a) El Dios en nosotros: recapitular todo en Cristo
b) El Dios con nosotros: Cristo en la Eucaristia
c) El Dios para nosotros: Cristo crucificado
2. «VIVO EN LA FE DE JESUCRISTO»
b)
La respuesta al don de Dios
c)
La oracion alimento de la fe
«Hombre
todo de Dios y todo para Dios» fue definido Mons. Scalabrini. Su vida fue
«teologal», consagrada a Dios y a la causa de Dios. Los pensamientos y los
textos citados revelan la dimensión esencialmente cristológica de su vida de
fe.
Cristo
es el Dios-en-nosotros: el Amor encarnado en la humanidad y difundido en
nuestros corazones por el Espíritu.
Cristo
es el Dios-con-nosotros: el Amor venido a poner su morada entre nosotros en
Cristo
es el Dios-para-nosotros: el Amor usque in finem [hasta el fin], muerto y resucitado
para hacernos partícipes de su vida, muerte y resurrección.
El cristiano está justificado y santificado por la fe en Cristo. La fe es el don con el cual Dios se da totalmente al hombre: el hombre le responde con el don total de sí, orientando constantemente la mente y el corazón hacia Dios en la oración y recibiendo del Espíritu la luz que revela el misterio del hombre y de la historia, en camino hacia la realización del Reino de los cielos.
El
ideal de espiritualidad que Mons. Scalabrini persigue es el de ofrecer su
persona a Cristo, para que en ella El prolongue su Encarnación: continúe, por
lo tanto, a través de ella amando, viendo, hablando y operando en modo visible
y palpable como lo hizo durante su vida terrenal: "Ya no vivo yo, sino que
Cristo vive en mí".
Cristo,
presente en el misterio pascual que se prolonga en la vicisitud humana, camina
con nosotros, haciéndose nuestro prójimo en los compañeros de viaje,
especialmente en aquellos en que ha impreso en forma más manifiesta su imagen:
Cristo
es todo: divinidad y humanidad, trascendencia e inmanencia, causa y fin de todo
lo creado, centro del mundo visible e invisible, primera fuente y último
término de nuestra vida, el Camino,
Cristo es el
Emanuel: en
Cristo
murió en la cruz por amor hacia nosotros. Su sacrificio pide nuestro
sacrificio. Para con-resucitar debemos con-morir: es el significado de la
penitencia cristiana, que nos despoja del hombre viejo para revestirnos del
hombre nuevo según Cristo. Sólo
a) el dios en
nosotros: recapitular todo en cristo
«Es
el Verbo de Dios, el Alfa y el Omega, el Mesías»
1.
¿Quién es Jesucristo? El es
el Alfa y el Omega, el principio y el fin (Apoc. 1, 8). El es anterior a todos,
el primogénito de toda la creación (Col. 1, 15). Es el heredero, el centro del
mundo visible e invisible (Heb. 1, 2), el compendio de los siglos (Heb. 13, 8).
Sin la luz que emana de El todo es bruma; sin su obra, el orden de la
naturaleza y de la gracia, el hombre y el mundo, el pasado y el futuro son un libro
cerrado con siete sellos (Apoc. 5, 1). [1]
«El
centro de la creación»
2.
Jesús es el centro común de
la creación; es el anillo precioso que une la obra del Omnipotente al Creador divino;
es la meta de todas las obras y de todos los designios de
«El
Verbo de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros»
3.
¡Misterio grande, misterio
inefable, misterio dulcísimo! Quiere decir, por lo tanto, que el Verbo de Dios
se hizo carne y puso su morada entre nosotros (Jn. 1, 14), que la divinidad se
unió a la humanidad y que el Invisible se hizo visible, el Omnipotente se hizo
débil, el Eterno comenzó a existir, el Inmenso se hizo limitado, llegado a ser
lo que no era sin cesar de ser lo que era (Flp. 2, 6). Quiere decir que si en
una época las naciones temían al sólo nombrar la divinidad, nosotros tenemos a
un Dios que no quiere ser temido, sino amado (Rom. 8, 15). Por lo tanto, deja
la gloria; oculta la majestad, se despoja de toda ostentación de grandeza para
no manifestarse más que como hombre (Flp. 2, 7).
