Parte II

 

HOMBRE DE LA IGLESIA Y PARA LA IGLESIA

 

. 71

1. LA IGLESIA.. 73

a) Continuacion de la encarnacion. 73

b) Madre nuestra. 76

c) La Iglesia es santa. 78

d) La Iglesia es una. 81

e) La Iglesia es maestra. 87

f) La Iglesia es soberana. 91

g) La ley de la Iglesia es el amor 94

 

2.  EL  PAPA.. 95

a) Piedra fundamental de la Iglesia. 96

b) Padre para amar 98

c) Padre para obedecer 101

 

3.  EL  OBISPO.. 103

a) Sé que soy obispo. 103

b) Paternidad y servicio. 108

c) Anillo de la jerarquia eclesiastica. 111

d) "No puedo callar" 116

e) Iglesia universal e Iglesia particular 119

 

4. EL SACERDOTE. 123

a) El ministerio sacerdotal 123

b) La santidad del sacerdote. 128

c) La oracion del sacerdote. 132

d) La ciencia del clero. 137

e) La promocion de las vocaciones. 139

 

5. EL LAICO.. 142

a) El sacerdocio de los fieles. 142

b) La accion del laico. 146

c) La confesion de la fe. 149

 

 

 

La eclesiología de Scalabrini debe ser leída a la luz de las adquisiciones teológicas de su época, codificadas en las dos constituciones del Concilio Vaticano I, pero animadas ya por fermentos precursores del Vaticano II, no expresados suficientemente en el primer Concilio Vaticano a causa de su forzada interrupción.

En las numerosas páginas dedicadas a la Iglesia, conviene nuclear los puntos que desde la eclesiología corriente el Obispo eligió como principios inspiradores de la vida y de la acción episcopal. En un cuadro sustancialmente vertical de la eclesiología, destacan aún la concepción de la Iglesia como extensión de la Encarnación de Cristo, continuación de su vida terrenal, su manifestación permanente entre los hombres, familia de Dios, cuerpo de Cristo, comunión de los santos.

Son elementos iluminadores de la "pasión" de Scalabrini por la Iglesia, por la Iglesia universal, por la cual siente total celo y por la Iglesia particular, amada como esposa, defendida celosamente de ingerencias extrañas («extrajerárquicas») en base a un concepto del episcopado más teologal que jurídico: el obispo es mediador de la gracia.

En base a la doctrina del Concilio Vaticano I, la atención del Autor se concentra sobre las "prerrogativas" del Papa, primado e infalibilidad, con el amor y el orgullo del hijo que siente propia la gloria del padre y con la fe del cristiano que en el Papa glorifica a Cristo. Fe y amor se traducen en obediencia filial, no servil ni aduladora.

Scalabrini "sabe que es obispo" y por ello reivindica la autoridad divina, modelada sobre el «Obispo de nuestras almas»: la autoridad es servicio, fraternidad, decisión, responsabilidad y corresponsabilidad «para la gloria de Dios y la salvación de las almas», para los «intereses de Jesucristo y de su Iglesia». La misma naturaleza sacramental de la Iglesia está expresada en la jerarquía: el "principio jerárquico" es garantía de la transmisión de la gracia mediante los canales instituidos por Cristo: Papa, obispo, sacerdote.

El laico es más beneficiario que protagonista, pero él también es sacerdote y apóstol, mediador del obispo y del sacerdote ante el mundo, como el obispo es mediador de Dios y del Papa ante los presbíteros y los laicos.

La doctrina del «medio», o sea el obispo único mediador legítimo entre el Papa y los fieles, hoy redimensionada, es sostenida por el Beato Scalabrini para afirmar y defender el principio, puesto prácticamente en discusión por la corriente "intransigente", que en el campo de la conciencia el único legislador y juez competente para la Iglesia universal es el Papa y, para la Iglesia particular, el obispo en comunión con el Papa.

La pertenencia y la unión a la Iglesia, o sea al conjunto de todos los cristianos, eclesiásticos y laicos, no es fruto de mera "dependencia" sino que se realiza plenamente mediante la «triple unión de fe, de comunión y de dependencia», unión «de fe, de caridad, de obediencia» al Papa y a la Iglesia, que asegura la unión de vida y de gracia con la Cabeza, Cristo.


