo. Sólo en la unión está la fuerza y sólo en la organización la unión es eficiente.

El asociacionismo está por llegar a ser exclusividad de los enemigos de la Iglesia: en vez de llorar, es necesario sacudirse, salir al llano y actuar bajo la guía del Papa y de los Obispos.

 

"Jesucristo ha sido alejado de la sociedad"

 

426.     Convencidos ya los modernos incrédulos que tampoco ellos pueden derribar, como desearían, el trono de Jesucristo, pensaron confinar a este eterno Rey de las almas, a este invisible Soberano del Universo, entre las paredes del templo, alejándolo de todas las competencias de la vida, ya sea privada o pública. Ellos usaron todas las artes, recurrieron a todos los medios con tal de alcanzar su diabólico intento; y desafortunadamente, en gran parte por culpa de la indolencia de los buenos, lo lograron.

Jesucristo, poco a poco, ha sido alejado de la escuela, de las costumbres, de las familias, de la sociedad. Pero (...) al ser Jesucristo alejado, nos hemos dado cuenta que al edificio científico, doméstico y social le ha faltado el fundamento, ¡nos hemos dado cuenta que nos encontramos al borde de un abismo!

Habían dicho: cada escuela que se abre es una cárcel que se cierra, y luego no encontraron, los enemigos de la Iglesia, conventos y castillos que bastaran para contener el número siempre creciente de delincuentes. Habían dicho: el catecismo en las escuelas es una ofensa a la libertad de pensamiento, y, sustituido el catecismo por el manual de los derechos del hombre y luego por un libro de los deberes naturales en los que no se hablase de Dios, han criado los nuevos Espartacos de las bombas de dinamita con los cuales la sociedad deberá verdaderamente combatir la última batalla. Habían dicho: la ciencia laica purificará el ambiente e inyectará sangre nueva en las venas de la generación que está creciendo, y las estadísticas de los suicidios, de los duelos, de los adulterios, las quiebras dolosas, los asaltos a los bancos, las inmoralidades públicas, los más atroces delitos hicieron morir muy pronto en los labios los himnos festivos levantados a la nueva moral sin Dios.

En la familia los desastres del tálamo conyugal, la paz perdida, los hijos rebeldes han demostrado con demasiada elocuencia que sólo el Crucifijo podía proteger el hogar doméstico. [1]

 

 

"Reconducir a Jesucristo en la sociedad"

 

427.     La visión del abismo que está ante nosotros, nos ha hecho retroceder espantados y todos sentimos instintivamente la necesidad de un movimiento de regreso a las tradiciones santas de nuestros padres y de nuestras madres; las sacudidas del edificio, el polvo de las ruinas nos han asustado y todos sentimos la necesidad de restablecer el equilibrio, volviendo a colocar en la base a Jesucristo.

Ahora bien, es justamente ese el fin de la acción católica: promover con una organización acorde a las exigencias de los tiempos, este movimiento de retorno, asumido ya por la conciencia de todos los honestos; volver a conducir a Jesucristo en la escuela, en las costumbres, en la sociedad.

Nuestro objetivo, por lo tanto, no es el de hacer política, como quieren dar a entender nuestros adversarios. Nosotros queremos ante todo hacer una obra de saneamiento moral y proveer luego a las necesidades de orden económico que responden a las legítimas aspiraciones especialmente de la clase obrera. Los explotadores del pobre pueblo han hecho hasta aquí magníficas promesas, pero luego no cumplieron con todas ellas.

Prometieron pan y justicia, y hoy al pueblo le falta justicia y pan.

Ahora bien, nosotros queremos, justamente para provecho del pueblo, organizar instituciones benéficas, ampliar el socorro mutuo, favorecer la industria, facilitar el comercio, fecundar las obras de caridad que en nuestros días son más oportunas. Queremos sobre todo que la Religión de nuestros padres sea respetada, que sea respetada su voluntad, que sea respetado el día del Señor, que sean respetados nuestros derechos, los sagrado derechos de la Iglesia y de su supremo Jefe, los derechos de todos.

Queremos que sea tenido en su debido honor el sacerdocio, que la juventud crezca formada con sólidos principios y con una vida morigerada, que la cosa pública sea administrada por hombres íntegros y temerosos de Dios.

Queremos la verdadera grandeza de nuestra patria; por lo tanto, queremos la libertad del bien y no del mal, o por lo menos, esa libertad de la cual goza el mal; queremos que la mala prensa cese de sembrar errores y vomitar blasfemias, que sean removidos los escándalos públicos, que el pueblo no sea en lo sucesivo más engañado ni traicionado.

