1. LA IGLESIA
La Iglesia es extensión de la Encarnación a
lo largo de los siglos, continuación de la obra del Redentor, retrato de Cristo,
prolongación de Pentecostés, cuerpo de Cristo.
La Iglesia es madre: como tal debemos amarla y
abandonarnos en sus brazos con filial confianza.
La Iglesia es santa en la doctrina, en los
sacramentos, en las leyes: es madre de santidad y comunión de santos.
La Iglesia es una en la fe, en la comunión, en
el gobierno, en los medios de salvación.
Es la familia de Dios, la ciudad de Dios. Es una, pero variada: es un atentado
a su unidad el no reconocer la variedad de los carismas y de las funciones. Es
una en la caridad fundada sobre la verdad que no puede ser traicionada ni
callada.
La Iglesia es maestra infalible, inmutable en la
fidelidad al depósito de la fe, dinámica en la fidelidad al Espíritu. Esposa
del Cordero, es Reina, a la que se debe obedecer si se desea obedecer a Cristo,
aún a costa de la vida y del sacrificio de las propias ideas. Pero su ley es la
caridad, su vida es el amor. El que no ama y no perdona no está en la Iglesia.
a) CONTINUACION DE LA ENCARNACION
«La Iglesia es la extensión de la Encarnación a
lo largo de los siglos»
137.
Bien se dijo que la
Iglesia no es más que la extensión moral de la Encarnación en
el transcurso de los siglos. Y ya que en Cristo la humanidad y la divinidad, si
bien distintas, están íntimamente unidas e inseparables, así la Iglesia, que lo
representa, continúa su obra, produce sus mismos efectos sobrehumanos, es al
mismo tiempo divina y humana. Más claramente: la Iglesia, que mirada en su
fin es una sociedad espiritual, encaminada a la santificación y salud eterna de
las almas, tiene empero también una parte material visible y externa,
principalmente en razón de los miembros que la componen, los hombres, que no
son puros espíritus, sino seres de alma y cuerpo. Y como la misión salvadora
del Hombre-Dios, si bien dedicada al rescate y a la salud de las almas, fue
bajo las formas corpóreas y sensibles de la encarnación, predicación, pasión,
muerte, resurrección, así El quiso ligar a formas materiales y sensibles los
actos de su Religión y los medios ordinarios de santificación: culto,
magisterio, Sacramentos. Por lo tanto, en esta sociedad religiosa se divisa una
parte espiritual que se define alma de la Iglesia; y es aquella que vivifica, modela y rige
todos los miembros místicos, y los pone en comunicación con su divina Cabeza y
entre ellos y opera ese bienaventurado intercambio de méritos y de riquezas,
que se llama Comunión de los Santos, que abarca a todos los justos y amigos de
Dios, no sólo los peregrinos en el mundo, sino también aquellos que terminada
su carrera mortal, tocaron ya la patria, o temporariamente están retenidos en
el Purgatorio para la expiación final de sus culpas. A esto pertenece todo lo
que la Iglesia
tiene de interno y espiritual: la fe, la caridad, la esperanza, los dones de la
gracia, los carismas, los frutos del Espíritu divino y todos los tesoros
celestiales que le derivan de los méritos de Cristo Redentor y de sus
servidores. Forma parte también del Cuerpo de la Iglesia lo que ella tiene
de visible y externo, ya sea la asociación de los congregados, como el culto y
el ministerio de la enseñanza, y su gobierno y orden externos. Además, del
mismo modo en que estas dos partes esenciales, que constituyen la Iglesia, están unidas
inseparablemente entre sí, como el alma con el cuerpo, así entre miembro y
miembro, por la caridad debe reinar una tal armonía y reciprocidad de
funciones, que dé la misma imagen de unidad que el individuo físico, tal como
la describe el Apóstol diciendo que: "de Cristo, nuestra Cabeza, todo el
cuerpo recibe unidad y cohesión, gracias a los ligamentos que lo vivifican y a
la acción armoniosa de todos los miembros; así el cuerpo crece y se edifica en
el amor"( Ef. 4, 15-16).
«La Iglesia es la verdadera imagen de su Fundador»
138.