El es Aquel que
habita en la altura de los cielos, que se pasea sobre las alas de los vientos y
que mide con una sola mirada la tierra, El es Dios (Jn 1, 1); sin embargo casi
teme manifestarlo y parece cuidarse de no dejar aparecer de Sí más que la sola
humanidad para hacer completamente popular su clemencia (Tit. 3, 4). [3]
«En
Él estamos envueltos por el Padre en un único acto de amor»
4
Dios ama a su Hijo y lo ama
esencialmente y es imposible que se complazca en otros más que en Él, porque el
amor de Dios es infinito y no puede tener otro objeto que un objeto infinito:
Hic est Filius meus dilectus in quo mihi bene complacui [Este es mi hijo
predilecto en el cual he puesto mi complacencia] (Mt. 17, 5). Pero ese Hijo
suyo querido se hizo hombre. Por lo tanto, en Él ama al hombre. Con una única
complacencia y dilección, en Jesús abraza todo, también el cuerpo, también la
carne, también el alma. Ahora nosotros somos aquella carne, aquellos huesos;
nosotros somos aquella naturaleza; somos un cuerpo con Cristo y en El y por El
somos hechos hijos de Dios, mejor dicho, el mismo Hijo de Dios que se prolonga
en nosotros. Por lo tanto, nosotros también en El estamos envueltos y
comprendidos por el Padre en un solo acto de amor; y como en nosotros y sobre
nosotros se extiende y despliega la filiación por la cual Cristo es Hijo de
Dios, así también se extiende y despliega en nosotros el amor del Padre y por
lo tanto en su Hijo de por sí grato y querido para El, también nosotros estamos
hechos para ser gratos y queridos para El: gratificavit nos in dilecto Filio
suo [Nos ha complacido en su amado Hijo]. [4]
«Todo
lo tenemos en Jesús»
5
Jesucristo es la luz del
mundo (Jn. 8, 12), es el Camino,
«Es
nuestro, verdaderamente nuestro, totalmente nuestro»
6
Haciéndose hombre he aquí
que, Él, el Eterno, el Inmenso, el Creador y Señor del universo, el Rey inmortal
de los siglos, es nuestro amigo, nuestro hermano, el compañero de nuestro
exilio. Desde ese día, hasta el fin de los tiempos, Él no nos abandonará más,
viviendo primero treinta años de nuestra vida mortal y luego, haciendo morada
entre nosotros bajo los velos Eucarísticos: Se nascens dedit socium [Naciendo
se hizo nuestro compañero].
Con una delicadeza de
amor todavía más singular, Él se convertirá en nuestro alimento. Nada es para
nosotros más íntimo que el alimento, ya que asimilándose a nuestra sustancia
conserva y renueva nuestras fuerzas. Y es justamente bajo esta forma que Jesús
quiere pertenecernos: convescens in edulium [al comerlo se hizo nuestro
alimento].
No es suficiente.
Sobre
Finalmente, después
de haberse entregado a nosotros de todas estas maneras, Él coronará sus
beneficios dándose a los elegidos en los esplendores de la gloria para ser su
recompensa eterna: se regnans dat in praemium [reinando se hace nuestro
premio].
Sí, Jesús desde ese
día es nuestro, verdaderamente nuestro, totalmente nuestro. Él sea todo para
nosotros. ¡Feliz quien llega a comprenderlo, y comprendiéndolo, no busca, no
desea, no quiere sino a Jesús!. [6]
«Es
necesario que Jesucristo viva en nosotros»
7
Es necesario que Jesucristo viva
en nosotros; es necesario que Jesucristo actúe en nosotros continuamente,
pudiendo sólo Él reconciliar a la tierra con el cielo, pudiendo sólo El amar a
Dios cuanto es posible amarlo y rendirle el honor que le es debido.
¿Mas, cómo puede Él,
Jesucristo, vivir en nosotros? Lo hemos dicho: mediante su espíritu: in hoc
cognoscimus quia in eo manemus et ipse in nobis, quoniam de spiritu suo dedit
nobis [en esto conocemos que permanecemos en Él y Él en nosotros, en que nos ha
dado de su espíritu] (1 Jn. 5, 13); y el espíritu de Jesucristo es espíritu de
humildad, es espíritu de caridad, es espíritu, sobre todo, de abnegación, de
sacrificio, de penitencia. [7]
«Viene a la tierra
para hacernos vivir de su vida»
8
Jesús viene a la tierra para
hacernos vivir de su vida, para hacernos, por así decir, una sola cosa con Él.
Yo he venido, dice Él mismo, para que tengan vida y la tengan en abundancia.
Ahora esta vida que Jesús viene a comunicarnos uniéndose a nuestra alma, es su
misma vida.