Queremos abrir para el niño ese libro que le enseña a ser cristiano y ciudadano; queremos decirle al obrero que él, también sobre esta tierra, no será jamás feliz, siguiendo las máximas del socialismo, pero que vivirá por lo menos un anticipo de la verdadera felicidad, siguiendo las máximas del Evangelio; queremos decirles a los gobernantes que si el Señor no protege a los estados, en vano se esfuerzan los que tienen en el puño su suerte. Queremos, en una palabra, que la sociedad vuelva a ser en sus leyes, en sus instituciones, en sus costumbres, en su vida pública, como debe ser verdaderamente, es decir cristiana. [2]

 

 

"Debemos organizarnos, debemos unirnos"

 

428.     La necesidad de la acción católica es, por lo tanto, urgente y manifiesta; pero para que resulte verdaderamente eficaz, conviene que sea disciplinada y uniforme.

Sí, debemos organizarnos, debemos unirnos, porque sólo en la unión está la fuerza; sólo la unión es el secreto de la victoria.

De aquí la importancia y la necesidad de las asociaciones católicas y de los Comités parroquiales.

No volveré a repetir lo que ya les dije otras veces al respecto, en privado y en público, a viva voz o por escrito. Diré más bien lo que quiere el Papa, intérprete seguro de la voluntad divina (...).

Él quiere que todas las parroquias de Italia posean su Comité católico, y este Comité debe, sin duda, establecerse en cada una de las parroquias de la diócesis de Piacenza y no sólo debe establecerse, sino que una vez establecido debe mantenerse y mantenerse activo.

Mi palabra, esta vez, no es palabra de exhortación, sino de orden y la dirijo especialmente a ustedes, mis venerables cooperadores en la salvación de las almas, porque es especialmente a ustedes que el Papa dirige en tono solemne esas graves palabras: "En las actuales condiciones de la Iglesia los sacerdotes deben asumir también este oficio de dirigir los grupos y los ánimos de los fieles con su autoridad, abiertamente, y con el ejemplo".

Yo que conozco y he tenido pruebas de la filial devoción de ustedes y sumisión perfecta al Vicario de Jesucristo en cada cosa, no dudo absolutamente que se pondrán, si ya no se han puesto, a la obra, con voluntad enérgica y decidida.

Alejen, mis queridos, las discusiones, las desconfianzas, los temores.[3]

 

 

"La hora de actuar ha llegado"

 

429.     Los hijos del trabajo constituyen en todos los países del mundo la masa de las poblaciones. Por lo tanto, formar a los obreros en el espíritu esencialmente pacífico y saludable del Cristianismo, es lo mismo que salvar a la sociedad civil.

Son ellos, los obreros, los predilectos de la Iglesia, que en el artesano de Nazareth reconocen y veneran al propio Fundador (...).

Mientras nos alegramos profundamente que en algunos lugares de nuestra Diócesis y especialmente en nuestra Piacenza, esas sociedades ya han sido instituidas, y rogamos al Señor para que bendiga a los insignes laicos y eclesiásticos que las promovieron, nos dirigimos a todos ustedes, queridos y venerables Cohermanos, y les repetimos que es nuestro deseo muy vivo que en cada parroquia, o donde el número de parroquianos es muy pequeño, por lo menos en los puntos principales de cada Vicariato, la Sociedad de los Obreros se forme, se organice y vuelva a florecer por su laboriosidad, número y concordia (...).

El socialismo, que impaciente por abalanzarse sobre la presa, se agita y brama, y con sus rugidos amenazadores hace temblar al mundo, es voz del Cielo, la que les avisa a ustedes que la hora de actuar ha llegado, que en vano se ilusionan en poder salvar ustedes, a sus hijos y sus cosas, si no ponen una valla segura a la arrolladora inundación. ¿Y cuál será esa valla si no una liga general y compacta de todos los hijos del pueblo educados en la escuela del Evangelio? (...).

Asociación y acción católica: he aquí la característica de los verdaderos hijos de la Iglesia en nuestros tiempos; asociación y acción, que tengan por objetivo secundar en todo los deseos del Vicario de Jesucristo, para devolver a la Iglesia y a su Jefe augusto la necesaria libertad, a Italia la grandeza, la prosperidad y la paz, para volver cristianas las familias, cristianos los municipios, cristianas las escuelas, cristianas las leyes, cristiano el pueblo, cristianos sobre todo los obreros (...).

Para alcanzar más fácilmente este fin ayudan admirablemente los Comités Parroquiales, que nosotros les hemos encomendados otras veces y sobre los que volvemos a insistir nuevamente. ¡Oh, de cuánto bien son ellos fecundos! Sea la suma preocupación de ustedes establecerlos en las parroquias, sea el propósito de ustedes tomar parte en ellos. ¡No puede fallar la bendición de Dios a las instituciones bendecidas por su Vicario!