La vida de la
Iglesia emana directamente de un principio divino, que modela
y gobierna su organismo humano, la totalidad de los fieles, mediante los cuales
se expresa, sublimándola así como sociedad de naturaleza absolutamente diferente
a las demás, porque es una sociedad terreno-celestial, por lo tanto, verdadera
imagen de su Fundador, al mismo tiempo Hombre y Dios. De manera que puede
decirse casi una encarnación viviente de Cristo sobre la tierra, una
continuación de su vida mortal; Jesucristo difundido y comunicado en toda su
plenitud. En efecto, la vida de la
Iglesia es radicalmente el espíritu de Dios, según el
Apóstol: Multi unum corpus sumus in Christo: haec omnia operatur unum atque
idem Spiritus [Todos nosotros formamos un solo cuerpo en Cristo; pero en todos
es el mismo y único Espíritu el que actúa] (Rom. 12,5; 1 Cor. 12,11).
«La Iglesia es la continuación perpetua de la obra
del Redentor»
139.
La depositaria y dispensadora de los Sacramentos es la Iglesia, continuación perpetua
de la obra del Redentor y del Santificador de los hombres sobre la tierra. Por
lo tanto, es la Iglesia
la que tiene, diríamos, las llaves de este canal, es la Iglesia que, por medio de
los Sacramentos, saca del seno de Dios la gracia santificante y la hace correr,
a semejanza de un río, en el alma del cristiano (Is. 44, 3). ¿Qué otro don
inestimable, por lo tanto, nos hizo Jesucristo al fundar aquí en la tierra su
Iglesia y al hacernos crecer en su regazo? En efecto, sólo en su regazo El
infunde sus carismas. Objeto de sus complacencias, pupila de sus ojos, pálpito
de su corazón, la Iglesia
es su única paloma, su única y perfecta, al mismo tiempo, esposa y hermana
(Cant. passim). Salió de su costado, está purpurada por su divina sangre, es
santa, es inmaculada (Ef. 6, 25). ¡Oh Iglesia! ¡Oh Iglesia, cuán querida eres
para Jesús! ¡Qué afortunados somos nosotros por ser tus hijos! En la Iglesia tenemos todo lo
que puede guiarnos hacia la eterna salud, fuera de ella, oscuridad, desolación
y muerte.
«Jesucristo se ha retratado en su Iglesia»
140.
En la creación del universo Dios imprimió como una horma de su
gloria, y especialmente en la creación del hombre, que es su cabeza, El ha
retratado la imagen viva de su ser. Jesucristo se ha retratado en su Iglesia.
Ha hecho el mundo de las almas a su imagen, le ha dado unidad porque es uno, la
santidad porque es santo, la autoridad porque es el Señor, la universalidad
porque El es el Dios inmenso, la perpetuidad porque es El Dios eterno; y como,
al crear los mundos, El puso en movimiento la fuerza de atracción, que hace que
graviten hacia un centro común, así, en la creación de la Iglesia, El ha difundido
su gracia, esta ley de atracción espiritual, que también hace gravitar el alma
hacia Aquél que es el centro común de las inteligencias, Dios; ha infundido en la Iglesia su gracia, esa
fuerza arcana que le imprime el movimiento y la vida.
«Los destinos de Cristo y de la Iglesia son inseparables»
141.
Los destinos de Cristo y de su esposa son inseparables. Lo que sucedió
con el cuerpo físico y material de Jesucristo es presagio de lo que ocurre y
ocurrirá con su cuerpo espiritual y místico que es la Iglesia. El cuerpo de
Cristo fue sometido a las injurias, a las flagelos, a los golpes; y a las
injurias, a los flagelos y a los golpes es sometida frecuentemente la Iglesia. El cuerpo de
Jesucristo fue suspendido en la cruz, agonizó, murió, fue sepultado; y
crucificada, agonizante y casi moribunda aparece alguna vez la Iglesia. Esperen.
Jesucristo sale de la tumba glorioso, impasible, inmortal, justamente de
aquella en que sus enemigos creen haberlo sepultado para siempre; y justamente
de aquella en que sus enemigos actuales se empeñan en creer haber apagado para
siempre a la Iglesia
católica; hela aquí volver a levantarse más gloriosa, más fuerte, más hermosa
que antes.