La unión de Jesús con
el alma cristiana, he aquí el fundamento de todo el orden sobrenatural. Por
ella el hombre se eleva hasta la participación en la naturaleza divina y en
ella eleva todo lo creado. Todo es de ustedes, grita el Apóstol, el mundo, la
vida, la muerte, el presente, el futuro. Ustedes son de Cristo y Cristo es de
Dios: omnia vestra sunt. Vos autem Christi, Christus
autem Dei [Todo es de ustedes. Ustedes son de Cristo,
Cristo es de Dios].
Palabras admirables
que nos revelan toda la sublime economía del Evangelio. Unida al Verbo por
«El
mismo debe ser nuestra vida»
9
No solamente debemos vivir
en Jesucristo, sino que Él mismo debe ser nuestra vida y debe vivir en
nosotros. Vivir en nosotros con su espíritu, con su gracia, con el sello de sus
misterios, con la aplicación de sus
méritos, con la eficacia de sus Sacramentos y, sobre todo, con el de su Cuerpo
y el de su Sangre, de manera que podamos decir con el Apóstol: no soy yo el que
vive, sino Jesucristo que vive en mí: vivo autem jam non ego; vivit vero in me
Christus (Gal. 2, 20). Ello quiere decir, escribe el dulce Doctor de Ginebra,
San Francisco de Sales, que Jesús habita en nuestro corazón, y en él reina como
dueño y como rey; que su espíritu se extiende, se dilata en nosotros, y como un
calor vital allí señorea, endereza todo, calienta todo, santifica todo,
diviniza todo, y ama en el corazón, piensa en la mente, habla en la lengua,
opera en las manos y las fuerzas se consumen en Él, los estudios se hacen para
su gloria, los deberes se cumplen por su gracia, los dolores se padecen por su
amor, los esparcimientos, los mismos alimentos se toman para agradarle a Él, su
trono está levantado en el interior del cristiano: regnum Dei intra vos est [el
reino de Dios ya está dentro de ustedes] (Lc. 17, 21).
Una moneda debe tener
el sello de su Soberano, porque de otro modo no vale, no tiene curso en el
comercio, y de la misma manera las obras del cristiano no valen para la compra
del cielo, ya que nada agrada a su eterno Padre si no expresa la imagen de su
Hijo y si no lleva en cierto modo su carácter. Nosotros, nosotros mismos,
Venerables y Queridos. Hermanos, no
seremos introducidos a la gloria, si no somos hallados conformes a este divino
Modelo (Rom. 8, 29). [9]
«Jesús
como espejo, Jesús como modelo, Jesús como sello»
10
El modo de conversar sea el
de Jesús (...), la mirada de los ojos sea la de Jesús, la mansedumbre de los
modales sea la de Jesús; Jesús como espejo, Jesús como modelo, Jesús como sello.
Él en emitir los juicios, en trazar los caminos, en decidir las preferencias;
Él en gobernar, en dirigir, en señorear nuestra vida, Él finalmente nuestro
amor, nuestro gozo, nuestra corona, el pensamiento de nuestra mente, el latido
de nuestro corazón, las alas de nuestras aspiraciones, el sonido que endulce
nuestros oídos, el bálsamo que mitigue nuestros dolores, el bastón que nos
sostenga en el peregrinar terrenal, el himno y el cántico que resuene en
nuestros labios y desde el tiempo nos acompañe a la eternidad. [10]
«Convertirnos
en otras tantas copias suyas»
11
Un pintor, que quiera
retratar fielmente sobre la tela alguna persona amada, ¿qué hace? tiene siempre
los ojos puestos sobre esa persona, para no hacer trazos con el pincel que no sirvan
para representar algún rasgo del original. Así debemos, en cierto modo, hacer
nosotros. Es necesario que todos nuestros pensamientos, que todas nuestras
palabras, que todas nuestras acciones, que todos nuestros deseos, que todas
nuestras disposiciones, que todos nuestros padecimientos, sean como otros
tantos trazos de pincel, que formen y expresen en nosotros algún rasgo de la
vida de Jesucristo, hasta convertirnos en otras tantas copias suyas.
Ello ocurrirá,
Venerables y Queridos Hermanos, ¿saben cuándo? Cuando juzguemos todas las cosas
como Jesucristo las ha juzgado. Cuando amemos lo que Él ha amado y de la misma
manera que Él ha amado. Cuando tengamos en nuestro corazón los mismos
sentimientos y las mismas disposiciones que Él ha tenido en su corazón.