Unámonos, unámonos. ¡Qué no se lograría si todos se uniesen, todos de acuerdo, aquellos italianos que han conservado la fe!

¡Oh! si en toda Italia surgieran los Comités Parroquiales, y en lugar de solamente dos millares, como ya se cuentan, hubiesen diez mil como se calcula que son las todas Parroquias, ¿quién puede dudar de la grandeza de los resultados que se obtendrían en pro de la Religión y de la Patria?[4]

 

 

"Salen los católicos de su aislamiento"

 

430.     Salen los católicos de su aislamiento, cerrando filas en numerosas falanges, levantan frente al sol espléndidas y reverenciadas sus banderas, discuten, proponen, resuelven, combaten, trabajan.

Y este soplo animador ha penetrado, gracias a Dios, también entre nosotros.

Todavía no se ha apagado el eco de las voces que resuenan aplaudidas en los fraternales congresos de Alseno, de Bedonia, de Chiaravalle. Hemos visto en poco tiempo, gracias a la preocupación de párrocos muy celosos, surgir varios Comités católicos. Tenemos ya Círculos de la Juventud, Oratorios festivos, Sociedades obreras, instituciones de crédito, también nosotros.

Pero todo esto, digámoslo en seguida y digámoslo claro, es muy poca cosa frente a las necesidades de la hora presente. [5]

 

 

"Es necesario que el sacerdote salga del templo"

 

431.     Nosotros debemos persuadirnos bien que hoy ya no basta lo que bastaba en el pasado. A nuevos tiempos, nuevas industrias; a nuevas plagas, nuevos remedios; a nuevas artes de guerra, nuevos sistemas de defensa. Hoy, como les dije en otra ocasión, es necesario que el sacerdote, y el párroco en especial, salga del templo, si desea ejercer una acción saludable en el templo. Pero entendámonos: salga del templo, pero después de haber sacado de la piedad y de la oración luz y consuelo; salga del templo, pero como sale el sol de su pabellón, esplendoroso por la luz de Dios y por el fuego de la caridad que ilumina, calienta, fecunda (...).

Nada de odio, ni pasión, ni celo agrio, ni excitación inconsulta debe salir de nuestra alma y corazón sacerdotal contra los hombres, sino la caridad que sufre, gime y se entristece sobre la culpa cometida por el hombre y arrastra y arruina al hombre (...).

Es con estos sentimientos, mis venerables hermanos, que debemos entrar en el campo de la acción católica. Debemos entrar, repito, y ese es hoy deber esencialmente nuestro. El que juzgara de otro modo daría prueba de gran liviandad y de poca reflexión, por no decir de poca fe.

No nos ilusionemos: si no actuamos nosotros, lo harán los otros sin nosotros y en contra de nosotros. Aunque se nos acuse también de segundos fines y objetivos mundanos.

La acusación, antes que a nosotros, fue hecha a Jesucristo el que, por más que enseñara a dar al César lo que era del César, fue llamado seductor de plebes. Cumplir el propio deber y estar en paz con todos es imposible, convenzámonos. [6]

 

 

"Les recomiendo, en la medida que sé y puedo, la juventud"

 

432.     Especialmente les recomiendo otra vez, en la medida que sé y puedo, la juventud.

Desde el momento en que con toda amorosa atención y solícito cuidado ustedes han admitido a los niños a la primera Comunión, han cumplido ciertamente un gran deber, pero no termina aquí la misión de un párroco, por el contrario, aquí comienza a ser más grave, porque es desde momento que las pasiones comienzan a despertarse en el corazón del joven, es desde este momento que los errores, los prejuicios, los escándalos, las seducciones del mundo comienzan a poner sus virtudes a dura prueba. ¡Oh! ¡ay si el párroco fuese tan descuidado y sin corazón, como para dejarlo librado a su suerte!

Es necesario, en lo posible, permanecer a su lado, es necesario iluminarlo, sostenerlo, alentarlo, empujarlo hacia el bien, manteniéndolo suavemente unido a la Iglesia y a las prácticas religiosas.

El medio más fácil es el de instituir, junto al Comité Parroquial, la sección Jóvenes. Varios, también entre nosotros, ya hicieron la prueba con muy buen éxito. Los exhorto a todos a imitar su ejemplo.

Para ello deberán afrontar algún esfuerzo, pero serán compensados con grandes satisfacciones. Si no, para no referirme a otro motivo, ¿cómo alimentar de aquí en adelante el mismo Comité y las demás asociaciones católicas, de hecho tan necesarias?