«La Iglesia es un Pentecostés prolongado»
142.
La Iglesia
Católica, ya que tuvo su primer origen en Pentecostés, puede decirse de
ella que es un Pentecostés prolongado a través de los siglos. Asistida continuamente
por el Espíritu Santo, hace oír a todos su autorizada voz, predica a todos las
mismas verdades, indica a todos los mismos preceptos. Los unos inclinan
humildemente la frente, adoran y obedecen, los otros por el contrario la
ridiculizan y se vanaglorian de no creerle. ¿Por qué esa diferencia? ¿Por qué
muchos, especialmente en nuestros días, manchan su lengua y su pluma con
errores y blasfemias increíbles y pierden la fe? No por otra cosa sino porque
está manchado su corazón. Tal es la sentencia infalible de Jesucristo (...):
Lux venit in mundum et dilexerunt homines magis tenebras quam lucem, erant enim
eorum mala opera [La luz vino al mundo y los hombres prefirieron las tinieblas
a la luz, porque sus obras eran malas] (Jn. 3, 19). Es en la corrupción del
corazón que tiene origen la incredulidad.
«Somos un solo cuerpo en Jesucristo»
143.
Somos un solo cuerpo en Jesucristo, y así como en el cuerpo humano
no todos los miembros cumplen la misma función, así también cada miembro de la Iglesia no ejerce el mismo
oficio. Hay en el cuerpo humano una cabeza que, colocada en la parte más alta,
domina a todos los demás miembros, les da vida, los dirige y los gobierna; y en
la Iglesia,
cuerpo místico de Jesucristo, está (...) el Pontífice Romano, cabeza visible de
este gran cuerpo, que tiene el gobierno supremo y universal sobre todos los
miembros que conservan la unidad en él. Están los Obispos, subordinados al
Romano Pontífice, pero regidores supremos de la parte del redil católico que de
él, Pastor universal, recibieron para su cuidado; se dirían también los ojos de
ese mismo cuerpo. Siguen los sacerdotes y los demás ministros inferiores, que
son, por así decir, los brazos; por último todos los fieles que son la plenitud
y el complemento.
Surge así una cadena que, partiendo del
Papa, llega ordenada y jerárquicamente hasta el último campesino, el que
mientras guía con gran esfuerzo el arado en su campo, si tiene el espíritu de
Jesucristo, se siente unido, de la misma manera que nos sentimos unidos
nosotros mismos, en la fe, en la caridad, en la obediencia con el Papa y con la Iglesia. ¡Oh! ¡cómo
quisiéramos que se deleitaran frecuentemente con este pensamiento, tan hermoso
y maravillosamente conmovedor! ¿Y no es quizás maravilloso y conmovedor el
hecho de esta inmensa familia de creyentes diseminados por todo el mundo, que
rezan todos el mismo símbolo, que se alegran todos con las mismas esperanzas,
que se acercan todos a los mismos Sacramentos, que reconocen todos el mismo
Sacerdocio, que ofrecen todos el mismo Sacrificio, que obedecen todos a la
misma ley, que escuchan todos la misma voz del Padre común (...)?
¿Y no es dulce para ustedes, oh
pobrecitos, hijos Nuestros muy amadísimos, reunirse en los días festivos en el
templo para asistir a los divinos misterios? ¿no es dulce para ustedes saber
que están en comunión con todo el mundo, hijos todos de la misma madre, que
llama a todos por igual sin distinción de nacimiento, de grado y de educación,
a ganarse, con el ejercicio de las buenas obras, la misma bienaventurada
inmortalidad?
¿No es dulce para ustedes saberse en
comunión de afectos no sólo con la
Iglesia que combate aquí en la tierra las gloriosas batallas
del Señor, sino también con aquella también que se regocija triunfante en el
Cielo? ¿No es dulce saber que lo que ustedes creen es lo mismo que fue creído
por todas las generaciones a lo largo de todos los siglos? (...).
¡Oh salve, una, santa, católica y
apostólica Iglesia! ¡Tú maestra, tú reina, tú madre, tú el Cuerpo místico de
Jesucristo viviente en los siglos! De ti nuestra salvación, nuestra gloria,
nuestra paz, nuestra alegría, nuestra felicidad, nuestra vida. Como maestra
nuestra te escucharemos, como soberana nuestra te obedeceremos, como madre
nuestra te amaremos, como cuerpo del cual somos miembros te ayudaremos y te
defenderemos
b) MADRE NUESTRA
«¡Miremos en el rostro a nuestra Madre!»