No todos, es cierto,
estamos obligados a vivir en una pobreza exterior tan grande como fue la
pobreza en la que Él vivió, como tampoco no todos estamos obligados a sufrir
los tormentos inefables que Él debió sufrir; sin embargo todos indistintamente,
grandes y pequeños, ricos y pobres, sacerdotes y laicos estamos obligados a
tener sus mismas disposiciones interiores de pobreza, de humildad, de caridad,
de sacrificio y de todas las demás virtudes cristianas, de modo que estemos
dispuestos a sacrificar todo, a sufrir todo, también la muerte, antes que
faltar a su santa ley: hoc enim sentite in vobis quod et in Christo Jesu
[tengan los mismos sentimientos de Jesucristo] (Flp. 2, 5).
Sin embargo, no nos
hagamos ilusiones mis amados. Nosotros no tendremos jamás esta conformidad
interior con Jesucristo, si no tenemos también con Jesucristo alguna
conformidad exterior. La vida de Jesucristo, dice el Apóstol, debe manifestarse
en nuestra carne mortal (1 Co. 4, 11). [11]
«Discípulos
de un Dios pobre, humilde, crucificado»
12
Sí, también en nuestro
exterior debemos hacer notar que somos discípulos de un Dios pobre, humilde y
crucificado. Sin esto, ¿de qué serviría declararnos y jactarnos de ser
cristianos? Siempre será verdad, que cualquier cosa que nosotros hagamos tendrá
como motivo o el espíritu del hombre viejo o el espíritu del hombre nuevo. Si
conformamos nuestro exterior con los sentimientos del primero, somos
culpables; en cambio con el espíritu del
segundo, todo es santo en nosotros, todo en nosotros es participación de la
vida de Jesucristo, ya que Jesucristo solamente vive en nosotros mediante su
espíritu (...).
No basta por lo tanto
obrar bien, ser honestos, vivir, como suele decirse, como caballeros, combatir
y sufrir de cualquier manera, para que nuestra vida pueda decirse cristiana; no
es suficiente. Es necesario hacer absolutamente todo esto con la mirada puesta
en Dios, con la intención en Jesús, con el sometimiento, con el amor y con el
espíritu de Jesucristo. Debe ser Jesucristo el principio y el fin de nuestras
obras, el alma de nuestra alma, la vida de nuestra vida. [12]
«Es
Cristo quien enciende el amor»
13
La vida consiste
principalmente en el amor sin el cual, dice San Juan, se permanece en la
muerte. Y la gracia del Salvador es aquella que llena el alma con este bálsamo
de vida. Es Cristo quien enciende este amor, mostrando el prodigio
incomprensible de su muerte, que urge, que impulsa con dulce violencia a
corresponder al amor, a sacrificarse por su gloria y la salvación de nuestros
hermanos: Charitas Christi urget nos [El amor de Cristo nos apremia]. Es Cristo
quien enciende este amor, regalándonos nuevamente en su Resurrección la prueba
más luminosa de su divinidad y la prenda más segura de nuestra futura
Resurrección.
Es Cristo quien
enciende este amor con el milagro continuo de
«El
amor nunca dice: basta»
14
Él arde por nosotros con el más
ferviente amor, y el amor nunca dice: basta. Por nosotros Cristo vivió una vida
de continuas privaciones, y no ve la hora de consumarla por nosotros (Lc. 12,
50). ¡Y llegó esa hora, llegó la hora del sacrificio y se vio la trágica escena
de un Dios que muere, y que muere crucificado para el hombre! (Rom. 5, 9). ¿Qué
puede haber más grande, más admirable que este exceso de caridad?
Nadie ciertamente,
como afirma el mismo Jesucristo, puede mostrar mayor amor que la de dar la vida
por sus amigos (Jn. 15, 13). Pero, ¿qué caridad no fue la suya al querer morir
por nosotros sus enemigos, Él, nuestro Dios, nuestro Creador, ofendido y
ultrajado por nosotros? Considerando esto el Apóstol decía: apenas se encuentra
quien quiera morir por un hombre justo, pero Dios demostró en esto su gran
caridad por nosotros, ya que siendo pecadores, Cristo murió por nosotros (Rom.