Para mantenerlas, como dije, florecientes y activas, será de mucha ayuda que cada Vicario Foráneo designe algún sacerdote idóneo para dictarles, algunas veces en el año, conferencias familiares, y recorra las diversas parroquias del Vicariato. Mejor aún, si este compromiso pudiese asumirlo el mismo Vicario Foráneo.[7]

 

 

"Dependencia de los Pastores"

 

433.     Para que nuestra acción sea y pueda decirse verdaderamente católica, recordémonos de proceder, en todo y siempre, con disciplina. No presuman los soldados de ir adelante de los capitanes. Especialmente en nuestro campo la disciplina es todo. Sin disciplina, o sea sin dependencia plena, rigurosa, constante de los fieles a sus Pastores, el fácil exceso del celo individual genera descontento y discordia, divide y cansa las buenas voluntades, desvía y disgusta a los mejores y contamina con el veneno disolvente del amor propio tanto las razones del mandar como las del obedecer.[8]

 

 

"Estrecha dependencia del principio jerárquico"

 

434.     Pretendo que nada se realice sino en la más estrecha dependencia del principio jerárquico. El laicado católico, si quiere ser instrumento de salvación en las manos de Dios, debe mantenerse en su lugar. Él en la Iglesia no es capitán, sino soldado; no es maestro, sino discípulo; no es pastor, sino ovejita, y sus ojos deben estar fijos sobre los Obispos y principalmente sobre el Obispo de los Obispos, el Romano Pontífice, y en nadie más. No conocemos a Paulino, ignoramos a Melecio, no queremos ni los sí ni los pero; ni excepciones, ni reservas, ni mal entendidos de ninguna clase. Dios no bendice nunca obras que no sean bendecidas primero por sus legítimos representantes. Un comité parroquial que actúa contra o sin el beneplácito de su párroco, un comité diocesano que se permitiese tomar la mínima iniciativa, o intentara el mínimo acto independientemente de su Obispo, cesaría con ello de ser católico y tendría de inmediato nuestra condena.[9]

 

 

"217 Comités parroquiales"

 

435.     Aconsejado por el Ilustre Conde Paganuzzi y convencido de hacer cosa grata a Su Santidad, procedo a informar brevemente de la IV Reunión Regional de los Católicos de Emilia, realizada aquí, bajo mi presidencia, los días 14 y 15 de junio del corriente año.

La reunión, y por la intervención de casi todos los Obispos de la región y por la numerosa participación de clero y pueblo, no podría haber sido más solemne.

Después de mi Carta pastoral del 16 de octubre de 1896 (de la que me atrevo ahora a enviarle copia) se han constituido en mi Diócesis, además de las secciones de jóvenes, las sociedades obreras, etc., doscientos diecisiete Comités parroquiales y todos estaban ampliamente representados en esa reunión. Estaba también numerosamente representado el clero de la ciudad y de la Diócesis, en esto, como en todo lo demás verdaderamente ejemplar y digno de todo elogio.

Todo procedió con serena calma y con el máximo orden. Las deliberaciones hechas acerca de la Organización Católica, la Buena Prensa, las elecciones administrativas y políticas, la fundación y el incremento de las Cajas Rurales, etc. fueron sumamente prácticas y oportunas, impregnadas de ese espíritu de franca sumisión a los Obispos que hoy en especial es tan necesario y que tanto preocupa a Su Santidad. [10]

 

 

 

2. LA “CUESTION OBRERA”

 

El advenimiento del socialismo ateo y anárquico hace temblar a la Iglesia y al Estado: pero es "voz de Dios".

Al socialismo ateo se lo debe enfrente con la acción social cristiana, más que con una estéril condena, que afectaría también los "justos postulados" del socialismo.

A la propaganda marxista, que seduce a las masas trabajadoras, se debe contraponer el conocimiento de los problemas sociales y de las implicancias morales y religiosas que de ellos derivan, y poner en marcha iniciativas que respondan a las reales y legítimas exigencias de los campesinos, de los obreros, de los proletarios. Es una obra de justicia y de reivindicación social, inspirada por la caridad, a realizarse en la concordia de todas las clases. Salvar a la clase obrera es salvar al pueblo.

 

 

"Las causas que hicieron surgir al socialismo"

 

436.     Desde hace tiempo la sociedad es presa de fuerzas anárquicas. Turbada toda autoridad, aflojados los vínculos sociales y familiares, negados, ridiculizados o descuidados los principios religiosos que santifican los sufrimientos humanos, la vida social se va haciendo cada día más una selva salvaje, en la cual cada uno se mueve por su cuenta y por su interés y el bien de uno genera el mal y la privación de otro, explicando así y poniendo en práctica el feroz programa contenido en la sentencia del filósofo escocés "Homo homini lupus".

De aquí la fiebre de las súbitas ganancias, de aquí la angustiosa conquista del poder, de aquí justamente esa envidia por el bien ajeno que incita a usurpar, a engañar, a estafar, a romper todo freno y suprimir todo obstáculo que se interponga a los deseos y a los gozos individuales, única meta de una sociedad atea y materialista.