144.
Somos hijos de la Iglesia Católica; ¿esto sólo no debería bastar
para despertarnos de una vez? ¡Miremos en el rostro a nuestra Madre y avergoncémonos
por haber hecho hasta ahora tan poco por ella!
¿Qué es ella? Es la obra del milagro, más
bien es ella misma un milagro. Milagro estupendo en su origen, milagro singular
en su propagación, milagro permanente en su duración. En efecto, ¿cómo nació?
Nació, se puede decir, a fuerza de milagros, sin el mínimo apoyo humano, o
mejor dicho, a pesar de los esfuerzos de todo el infierno enfurecido alrededor
de su cuna, y a pesar de obstáculos inmensos, increíbles, no superables por
ninguna fuerza creada. Sostenida únicamente por el brazo de Dios, no obstante
todas las potencias, todos los prejuicios, todas las pasiones, todos los
errores del mundo, juntos conspirados para dañarla, no obstante las
persecuciones de todo tipo movidas en su contra por la barbarie, la astucia y
el orgullo, como rayo que se desliza de oriente a occidente, ella se propaga
admirablemente, se extiende por todo el mundo, y siempre entre los más
tremendos asaltos, siempre entre las oposiciones más duras, avanza tranquila y
serena, atraviesa majestuosa el curso de los siglos, subsiste inmóvil, se
mantiene invencible, se conserva incorrupta y triunfa gloriosamente sobre toda
clase de enemigos (...).
¿No es ésta una continua cadena de
portentos inenarrables que nos hacen tocar con la mano la obra del Eterno, la
potencia de Cristo, la fuerza, la virtud, la omnipotencia divina, comunicada,
transmitida, encarnada en la
Iglesia? ¿Y no deberíamos nosotros inclinar la frente y
doblar reverentes las rodillas ante esta Reina inmortal de los siglos, ante
esta inmaculada esposa de Cristo, ante esta Señora soberana de todos los
reinos, de todas las edades, de todas las gentes? ¿No nos consideraríamos
altamente honrados por pertenecerle? ¿No quisiéramos poner mano eficaz en las
obras de su gloria?
«La Iglesia es verdaderamente nuestra Madre»
145.
Queridos hijos, mantengan siempre fija en la mente la gran
sentencia del mártir San Cipriano: No puede tener a Dios como padre, el que no
tiene a la Iglesia
como madre.
Y verdaderamente la Iglesia es nuestra madre,
hermanos e hijos muy queridos. Esta no es una frase oratoria, es una doctrina
estrictamente dogmática.
Así como en la relación entre nosotros y
Dios creador están los progenitores y está la serie de nuestros padres, que nos
unen al primer hombre, Adán, así también, escribe un grande, entre nosotros y
Jesucristo, en el orden sobrenatural de la fe y de la gracia, hay una madre,
que es virgen y es justamente la Iglesia. Ella, por la serie no interrumpida de
las generaciones espirituales, se remonta a los Apóstoles y a Jesucristo. Como
la ola de la vida natural se expande desde Dios hacia todo lo creado por la
obra necesaria de los progenitores según la carne, así la ola de la vida
sobrenatural y divina se expande desde Cristo hacia todos los creyentes por la
obra igualmente necesaria de la
Iglesia, que es su Esposa y por lo tanto madre nuestra,
destinada a alimentarnos con la leche de sus doctrinas, a criarnos en la vida
espiritual de la gracia, a enriquecernos con todos los tesoros del Cielo y a
conducirnos a la edad perfecta de Cristo.
«¡Amemos a esta madre!»
146.
¡Amemos a esta madre! No olvidemos que aquel que no ama a la Iglesia está fuera del
amor de Jesucristo, y por lo tanto, afuera de ese solo amor que nos ennoblece,
nos eleva y nos hace querer todo lo que es digno de amor en el universo. Amemos
a la Iglesia
viva y presente de nuestros días, que habla por boca de su Jefe augusto y de
sus Obispos, que vive y sufre por nosotros, que con nosotros reza y espera.