 

1. LA IGLESIA

 

La Iglesia es extensión de la Encarnación a lo largo de los siglos, continuación de la obra del Redentor, retrato de Cristo, prolongación de Pentecostés, cuerpo de Cristo.

La Iglesia es madre: como tal debemos amarla y abandonarnos en sus brazos con filial confianza.

La Iglesia es santa en la doctrina, en los sacramentos, en las leyes: es madre de santidad y comunión de santos.

La Iglesia es una en la fe, en la comunión, en el  gobierno, en los medios de salvación. Es la familia de Dios, la ciudad de Dios. Es una, pero variada: es un atentado a su unidad el no reconocer la variedad de los carismas y de las funciones. Es una en la caridad fundada sobre la verdad que no puede ser traicionada ni callada.

La Iglesia es maestra infalible, inmutable en la fidelidad al depósito de la fe, dinámica en la fidelidad al Espíritu. Esposa del Cordero, es Reina, a la que se debe obedecer si se desea obedecer a Cristo, aún a costa de la vida y del sacrificio de las propias ideas. Pero su ley es la caridad, su vida es el amor. El que no ama y no perdona no está en la Iglesia.

 

 

a) CONTINUACION DE LA ENCARNACION

 

«La Iglesia es la extensión de la Encarnación a lo largo de los siglos»

 

137.     Bien se dijo que la Iglesia no es más que la extensión moral de la Encarnación en el transcurso de los siglos. Y ya que en Cristo la humanidad y la divinidad, si bien distintas, están íntimamente unidas e inseparables, así la Iglesia, que lo representa, continúa su obra, produce sus mismos efectos sobrehumanos, es al mismo tiempo divina y humana. Más claramente: la Iglesia, que mirada en su fin es una sociedad espiritual, encaminada a la santificación y salud eterna de las almas, tiene empero también una parte material visible y externa, principalmente en razón de los miembros que la componen, los hombres, que no son puros espíritus, sino seres de alma y cuerpo. Y como la misión salvadora del Hombre-Dios, si bien dedicada al rescate y a la salud de las almas, fue bajo las formas corpóreas y sensibles de la encarnación, predicación, pasión, muerte, resurrección, así El quiso ligar a formas materiales y sensibles los actos de su Religión y los medios ordinarios de santificación: culto, magisterio, Sacramentos. Por lo tanto, en esta sociedad religiosa se divisa una parte espiritual que se define alma de la Iglesia; y es aquella que vivifica, modela y rige todos los miembros místicos, y los pone en comunicación con su divina Cabeza y entre ellos y opera ese bienaventurado intercambio de méritos y de riquezas, que se llama Comunión de los Santos, que abarca a todos los justos y amigos de Dios, no sólo los peregrinos en el mundo, sino también aquellos que terminada su carrera mortal, tocaron ya la patria, o temporariamente están retenidos en el Purgatorio para la expiación final de sus culpas. A esto pertenece todo lo que la Iglesia tiene de interno y espiritual: la fe, la caridad, la esperanza, los dones de la gracia, los carismas, los frutos del Espíritu divino y todos los tesoros celestiales que le derivan de los méritos de Cristo Redentor y de sus servidores. Forma parte también del Cuerpo de la Iglesia lo que ella tiene de visible y externo, ya sea la asociación de los congregados, como el culto y el ministerio de la enseñanza, y su gobierno y orden externos. Además, del mismo modo en que estas dos partes esenciales, que constituyen la Iglesia, están unidas inseparablemente entre sí, como el alma con el cuerpo, así entre miembro y miembro, por la caridad debe reinar una tal armonía y reciprocidad de funciones, que dé la misma imagen de unidad que el individuo físico, tal como la describe el Apóstol diciendo que: "de Cristo, nuestra Cabeza, todo el cuerpo recibe unidad y cohesión, gracias a los ligamentos que lo vivifican y a la acción armoniosa de todos los miembros; así el cuerpo crece y se edifica en el amor"( Ef. 4, 15-16). [1]

 

 

«La Iglesia es la verdadera imagen de su Fundador»