Y a estos grandísimos males se ha agregado, se ha ido agravando año tras año, el aguijón del malestar económico, punzante para todos, insoportable para el pueblo, al que la pérdida de los consuelos de la fe y de la esperanza cristiana, y la conquista de nuevos derechos y de la conciencia de su propia fuerza, hacen sentir en forma más viva la indigencia en la que vive y lo tornan crédulo y ardiente neófito de toda novedad.

A tanto malestar económico y disminución de la moral, agreguen el poder del gran capital, tan fuerte y desmedido en la actual organización social e industrial capaz de atraer, sin riesgos y sin esfuerzos, una grandísima parte de las utilidades del trabajo, casi como un árbol gigantesco que roba, con sus mil tentáculos y con sus frondosas ramificaciones, el alimento, el aire y la luz de las plantas menores que entristecen a sus pies, y tendrán ustedes las causas que hicieron surgir y reforzaron al socialismo.

Reclutando a sus prosélitos en los talleres, en los campos, en las universidades, entre la nobleza y el pueblo, particularmente entre el pueblo, se ha formado en el curso de pocos años un ejército imponente. Todos los humildes, los oprimidos, los desheredados se sienten como atraídos por la esperanza de un mejoramiento, así como todas las almas rebeldes y todos los impacientes que quieren a toda costa cambiar el presente orden de cosas. A ellos después se van agregando (y son quizás los más temibles, y ciertamente los más estimables) como aliados o como afiliados aquellos que sienten una piedad más viva hacia los infelices, más fuerte y más repelente la náusea de la corrupción que penetra e invade los organismos políticos y llega a los más altos vértices; y mal pueden tolerar, sin protesta, las injusticias sociales, el ocio engordado de pocos y la indigencia de los trabajadores, y, unidas en un individuo, la riqueza, el poder y la indignidad. [11]

 

 

"Experiencia personal"

 

437.     Lo que les diré es fruto de mi experiencia personal. Antes que de los libros, lo he aprendido al ver tantas plagas sociales y tantas miserias, sobre las que por deber sacrosanto volqué los bálsamos de la fe y los auxilios de la caridad. Aún desde los primeros años de sacerdocio, en los meses libres de las preocupaciones de la enseñanza, ejercí el ministerio sagrado en varios pueblos de mi diócesis natal y tuve la oportunidad de observar de cerca la vida en el campo en sus variadas formas y en sus diferentes grados de bienestar, los pactos coloniales y sus efectos económicos y morales.

Paseaba entre estos campos fecundos (propiedad de un rico señor, conocido por las fastuosidades de la beneficencia ciudadana), trabajados por una población laboriosa, que sin embargo contaba con un buen porcentaje de pelagrosos, y entraba en esas cabañas húmedas y sin postigos con verdadero sufrimiento para mi corazón.

También fui párroco durante varios años en un suburbio de mi ciudad de Como.

Contaba entre mis parroquianos con algunos miles de obreros de la seda, tejedores, hilanderos, tintoreros. En esos años también pude ver más de cerca la mísera condición de los obreros; mísera por sí misma y por las contingencias a las que puede estar sujeta. ¡Cómo repercutía en ellos cada crisis política o financiera, también lejana, que detenía o reducía el movimiento industrial! ¡Cómo sentían ellos cada pequeño acontecimiento de la vida! ¡una enfermedad, por ejemplo, una desgracia accidental, que disminuyese su actividad diaria! Y a estas pequeñas pausas, que sacaban cada una un pedazo de pan a la pobre mesa, sobrevenían de tanto en tanto las grandes crisis industriales que interrumpían todo trabajo. En estos casos era la miseria, el hambre en el estricto sentido de la palabra, apenas disimulado por algún tiempo por el crédito del almacenero o por un anticipo de salario del industrial. Y entonces era una carrera ansiosa de los hombres en busca de trabajo y de las mujeres para pedir subsidios.

¡Oh, las tristes jornadas, cuando yo, visitando los enfermos, no escuchaba, subiendo por esas pobres escaleras, el sonido seco y casi rítmico del telar! Tristes bajo todos los aspectos, porque con la miseria entraba con frecuencia el desorden y el deshonor en las familias.

Y viendo todas esas miserias, y escuchando las quejas, y conociendo esos incansables industriales, acusados sin razón de explotar a los pobres, y ese rico propietario bueno y benéfico, que tenía los campos apestados por la pelagra, me parecía que el mal no residía tanto en la voluntad individual de los hombres, sino en la forma en que el trabajo estaba organizado y pensaba que habría sido un bien para todos poder encontrarles condiciones más equitativas.[12]

 

 

"Los postulados del socialismo"

 

438.     Si el trabajo valoriza el capital, ¿por qué no deberá tener una participación más amplia en las utilidades, por lo menos tanto como para asegurar al trabajador un sustento suficiente, sano y seguro?