Amémosla como la cosa más querida que hay en el mundo después de Jesucristo;
amémosla como a nuestra familia, como a nuestra madre bellísima y al mismo
tiempo afectuosísima; amémosla como aquella que mejor representa y expresa en
sí la infinita belleza y bondad de ese Dios que es todo nuestro amor. Entre los
brazos de esta madre abandonémonos confiados. Lo dijo mi madre, exclama el
niño, y, pronunciadas estas palabras, prosigue seguro por su camino. Lo mismo
debe decir cada uno de nosotros: ¡Lo dijo la Iglesia y basta!
«Te amaremos siempre con amor de hijos»
147.
¡Oh Iglesia Católica!¡Oh hija del Cielo! ¡qué hermosos son tus
tabernáculos! ¡qué luminosos tus caminos! ¡Madre de los Santos, imagen de la
suprema ciudad, conservadora eterna de la sangre incorruptible, salve! Tú nos
amas con amor de madre y nosotros te amaremos siempre con amor de hijos. Como
nuestros hermanos, que recogieron ya la palma de su triunfo, nos preocuparemos
por santificarnos nosotros también en este peregrinaje mortal, también para no
ser indignos de ti. Seguiremos dóciles tus enseñanzas, nos mantendremos en todo
momento unidos a ti, sabiendo bien que fuera de ti no hay salvación. Militantes
contigo sobre la tierra, esperamos estar contigo triunfantes en el Cielo por
los méritos de Jesucristo Dios nuestro, para el cual sean el honor, la
sabiduría, el imperio, la acción de gracias, la bendición, el poder, la
fortaleza y la gloria en los siglos de los siglos. Amén.
c) LA IGLESIA ES SANTA
«La Iglesia es santa»
148.
La obra más grande de Dios Padre es Jesucristo y la obra más
grande de Jesucristo es su Iglesia, que adquirió y purificó con su sangre,
santificó con su espíritu, enriqueció con sus méritos, para presentarla a su
Padre exenta de toda arruga y de toda mancha y hacerla reinar perpetuamente
consigo en el Cielo. Ella es, por lo tanto, santa en su Autor, que es el
manantial y la fuente de toda santidad; santa en sus Sacramentos, canales por
los cuales nos llegan todas las gracias; santa en su Sacrificio incruento, con
el cual se ofrece al nombre de Dios una oblación limpia; santa en su culto, tan
majestuoso, tan bello, que inspira la fe más viva, el respeto más profundo, la
piedad más tierna, que vence todo razonamiento, que habla poderosamente al
corazón aún de los heterodoxos.
Santa en sus doctrinas, ya que su especial
cuidado consiste en conservarlas incorruptas, como las recibió de su fundador,
para sanar las enfermedades espirituales, disipar las tinieblas que obstruyen
las mentes, incitar a sus hijos a las buenas obras, sublimarlos en la práctica
de la pobreza voluntaria, de la obediencia más perfecta, de la virginidad
angelical, de la vida austera y penitente, al coraje del sacrificio y del
martirio.
Santa, por lo tanto, en sus hijos, porque
el Salvador se entregó a sí mismo para rescatarlos de toda iniquidad, y para
purificarse un pueblo aceptable, guardián de las buenas obras (...). Vengan y
vean. Tantos millones de mártires generosos, de solitarios penitentes, de
vírgenes puras, de héroes de toda clase; ese número grandísimo de pastores y de
sacerdotes, que arden con un santo celo para la gloria de Dios y la salvación
de las almas, que corren también a lejanos países, donde brilla la espada de
las persecuciones, y a todo lugar en que un feroz malestar siega víctimas; esos
religiosos, y son muchos, de los cuales los mismos enemigos admiran las
virtudes, las austeridades, el espíritu de soledad, de oración, de celo, de
caridad, de alejamiento de toda cosa terrenal; tantas almas piadosas, ignoradas
por el mundo, pero conocidas y amadas por Aquel que escruta los corazones, son
todos hijos de la
Iglesia Católica. Ella, santa en sí y santa en todas sus
cosas, no cesará jamás de nutrir en su propio seno portentos de santidad,
dignos del supremo honor de los altares, y de ser por eso fuente inagotable de
todos los bienes.