5, 7). ¿Y por qué murió? Porque lo quiso Él mismo (Is. 53, 7) pues de lo
contrario nadie habría podido obligarlo, como Él mismo lo dijo (Jn. 10, 17). ¿Pero
por qué lo quiso? No por otro motivo, sino porque nos amaba: Dilexit nos, et
tradidit semetipsum pro nobis [Nos amó y se entregó por nosotros] (Ef. 5, 2). [14]
«Amen a Jesús»
15
¡Oh Jesús, Tú eres la
verdadera fuente de todo nuestro bien, y lo fuiste siempre, y lo fuiste
constantemente y lo eres todavía! ¡Jesús, y al pronunciar este nombre, el
corazón se enternece, el espíritu se conmueve y el alma despliega el vuelo de
la esperanza! ¡Jesús, y este nombre es más dulce a la boca que un panal de
miel, más grato al oído que el sonido del arpa, más suave al corazón que la
alegría más pura! ¡Oh, amémoslo, amémoslo a Jesús! ¿Y a quién amaremos
nosotros, si no amamos a este dulcísimo Salvador? (...).
Amen a Jesús,
permanezcan unidos a Jesús, porque toda la perfección del cristiano está
justamente aquí: la unión con Jesucristo. Aquí reside el principio de todo
bien, el fundamento y el origen de toda nuestra grandeza. Yo soy la verdadera
vid, dice el Señor, y ustedes son los sarmientos: Ego sum vitis vera et vos palmites
(Jn. 15, 5). Ahora bien, como un sarmiento, separado de la vid, se seca y
muere, así morirán también ustedes, si están separados de Jesucristo. La unión
con Jesucristo es vital para nosotros, sin ella, nosotros estamos muertos, y
muertas están nuestras cosas y nos volvemos cadáveres, como es cadáver un
cuerpo sin alma (...).
Jesucristo es un
querido hermano, al cual debemos estrecharnos en el camino de la vida,
sostenernos, caminar con Él, porque de Él, como ya hemos dicho, nos proviene toda
gracia, el valor de cada acción, la fuerza misma para cumplirla, en fin la vida
y el espíritu de nuestra alma. [15]
b) el dios con
nosotros: cristo en la eucaristia
«Quien
cree en
16
Quien cree en
Ella es la obra
maestra de la mente y del corazón de Dios, el centro de nuestra religión, el
punto de contacto donde lo finito y lo infinito, la naturaleza y la gracia se
conjugan en el inefable abrazo de la verdad y del amor por esencia (...).
A los pies de
nuestros altares se halla el Gólgota donde lloramos abrazados a la cruz, y el
Tabor donde nos hacemos tabernáculos para extasiarnos con la paz celestial;
(...) allí tiene lugar la agonía del Getsemaní y la mañana de la resurrección,
la muerte mística y la fuente de la vida. [16]
«La
más perfecta solución al problema del Emmanuel»
17
Prediquen explicando como en
las palabras: esto es mi Cuerpo, esta es mi Sangre, está contenida la
más perfecta solución del problema del Emmanuel, del Dios con nosotros,
solución que durante mucho tiempo ha mantenido en suspenso el corazón de la
humanidad que, siendo de origen divino, trata en todo momento de comunicarse
personalmente con su principio y fin último. En efecto, por esas palabras no
solamente Belén, Nazareth, Cafarnaúm, Tiberíades, Jerusalén, en fin toda
«
18
«Todo
gravita hacia
19
«
20
Mientras caminemos como
peregrinos sobre esta tierra, además de un auxilio sobrenatural que nos
sostenga en las duras luchas de la vida, también nos es necesaria una víctima
inmaculada para ofrecer a Dios como expiación por nuestros pecados. El auxilio
lo encontramos en
Así como
Si el Hijo de Dios,
en la primera oblación, se entregó por todos, en la misa se ofrece para cada
uno en particular. Él viene, en todo momento, a borrar el acta de condenación
que nos es contraria, a causa de nuestros pecados y la hace desaparecer
clavándola, con su cuerpo adorable, al altar de la cruz. Y si son grandes las
deudas que el hombre pecando contrae con Dios, mucho más grande es el precio de
su redención.
El hombre es
rescatado no a precio de cosas corruptibles de oro o de plata, sino al precio
de la sangre del Cordero sin mancha, sangre de valor infinito, porque es de
persona divina; sangre de la cual una sola gota bastaría para redimir al mundo.
Por lo tanto, como en
el océano con respecto a una gota de agua, así sobreabundan para nuestra culpa
los méritos de Cristo en la misa. [20]
«En
la misa “se enciende la vida sobrenatural de
21
La misa no es solamente la
redención cotidiana y la salvación del mundo, sino también el alimento de la
verdadera y sólida piedad, y la hoguera en la cual se enciende la vida
sobrenatural de
«¡Una
Misa!»