Si el trabajo es una ley física y un deber moral, ¿por qué no debería ser un derecho legal?

Si la instrucción es un deber, ¿por qué no se le deja tiempo al obrero para instruirse, limitando la edad y las horas de trabajo?

Si la higiene es una obligación social, ¿por qué se permiten, sin la debidas cautelas, trabajos que envenenan y acortan la vida?

¿Por qué no se asegura, contra las desgracias eventuales, la vida del trabajador y no se provee de manera decorosa a su vejez impotente?

Así pensaba yo, y así habrán pensado muchos de ustedes, a la vista y en contacto con las miserias sociales.

Ahora bien, esas preguntas, en parte diligentemente ya convertidas en ley por el reciente trabajo parlamentario, contienen justamente algunos postulados del socialismo. Hay, por lo tanto, en estos postulados una parte de verdad, de justicia, que todos los buenos deben aceptar y poner en práctica en lo posible, no sólo porque lo bueno y lo justo no cambian su naturaleza por ser sostenidos también por los malos y los que se unen al mal, sino también por quitar al mismo mal y a lo falso su mayor fuerza de expansión, que consiste en ser brindado conjuntamente a la verdad y al asumir por eso solo el aspecto de justicia.

Por lo tanto, no nos dejemos engañar por los nombres y por las apariencias de las cosas.

Examinemos con serenidad los postulados del socialismo; opongamos a su acción, con la certeza que nos viene de la posesión de la verdad, la acción social católica, y sea ella el fármaco reconstituyente de la sociedad. [13]

 

 

"La cuestión económica se transforma en moral, política y religiosa"

 

439.     El socialismo moderno es, considerado en sí mismo, una cuestión económica, pero, como es de todas las cuestiones que deben aplicarse al hombre individuo o en su conjunto, se entrelaza con otras y cambia de naturaleza y forma, ya que el hombre es una unidad, y todo lo que respecta a esa unidad indivisible, se entrelaza, se funde y se complica de modo de reflejar los aspectos múltiples bajo los cuales se puede presentar el hombre mismo.

Así es la cuestión social. Económica en su esencia, se transforma en moral, política y religiosa en sus consecuencias inmediatas.

En efecto, la fórmula común del socialismo, del comunismo y del colectivismo, las tres principales sectas en las cuales se dividen los socialistas, es: todo lo que produce la riqueza (es decir capital, tierras, instrumentos de trabajo) es propiedad del Estado que distribuye los frutos, según unos con perfecta igualdad, según otros según las necesidades de cada uno.

Ahora bien, esta fórmula social, para que se puda poner en práctica, debe herir a la humanidad en sus más íntimos y sustanciales constitutivos y en sus afectos más queridos, como son justamente la religión, la familia y la libertad individual.

Efectivamente, el socialismo moderno, aunque es esencialmente económico, por esta estrecha conexión que hay entre todas las cuestiones teórico-prácticas referentes al hombre, no puede prescindir de la religión.

Es cierto que los socialistas, ya sea por indiferencia real, ya sea por táctica, no hablan nunca o casi nunca de religión y con frecuencia invocan el ejemplo de Jesucristo y de los primeros cristianos, como precursor el primero y practicantes los segundos de sus doctrinas. Sin embargo, no debemos dejarnos engañar sobre sus sentimientos hacia la religión. Su proveniencia revolucionaria, su fundamento científico completamente materialista, los hacen intrínsecamente irreligiosos. Ni Dieu, ni maître, había escrito Blanqui en el encabezamiento de su diario, y estos dos conceptos dan forma en sí a todo el socialismo. [14]

 

 

"Relevar las causas y hallar los remedios oportunos"

 

440.     El estado actual de la cuestión social y la difusión progresiva en nuestra ciudad, en los barrios, en el campo, de las ideas puramente socialistas o afines, debe hacer más activa y más adecuada a las necesidades, también la obra de ustedes en el campo social.

Ahora bien, para que un determinado trabajo resulte verdaderamente eficaz y no exacerbe el mal que se desea curar, requiere más que nada, prudencia, serenidad de espíritu, ecuanimidad de juicio y mesurado conocimiento y conciencia de lo que se debe combatir, como de lo que es justo conceder.

Actualicen por lo tanto sus estudios, hermanos queridos, y pónganse en grado de refutar (hablando su mismo lenguaje) los sofismas con los cuales los libros, diarios, y conferencistas de propaganda socialista van embebiendo las mentes de los obreros y de los campesinos.

Yo quise darles el ejemplo con estas advertencias que deben ser para ustedes un estímulo y un indicador.