«La Iglesia es madre de Santidad»
149.
La santidad es el carácter inseparable y propio de la verdadera
Iglesia; Dios es la santidad por esencia; por lo tanto una Iglesia que viene de
Dios debe llevar la huella de la santidad; y santa, o mejor dicho madre de
santidad, como escribe San Agustín, es justamente la Iglesia Católica:
sanctitatis mater (...).
Fuente de santidad son ante todo las
verdades que nos enseña: ya que las doctrinas promulgadas por la Iglesia Católica
no son simples teorías, sino principios eternos, de los cuales emana una
multitud de consecuencias morales que divinizan, por así decir, nuestra
naturaleza (...). Un Dios justo e infinitamente misericordioso, la inmortalidad
del alma, la reparación de la culpa por medio de la penitencia, el perdón de
las ofensas, la paciencia, la caridad, la humildad y así continuando, son todas
doctrinas que sirvieron en todos los tiempos para formar en gran número héroes
insignes y sin culpas.
Fuente de santificación son los
Sacramentos que con afecto de madre la Iglesia nos administra. Nos administra el
bautismo para limpiar las manchas de nuestro origen carnal; nos administra la
confirmación para darnos fuerza para combatir las batallas del Señor; nos administra
la penitencia como medio de expiar nuestros pecados; nos administra la Eucaristía y nos
comunica al autor mismo de la santidad. Administra el matrimonio que santifica
la familia, administra el orden sagrado para perpetuar aquí abajo el sacerdocio
de Jesucristo; administra la extrema unción y derrama sobre el lecho de
nuestras agonías los mismos consuelos del Cielo.
Fuente de santidad son los preceptos que
ella nos impone, preceptos llenos de indulgencia y de bondad, con los cuales
esta tierna madre nos guía a través de los peligros del mundo hacia el puerto
de la salud y se esmera toda para hacernos felices en ésta y en la otra vida.
Nos manda amar a Dios con el corazón, dirigir a El, como último término, los
pensamientos, los afectos, las obras, todo lo que nosotros somos y podemos, y
amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos con el amor que viene de Dios. En
fin nos propone imitar a Jesús Crucificado nuestro Señor, sublime ejemplo de
resignación, de fortaleza, de gloria, para que crucificados con El a las
vanidades de este siglo, estemos unidos a El en los sufrimientos como en el
gozo.
Fuente de santificación es la comunión de
los Santos, fruto de aquella perfecta caridad que une entre si la Iglesia militante, la Iglesia purgante y la Iglesia triunfante, forma
con ellas un solo cuerpo del cual Jesucristo es la cabeza; y por lo tanto
nosotros somos partícipes tanto de los méritos de los justos todavía caminantes
sobre la tierra como de la gloria de los residentes celestiales.
«¿Son capaces de encontrar algo virtuoso
que la Religión
no genere o no inspire?»
150.
¿Son capaces de encontrar algo virtuoso que la Religión Católica
no genere o inspire?. ¿Quizás la amistad? Pero la Religión católica
sólo puede darnos amigos verdaderos y fieles. ¿Quizás la gratitud? Pero es la Religión Católica
que forma el corazón verdaderamente bueno y condimenta con alegría pura la
sociedad civil. ¿Quizás la unión matrimonial? Pero es precisamente la Religión Católica
que, elevándola al grado de Sacramento, la hace estable y santa y desea que
retrate en sí la imagen de la unión de Cristo con la Iglesia. ¿Quizás los
deberes de la vida civil? Pero es justamente el Evangelio que nos manda ser
humildes, dulces, afables, mansos, pacientes, caritativos. ¿Quizás el coraje?
¿Pero qué héroes podrían compararse con aquellos de quienes se enorgullece la Religión Católica?
¿Quizás la buena administración del gobierno? ¡Oh, si los pueblos, las
repúblicas, los reinos estuviesen gobernados solamente con las máximas del
Evangelio! ¿Adónde estarían entonces los abusos, las injusticias, las
calumnias, las ambiciones, los odios, los hurtos, los homicidios, los
sacrilegios, las revueltas?
«El tesoro de la Iglesia: la comunión de
los Santos»