 

138.     La vida de la Iglesia emana directamente de un principio divino, que modela y gobierna su organismo humano, la totalidad de los fieles, mediante los cuales se expresa, sublimándola así como sociedad de naturaleza absolutamente diferente a las demás, porque es una sociedad terreno-celestial, por lo tanto, verdadera imagen de su Fundador, al mismo tiempo Hombre y Dios. De manera que puede decirse casi una encarnación viviente de Cristo sobre la tierra, una continuación de su vida mortal; Jesucristo difundido y comunicado en toda su plenitud. En efecto, la vida de la Iglesia es radicalmente el espíritu de Dios, según el Apóstol: Multi unum corpus sumus in Christo: haec omnia operatur unum atque idem Spiritus [Todos nosotros formamos un solo cuerpo en Cristo; pero en todos es el mismo y único Espíritu el que actúa] (Rom. 12,5; 1 Cor. 12,11). [2]

 

 

«La Iglesia es la continuación perpetua de la obra del Redentor»

 

139.     La depositaria y dispensadora de los Sacramentos es la Iglesia, continuación perpetua de la obra del Redentor y del Santificador de los hombres sobre la tierra. Por lo tanto, es la Iglesia la que tiene, diríamos, las llaves de este canal, es la Iglesia que, por medio de los Sacramentos, saca del seno de Dios la gracia santificante y la hace correr, a semejanza de un río, en el alma del cristiano (Is. 44, 3). ¿Qué otro don inestimable, por lo tanto, nos hizo Jesucristo al fundar aquí en la tierra su Iglesia y al hacernos crecer en su regazo? En efecto, sólo en su regazo El infunde sus carismas. Objeto de sus complacencias, pupila de sus ojos, pálpito de su corazón, la Iglesia es su única paloma, su única y perfecta, al mismo tiempo, esposa y hermana (Cant. passim). Salió de su costado, está purpurada por su divina sangre, es santa, es inmaculada (Ef. 6, 25). ¡Oh Iglesia! ¡Oh Iglesia, cuán querida eres para Jesús! ¡Qué afortunados somos nosotros por ser tus hijos! En la Iglesia tenemos todo lo que puede guiarnos hacia la eterna salud, fuera de ella, oscuridad, desolación y muerte.[3]

 

 

«Jesucristo se ha retratado en su Iglesia»

 

140.     En la creación del universo Dios imprimió como una horma de su gloria, y especialmente en la creación del hombre, que es su cabeza, El ha retratado la imagen viva de su ser. Jesucristo se ha retratado en su Iglesia. Ha hecho el mundo de las almas a su imagen, le ha dado unidad porque es uno, la santidad porque es santo, la autoridad porque es el Señor, la universalidad porque El es el Dios inmenso, la perpetuidad porque es El Dios eterno; y como, al crear los mundos, El puso en movimiento la fuerza de atracción, que hace que graviten hacia un centro común, así, en la creación de la Iglesia, El ha difundido su gracia, esta ley de atracción espiritual, que también hace gravitar el alma hacia Aquél que es el centro común de las inteligencias, Dios; ha infundido en la Iglesia su gracia, esa fuerza arcana que le imprime el movimiento y la vida. [4]

 

 

«Los destinos de Cristo y de la Iglesia son inseparables»

 

141.     Los destinos de Cristo y de su esposa son inseparables. Lo que sucedió con el cuerpo físico y material de Jesucristo es presagio de lo que ocurre y ocurrirá con su cuerpo espiritual y místico que es la Iglesia. El cuerpo de Cristo fue sometido a las injurias, a las flagelos, a los golpes; y a las injurias, a los flagelos y a los golpes es sometida frecuentemente la Iglesia. El cuerpo de Jesucristo fue suspendido en la cruz, agonizó, murió, fue sepultado; y crucificada, agonizante y casi moribunda aparece alguna vez la Iglesia. Esperen. Jesucristo sale de la tumba glorioso, impasible, inmortal, justamente de aquella en que sus enemigos creen haberlo sepultado para siempre; y justamente de aquella en que sus enemigos actuales se empeñan en creer haber apagado para siempre a la Iglesia católica; hela aquí volver a levantarse más gloriosa, más fuerte, más hermosa que antes. [5]