Y ya que no es todo negativo lo que dicen los socialistas y yo se lo he demostrado, y la eficacia de su propaganda reside justamente en la constatación de un hecho doloroso, o sea en la invasora miseria de la mayoría, en medio de una verdadera exuberancia de producciones agrarias e industriales que haría suponer un aumento de la riqueza, así ustedes deberán poner todo su empeño para destacar las causas de este hecho y para hallar los remedios oportunos, aceptando y aconsejando los más prácticos, sin detenerse a pensar en quien los ha elegido o impulsado.

Demostrarán así, en efecto, que esa porción de verdadero bien que hay en el socialismo está conforme con las máximas evangélicas y puede ponerse en práctica, también sin la destrucción de la sociedad, caso contrario, es inútil y desproporcionado para el fin que se propone. [15]

 

 

"Formas modernas de hacer el bien al prójimo"

 

441.     Dediquen pues todos sus desvelos a las diversas formas e intentos de sociedades que florecen entre nosotros, ya que el espíritu de asociación ha aumentado y estrecha los vínculos de la hermandad humana, suple la debilidad de los individuos y protege de los golpes imprevistos de la desventura: "El hermano ayudado por el hermano es como una ciudad fortificada". Lejos, por lo tanto, de contrariar este nuevo espíritu de asociación que se expande y penetra en todas partes, continúen apoyándolo, y hagan lo posible por enderezarlo hacia el camino correcto, cuando la inexperiencia o los malos consejeros intenten desviarlo.

Bendigan también todas las obras de prevención y de mutuo socorro, y háganse sus sostenedores. El mutuo socorro y la prevención son dos formas modernas de hacer el bien al prójimo, que reúnen al mismo tiempo las ventajas de la caridad y las de la educación, en cuanto que haciendo partícipes del acto benéfico a los beneficiados, los acostumbran a pensar en el porvenir y a ser provenidos y previsores.

Una de las plagas del campo es la usura, ejercida bajo la forma de anticipo de productos alimenticios, de semillas, de dinero para la compra de ganado, etc. El prestamista es retribuido con un interés fijo muy elevado o bien, en forma para él más beneficiosa como una determinada cantidad de productos.

Ahora bien, lo mejor de las ganancias de los pobres colonos va a enriquecer a esos prestamistas; y el que está obligado por la necesidad o por una desgracia a recurrir a ellos, ve en poco tiempo esfumarse sus magras ganancias y difícilmente se pone en condiciones de rehacerse y equilibrar su pobre balance.

Contra ese estado de cosas son remedio eficaz las sociedades cooperativas de producción y consumo y de seguro mutuo, experimentadas ya con buenos resultados en Italia y en el exterior y más aún los Bancos Católicos y las Cajas Rurales que proveen a los pequeños agricultores el capital necesario con un interés razonable.

Aconsejen esas instituciones y favorézcanlas lo más que puedan donde existen, y alienten a las personas de bien e inteligentes para que, como observó con justicia Mons. De Ketteler, el ilustre Obispo de Maguncia (el primero que estudió la cuestión obrera desde el punto de vista católico), en otros tiempos los ricos dotaban a la Iglesia de conventos y de instituciones públicas de caridad, hoy harían cosa más grata para Dios, poniéndose al frente de asociaciones obreras, de producción, de cooperación y de consumo para mejorar las condiciones de los obreros, ya que en sustancia la obra de beneficencia es obra de caridad.[16]

 

 

"He instituido en los seminarios Cátedras agrícolas"

 

442.     Algunos de ustedes ya han intervenido para allanar las divergencias frecuentes entre patrones y campesinos, y yo mismo, con ustedes, en las visitas pastorales me he preocupado por hacer desaparecer costumbres y gravámenes de otros tiempos.

Continúen en ese camino con prudente firmeza y no permitan, en lo que depende de ustedes, que abusos e inmoralidades hagan más pesada y dolorosa la vida de los trabajadores y de los pobres.

Ustedes podrán aportar otras ventajas a los colonos, estudiando para ellos los nuevos hallazgos y sistemas agrícolas, que aumentan mucho, casi sin gasto y sin mayores esfuerzos, los productos del campo (...).