22
¡Una Misa! Es el compendio
de todos los sacrificios antiguos, en los cuales se desarrollaba la corriente
de los actos religiosos que unían la humanidad a Dios; sacrificio único,
holocausto junto a la hostia pacífica y víctima por el pecado. ¡Una Misa! Es el
sacrificio de la cruz que se acerca a nosotros, para ahorrar a nuestra fe un
penoso retorno a un pasado lejano y esfuerzos demasiado fácilmente, vanos para
nuestra debilidad y negligencia. ¡Una Misa! Es la inmolación de un Dios que de
algún modo se nos pone en la mano, para que nosotros tomemos lo que necesitamos
según los tiempos, las condiciones, la medida y los fines determinados por
«En
23
Apelo a la experiencia de
ustedes, venerables hermanos ¿No es quizás cierto que, celebrado el Sacrificio
divino, les resulta insípido todo lo que el mundo da por bueno? En todo lo que
está ante ustedes, ¿no ven quizás una advertencia a ser solícitos?, ¿no abrazan
quizás cada adversidad como ejercicio de la virtud?
Ciertamente que, de
la celebración de
En
Es el alimento que
nutrió nuestra infancia espiritual, hace crecer nuestra adolescencia, corrobora
la madurez, impide envejecer, y mantiene alejada la muerte (...).
Cristo en
«Fue
la primera norma de vida en
24
No lo digo para
deplorar o disminuir en lo más mínimo tales devociones: no hay ningún celo en
mis palabras. Alabo ardientemente estas devociones y directivas de la piedad:
por el contrario, trabajo y me esfuerzo, en todo lo que puedo, para que se
afirmen y difundan cada vez más: en efecto, son muy útiles para la piedad y son
queridas por la bondad divina.
Como la contemplación
de los espíritus beatos tiene una doble "teología": la
"matutina" que de las perfecciones divinas observadas en Dios
desciende a contemplar la obra del Señor, y la "vespertina" que parte
de las obras divinas para subir a la contemplación del mismo Dios; así sucede
con la piedad de los fieles. Algunos, apoyándose como en escalones en el culto
de los Santos y de
Por lo tanto, yo hago votos para que el amor de todos por
Cristo emule y supere la devoción que se profesa hacia
«Cristianiza
nuestro ser individual»
25
La comunión es el manantial
desde el cual el alma saca el agua que brota hasta la vida eterna; es el lugar
donde cicatrizan sus heridas; es, en una palabra, el principio y el fin de esa
unión con Dios elevada a la más sublime potencia, conducida al último grado de
perfección que se pueda esperar en el orden presente. Efectivamente, si en la
encarnación el Verbo de Dios se unió personalmente a la naturaleza humana, en
la comunión se une más a nuestra personalidad. De esa forma, Él diviniza
nuestra esencia, cristianiza, diré así, nuestro ser individual, y su unión con
nosotros tiene por cualidad la misma que transforma el alimento en la sustancia
del cuerpo que se nutre. Por lo tanto, aquellos que comulgan, como dejó escrito
un santo doctor, tienen a Jesús en la mente, en el corazón, en el pecho, en los
ojos, en la lengua. Este Salvador endereza, purifica y vivifica todo. Él ama en
el corazón, entiende en la mente, infunde vigor en el pecho, ve en los ojos,
habla mediante la lengua, y mueve toda otra potencia. Él opera todo en todos, y
ellos no viven más en sí mismos, sino que es el Verbo de Dios que vive en
ellos, y fija a sus acciones metas más nobles y elevadas y motivos más puros y
más perfectos. [25]
«Germen
luminoso de Resurrección»
26
El pan común, que viene de
la tierra, dice San Macario, no nos puede dar la vida eterna; sin embargo ese
pan, que tiene origen en el cuerpo beato de Cristo, unido a la divinidad,
confiere la inmortalidad al que lo recibe. La carne del Señor, después que es
comida, no es destruida, ni su sangre, después que es bebida, porque ambos
están indisolublemente unidos a la divinidad. Por lo tanto, el cuerpo glorioso
del Señor pone un germen luminoso de resurrección y de incorruptibilidad en el
cuerpo corruptible del hombre, y este germen, fecundado por la sangre de Aquel
que venció a la muerte, se desarrolla y crece hasta que el hombre renovado se
despoje, como vestimenta inútil, de la carne mortal, y mostrando todo el
esplendor de su vida oculta en Dios, entre en los tabernáculos eternos. [26]