 

 

«La Iglesia es un Pentecostés prolongado»

 

142.     La Iglesia Católica, ya que tuvo su primer origen en Pentecostés, puede decirse de ella que es un Pentecostés prolongado a través de los siglos. Asistida continuamente por el Espíritu Santo, hace oír a todos su autorizada voz, predica a todos las mismas verdades, indica a todos los mismos preceptos. Los unos inclinan humildemente la frente, adoran y obedecen, los otros por el contrario la ridiculizan y se vanaglorian de no creerle. ¿Por qué esa diferencia? ¿Por qué muchos, especialmente en nuestros días, manchan su lengua y su pluma con errores y blasfemias increíbles y pierden la fe? No por otra cosa sino porque está manchado su corazón. Tal es la sentencia infalible de Jesucristo (...): Lux venit in mundum et dilexerunt homines magis tenebras quam lucem, erant enim eorum mala opera [La luz vino al mundo y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas] (Jn. 3, 19). Es en la corrupción del corazón que tiene origen la incredulidad. [6]

 

 

«Somos un solo cuerpo en Jesucristo»

 

143.     Somos un solo cuerpo en Jesucristo, y así como en el cuerpo humano no todos los miembros cumplen la misma función, así también cada miembro de la Iglesia no ejerce el mismo oficio. Hay en el cuerpo humano una cabeza que, colocada en la parte más alta, domina a todos los demás miembros, les da vida, los dirige y los gobierna; y en la Iglesia, cuerpo místico de Jesucristo, está (...) el Pontífice Romano, cabeza visible de este gran cuerpo, que tiene el gobierno supremo y universal sobre todos los miembros que conservan la unidad en él. Están los Obispos, subordinados al Romano Pontífice, pero regidores supremos de la parte del redil católico que de él, Pastor universal, recibieron para su cuidado; se dirían también los ojos de ese mismo cuerpo. Siguen los sacerdotes y los demás ministros inferiores, que son, por así decir, los brazos; por último todos los fieles que son la plenitud y el complemento.

Surge así una cadena que, partiendo del Papa, llega ordenada y jerárquicamente hasta el último campesino, el que mientras guía con gran esfuerzo el arado en su campo, si tiene el espíritu de Jesucristo, se siente unido, de la misma manera que nos sentimos unidos nosotros mismos, en la fe, en la caridad, en la obediencia con el Papa y con la Iglesia. ¡Oh! ¡cómo quisiéramos que se deleitaran frecuentemente con este pensamiento, tan hermoso y maravillosamente conmovedor! ¿Y no es quizás maravilloso y conmovedor el hecho de esta inmensa familia de creyentes diseminados por todo el mundo, que rezan todos el mismo símbolo, que se alegran todos con las mismas esperanzas, que se acercan todos a los mismos Sacramentos, que reconocen todos el mismo Sacerdocio, que ofrecen todos el mismo Sacrificio, que obedecen todos a la misma ley, que escuchan todos la misma voz del Padre común (...)?

¿Y no es dulce para ustedes, oh pobrecitos, hijos Nuestros muy amadísimos, reunirse en los días festivos en el templo para asistir a los divinos misterios? ¿no es dulce para ustedes saber que están en comunión con todo el mundo, hijos todos de la misma madre, que llama a todos por igual sin distinción de nacimiento, de grado y de educación, a ganarse, con el ejercicio de las buenas obras, la misma bienaventurada inmortalidad?

¿No es dulce para ustedes saberse en comunión de afectos no sólo con la Iglesia que combate aquí en la tierra las gloriosas batallas del Señor, sino también con aquella también que se regocija triunfante en el Cielo? ¿No es dulce saber que lo que ustedes creen es lo mismo que fue creído por todas las generaciones a lo largo de todos los siglos? (...).