En estos veinte años he visto muchas propiedades parroquiales, en otros tiempos casi incultas, transformadas en viñedos y campos fecundos por la loable iniciativa de los párrocos, y, siguiendo su ejemplo, territorios enteros vivificados y fecundados por un trabajo más intenso y más racional. Quisiera que lo que fue obra de pocos, fuese en el futuro de todos. Para este fin he instituido, entre otras cosas, en los Seminarios diocesanos, Cátedras agrícolas, para que puedan proporcionar al clero joven los conocimientos que los ponen en condición de impartir a las poblaciones que un día le serán confiadas, junto al pan del alma, el pan del cuerpo. Mientras tanto, no será difícil, para el que lo desee, aprender en los libros esos pocos conocimientos que son necesarios para dar a los campesinos, con mucha frecuencia apegados a las viejas costumbres, las sugerencias oportunas y las indicaciones prácticas, fáciles de entender y aplicar, y que también son el resultado de largos estudios y costosas experiencias. Son muy útiles también para este fin las Conferencias agrarias, y yo las recomiendo con énfasis. [17]

 

 

"Hagan obra de reivindicación social"

 

443.     Les he mencionado así, sumariamente, algunas de las necesidades económicas de nuestros campos y los remedios respectivos, experimentados como buenos en más de un lugar; pero, el mal es multiforme y los remedios deben ser adecuados y modificados según los tiempos, los lugares, las personas, y aplicados siempre con gran prudencia y nunca con fines partidarios. No deben olvidar nunca que Ustedes son los padres espirituales de todas las almas que fueron confiadas a sus cuidados, y su intervención en asuntos fuera de la Iglesia, que juzguen de utilidad pública, no debe reavivar iras o partidismos, sino unir a todos en el santo pensamiento de obrar el bien en favor de los pobres.

Postulados del socialismo moderno son también los siguientes: limitación de la jornada de trabajo, salario mínimo fijado por la ley, el derecho a trabajar, el derecho a la huelga, y se puede seguir enumerando... Ahora bien, todos estos postulados, tomados en sí abstractamente, son buenos y no contradicen para nada las leyes divinas ni las leyes humanas. Son de la misma naturaleza de aquellos sobre los jueces entre patrones y obreros, sobre la pensión a los obreros incapacitados, sobre el reordenamiento del trabajo para las mujeres y los niños, sobre la higiene en los lugares de trabajo, que fueron ya traducidos en leyes también en nuestro medio y que no dejarán de dar óptimos frutos (...).

La acción de ustedes, sin embargo, mis amados cooperadores, será más útil y más práctica, aplicada no a los requerimientos de índole general, sino a los particulares y locales que tienen diariamente ante sus ojos; o sea cumpliendo la obra y dando el consejo de ustedes para alivio de la miseria, cooperando para sacar abusos e injusticias, enseñando a los ignorantes muchas cosas útiles, sin cansarse jamás (...).

El mal que aflige a la sociedad no es, como dicen los socialistas, puramente económico, es también moral, sobre todo moral, y no se da solamente en la organización social sino también y, principalmente, en los individuos.

Ustedes por lo tanto, mis amados párrocos, llamando a los individuos a observar la caridad evangélica y los preceptos de la religión, hacen obra de reivindicación social, ya que la salud de la sociedad está primero en la renovación religiosa y moral de los individuos; el resto vendrá solo. [18]

 

 

“Admirable Encíclica”

 

444.     Ministro de paz entre los pueblos y Vicario de un Dios de amor, que se hizo padre de los miserables y de los desamparados, el Papa tiene para éstos, sin distinción de razas, de costumbres, de religión, los cuidados más afectuosos, las atenciones más delicadas, porque en ellos es mayor la necesidad de socorro y protección.

Ellas son, lamentablemente, en el presente las clases obreras. Precioso instrumento en las manos ajenas, poderoso factor de riquezas ajenas, al obrero, en nuestros días, algunas veces le falta lo necesario para vivir, y mientras el desarrollo comercial e industrial de un pueblo, el bienestar económico de una nación es, por lo menos la mitad, fruto de su trabajo, él, de este bienestar, no está llamado a participar. De aquí ese vivo antagonismo entre los propietarios y los proletarios, ese descontento amenazador de las clases trabajadoras, instigado en los círculos internacionales por las pasiones políticas, que hoy se traduce en rebeliones parciales y en huelgas, pero que podría, de un momento a otro, estallar en un vasto incendio (...).

El Papa define claramente cuáles son, en esta cuestión, las diferentes responsabilidades; denuncia las ruinosas doctrinas al respecto, señala los medios que deben aplicarse. Yo no me atrevo a intentar resumir este estupendo entre los estupendos documentos de la sabiduría y de la caridad del actual Pontífice: León XIII no se limita a predicar la caridad a los ricos, la resignación a los obreros. En su admirable encíclica hay algo más. Con su mirada penetrante, así lo han expresado otros, Él ha profundizado la cuestión obrera y ha visto que, si en esta clase amenaza el peligro de la revuelta, la culpa no es toda suya. La injusticia en las legislaciones, la avidez en las ganancias, han hecho del obrero un esclavo del trabajo, luchador en el presente, desconfiado del porvenir, que ha desgastado las fuerzas y la vida para procurarse un pan que tampoco es suficiente para saciar su hambre.