¡Oh salve, una, santa, católica y apostólica Iglesia! ¡Tú maestra, tú reina, tú madre, tú el Cuerpo místico de Jesucristo viviente en los siglos! De ti nuestra salvación, nuestra gloria, nuestra paz, nuestra alegría, nuestra felicidad, nuestra vida. Como maestra nuestra te escucharemos, como soberana nuestra te obedeceremos, como madre nuestra te amaremos, como cuerpo del cual somos miembros te ayudaremos y te defenderemos [7]

 

 

b) MADRE NUESTRA

 

«¡Miremos en el rostro a nuestra Madre!»

 

144.     Somos hijos de la Iglesia Católica; ¿esto sólo no debería bastar para despertarnos de una vez? ¡Miremos en el rostro a nuestra Madre y avergoncémonos por haber hecho hasta ahora tan poco por ella!

¿Qué es ella? Es la obra del milagro, más bien es ella misma un milagro. Milagro estupendo en su origen, milagro singular en su propagación, milagro permanente en su duración. En efecto, ¿cómo nació? Nació, se puede decir, a fuerza de milagros, sin el mínimo apoyo humano, o mejor dicho, a pesar de los esfuerzos de todo el infierno enfurecido alrededor de su cuna, y a pesar de obstáculos inmensos, increíbles, no superables por ninguna fuerza creada. Sostenida únicamente por el brazo de Dios, no obstante todas las potencias, todos los prejuicios, todas las pasiones, todos los errores del mundo, juntos conspirados para dañarla, no obstante las persecuciones de todo tipo movidas en su contra por la barbarie, la astucia y el orgullo, como rayo que se desliza de oriente a occidente, ella se propaga admirablemente, se extiende por todo el mundo, y siempre entre los más tremendos asaltos, siempre entre las oposiciones más duras, avanza tranquila y serena, atraviesa majestuosa el curso de los siglos, subsiste inmóvil, se mantiene invencible, se conserva incorrupta y triunfa gloriosamente sobre toda clase de enemigos (...).

¿No es ésta una continua cadena de portentos inenarrables que nos hacen tocar con la mano la obra del Eterno, la potencia de Cristo, la fuerza, la virtud, la omnipotencia divina, comunicada, transmitida, encarnada en la Iglesia? ¿Y no deberíamos nosotros inclinar la frente y doblar reverentes las rodillas ante esta Reina inmortal de los siglos, ante esta inmaculada esposa de Cristo, ante esta Señora soberana de todos los reinos, de todas las edades, de todas las gentes? ¿No nos consideraríamos altamente honrados por pertenecerle? ¿No quisiéramos poner mano eficaz en las obras de su gloria? [8]

 

 

«La Iglesia es verdaderamente nuestra Madre»

 

145.     Queridos hijos, mantengan siempre fija en la mente la gran sentencia del mártir San Cipriano: No puede tener a Dios como padre, el que no tiene a la Iglesia como madre.

Y verdaderamente la Iglesia es nuestra madre, hermanos e hijos muy queridos. Esta no es una frase oratoria, es una doctrina estrictamente dogmática.

Así como en la relación entre nosotros y Dios creador están los progenitores y está la serie de nuestros padres, que nos unen al primer hombre, Adán, así también, escribe un grande, entre nosotros y Jesucristo, en el orden sobrenatural de la fe y de la gracia, hay una madre, que es virgen y es justamente la Iglesia. Ella, por la serie no interrumpida de las generaciones espirituales, se remonta a los Apóstoles y a Jesucristo. Como la ola de la vida natural se expande desde Dios hacia todo lo creado por la obra necesaria de los progenitores según la carne, así la ola de la vida sobrenatural y divina se expande desde Cristo hacia todos los creyentes por la obra igualmente necesaria de la Iglesia, que es su Esposa y por lo tanto madre nuestra, destinada a alimentarnos con la leche de sus doctrinas, a criarnos en la vida espiritual de la gracia, a enriquecernos con todos los tesoros del Cielo y a conducirnos a la edad perfecta de Cristo. [9]

 

 

«¡Amemos a esta madre!»

 

146.     ¡Amemos a esta madre! No olvidemos que aquel que no ama a la Iglesia está fuera del amor de Jesucristo, y por lo tanto, afuera de ese solo amor que nos ennoblece, nos eleva y nos hace querer todo lo que es digno de amor en el universo. Amemos a la Iglesia viva y presente de nuestros días, que habla por boca de su Jefe augusto y de sus Obispos, que vive y sufre por nosotros, que con nosotros reza y espera. Amémosla como la cosa más querida que hay en el mundo después de Jesucristo; amémosla como a nuestra familia, como a nuestra madre bellísima y al mismo tiempo afectuosísima; amémosla como aquella que mejor representa y expresa en sí la infinita belleza y bondad de ese Dios que es todo nuestro amor. Entre los brazos de esta madre abandonémonos confiados. Lo dijo mi madre, exclama el niño, y, pronunciadas estas palabras, prosigue seguro por su camino. Lo mismo debe decir cada uno de nosotros: ¡Lo dijo la Iglesia y basta! [10]

 

 

«Te amaremos siempre con amor de hijos»

 

147.     ¡Oh Iglesia Católica!¡Oh hija del Cielo! ¡qué hermosos son tus tabernáculos! ¡qué luminosos tus caminos! ¡Madre de los Santos, imagen de la suprema ciudad, conservadora eterna de la sangre incorruptible, salve! Tú nos amas con amor de madre y nosotros te amaremos siempre con amor de hijos. Como nuestros hermanos, que recogieron ya la palma de su triunfo, nos preocuparemos por santificarnos nosotros también en este peregrinaje mortal, también para no ser indignos de ti. Seguiremos dóciles tus enseñanzas, nos mantendremos en todo momento unidos a ti, sabiendo bien que fuera de ti no hay salvación. Militantes contigo sobre la tierra, esperamos estar contigo triunfantes en el Cielo por los méritos de Jesucristo Dios nuestro, para el cual sean el honor, la sabiduría, el imperio, la acción de gracias, la bendición, el poder, la fortaleza y la gloria en los siglos de los siglos. Amén. [11]

 

 

c) LA IGLESIA ES SANTA

 

«La Iglesia es santa»

 

148.     La obra más grande de Dios Padre es Jesucristo y la obra más grande de Jesucristo es su Iglesia, que adquirió y purificó con su sangre, santificó con su espíritu, enriqueció con sus méritos, para presentarla a su Padre exenta de toda arruga y de toda mancha y hacerla reinar perpetuamente consigo en el Cielo. Ella es, por lo tanto, santa en su Autor, que es el manantial y la fuente de toda santidad; santa en sus Sacramentos, canales por los cuales nos llegan todas las gracias; santa en su Sacrificio incruento, con el cual se ofrece al nombre de Dios una oblación limpia; santa en su culto, tan majestuoso, tan bello, que inspira la fe más viva, el respeto más profundo, la piedad más tierna, que vence todo razonamiento, que habla poderosamente al corazón aún de los heterodoxos.

Santa en sus doctrinas, ya que su especial cuidado consiste en conservarlas incorruptas, como las recibió de su fundador, para sanar las enfermedades espirituales, disipar las tinieblas que obstruyen las mentes, incitar a sus hijos a las buenas obras, sublimarlos en la práctica de la pobreza voluntaria, de la obediencia más perfecta, de la virginidad angelical, de la vida austera y penitente, al coraje del sacrificio y del martirio.

Santa, por lo tanto, en sus hijos, porque el Salvador se entregó a sí mismo para rescatarlos de toda iniquidad, y para purificarse un pueblo aceptable, guardián de las buenas obras (...). Vengan y vean. Tantos millones de mártires generosos, de solitarios penitentes, de vírgenes puras, de héroes de toda clase; ese número grandísimo de pastores y de sacerdotes, que arden con un santo celo para la gloria de Dios y la salvación de las almas, que corren también a lejanos países, donde brilla la espada de las persecuciones, y a todo lugar en que un feroz malestar siega víctimas; esos religiosos, y son muchos, de los cuales los mismos enemigos admiran las virtudes, las austeridades, el espíritu de soledad, de oración, de celo, de caridad, de alejamiento de toda cosa terrenal; tantas almas piadosas, ignoradas por el mundo, pero conocidas y amadas por Aquel que escruta los corazones, son todos hijos de la Iglesia Católica. Ella, santa en sí y santa en todas sus cosas, no cesará jamás de nutrir en su propio seno portentos de santidad, dignos del supremo honor de los altares, y de ser por eso fuente inagotable de todos los bienes. [12]

 

 

«La Iglesia es madre de Santidad»

 

149.     La santidad es el carácter inseparable y propio de la verdadera Iglesia; Dios es la santidad por esencia; por lo tanto una Iglesia que viene de Dios debe llevar la huella de la santidad; y santa, o mejor dicho madre de santidad, como escribe San Agustín, es justamente la Iglesia Católica: sanctitatis mater (...).

Fuente de santidad son ante todo las verdades que nos enseña: ya que las doctrinas promulgadas por la Iglesia Católica no son simples teorías, sino principios eternos, de los cuales emana una multitud de consecuencias morales que divinizan, por así decir, nuestra naturaleza (...). Un Dios justo e infinitamente misericordioso, la inmortalidad del alma, la reparación de la culpa por medio de la penitencia, el perdón de las ofensas, la paciencia, la caridad, la humildad y así continuando, son todas doctrinas que sirvieron en todos los tiempos para formar en gran número héroes insignes y sin culpas.

Fuente de santificación son los Sacramentos que con afecto de madre la Iglesia nos administra. Nos administra el bautismo para limpiar las manchas de nuestro origen carnal; nos administra la confirmación para darnos fuerza para combatir las batallas del Señor; nos administra la penitencia como medio de expiar nuestros pecados; nos administra la Eucaristía y nos comunica al autor mismo de la santidad. Administra el matrimonio que santifica la familia, administra el orden sagrado para perpetuar aquí abajo el sacerdocio de Jesucristo; administra la extrema unción y derrama sobre el lecho de nuestras agonías los mismos consuelos del Cielo.

Fuente de santidad son los preceptos que ella nos impone, preceptos llenos de indulgencia y de bondad, con los cuales esta tierna madre nos guía a través de los peligros del mundo hacia el puerto de la salud y se esmera toda para hacernos felices en ésta y en la otra vida. Nos manda amar a Dios con el corazón, dirigir a El, como último término, los pensamientos, los afectos, las obras, todo lo que nosotros somos y podemos, y amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos con el amor que viene de Dios. En fin nos propone imitar a Jesús Crucificado nuestro Señor, sublime ejemplo de resignación, de fortaleza, de gloria, para que crucificados con El a las vanidades de este siglo, estemos unidos a El en los sufrimientos como en el gozo.

Fuente de santificación es la comunión de los Santos, fruto de aquella perfecta caridad que une entre si la Iglesia militante, la Iglesia purgante y la Iglesia triunfante, forma con ellas un solo cuerpo del cual Jesucristo es la cabeza; y por lo tanto nosotros somos partícipes tanto de los méritos de los justos todavía caminantes sobre la tierra como de la gloria de los residentes celestiales.[13]

 

 

«¿Son capaces de encontrar algo virtuoso que la Religión no genere o no inspire?»

 

150.     ¿Son capaces de encontrar algo virtuoso que la Religión Católica no genere o inspire?. ¿Quizás la amistad? Pero la Religión católica sólo puede darnos amigos verdaderos y fieles. ¿Quizás la gratitud? Pero es la Religión Católica que forma el corazón verdaderamente bueno y condimenta con alegría pura la sociedad civil. ¿Quizás la unión matrimonial? Pero es precisamente la Religión Católica que, elevándola al grado de Sacramento, la hace estable y santa y desea que retrate en sí la imagen de la unión de Cristo con la Iglesia. ¿Quizás los deberes de la vida civil? Pero es justamente el Evangelio que nos manda ser humildes, dulces, afables, mansos, pacientes, caritativos. ¿Quizás el coraje? ¿Pero qué héroes podrían compararse con aquellos de quienes se enorgullece la Religión Católica? ¿Quizás la buena administración del gobierno? ¡Oh, si los pueblos, las repúblicas, los reinos estuviesen gobernados solamente con las máximas del Evangelio! ¿Adónde estarían entonces los abusos, las injusticias, las calumnias, las ambiciones, los odios, los hurtos, los homicidios, los sacrilegios, las revueltas? [14]

 

 

«El tesoro de la Iglesia: la comunión de los Santos»