Parte I

 

HOMBRE DE DIOS Y PARA DIOS

 

. 1

1. CRISTO ALFA Y OMEGA.. 2

a) El Dios en nosotros: recapitular todo en Cristo. 2

b) El Dios con nosotros: Cristo en la Eucaristia. 8

c) El Dios para nosotros: Cristo crucificado. 19

 

2. «VIVO EN LA FE DE JESUCRISTO». 24

a) El maximo don de Dios. 24

b) La respuesta al don de Dios. 27

c) La oracion alimento de la fe. 32

d) La historia leida en la fe. 37

e) Fe y razon son hermanas. 43

 

3. LAS IMAGENES DE CRISTO.. 47

a) Maria. 47

b) Los santos. 54

c) Los pobres. 59

 

 

«Hombre todo de Dios y todo para Dios» fue definido Mons. Scalabrini. Su vida fue «teologal», consagrada a Dios y a la causa de Dios. Los pensamientos y los textos citados revelan la dimensión esencialmente cristológica de su vida de fe.

Cristo es el Dios-en-nosotros: el Amor encarnado en la humanidad y difundido en nuestros corazones por el Espíritu.

Cristo es el Dios-con-nosotros: el Amor venido a poner su morada entre nosotros en la Eucaristía.

Cristo es el Dios-para-nosotros: el Amor usque in finem [hasta el fin], muerto y resucitado para hacernos partícipes de su vida, muerte y resurrección.

El cristiano está justificado y santificado por la fe en Cristo. La fe es el don con el cual Dios se da totalmente al hombre: el hombre le responde con el don total de sí, orientando constantemente la mente y el corazón hacia Dios en la oración y recibiendo del Espíritu la luz que revela el misterio del hombre y de la historia, en camino hacia la realización del Reino de los cielos.

El ideal de espiritualidad que Mons. Scalabrini persigue es el de ofrecer su persona a Cristo, para que en ella El prolongue su Encarnación: continúe, por lo tanto, a través de ella amando, viendo, hablando y operando en modo visible y palpable como lo hizo durante su vida terrenal: "Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí".

Cristo, presente en el misterio pascual que se prolonga en la vicisitud humana, camina con nosotros, haciéndose nuestro prójimo en los compañeros de viaje, especialmente en aquellos en que ha impreso en forma más manifiesta su imagen: la Virgen, los Santos, los pobres.

 

 

1. CRISTO ALFA Y OMEGA

 

Cristo es todo: divinidad y humanidad, trascendencia e inmanencia, causa y fin de todo lo creado, centro del mundo visible e invisible, primera fuente y último término de nuestra vida, el Camino, la Verdad, la Vida. Dios es amor: con un único acto de amor abraza a Cristo y a los hombres, unificando a la humanidad en el Hijo. Cristo es el Dios que se hizo "nuestro", para hacernos "suyos". Nosotros somos una "extensión" de Cristo. La vida cristiana es Cristo que vive en nosotros. La "imitación de Cristo" es vivir como miembros de la Cabeza que recapitula en sí todas las cosas: es amar haciéndose semejantes a El.

Cristo es el Emanuel: en la Eucaristía el Verbo encarnado "se extiende" en nosotros, es la vida de la Iglesia y de sus miembros, comida que alimenta al hombre nuevo, viático del peregrinaje terrenal, divinización de la criatura humana, germen de la vida eterna. La piedad eucarística es la esencia de la piedad cristiana: la participación en el sacrificio y en el sacramento, la adoración, la reparación nos hacen partícipes del sacerdocio eterno de Cristo.

Cristo murió en la cruz por amor hacia nosotros. Su sacrificio pide nuestro sacrificio. Para con-resucitar debemos con-morir: es el significado de la penitencia cristiana, que nos despoja del hombre viejo para revestirnos del hombre nuevo según Cristo. Sólo la Cruz redime y salva. El cristiano encuentra en ella su gozo ¡fac me cruce inebriari [haz que me enamore de la cruz]!

 

a) el dios en nosotros: recapitular todo en cristo

 

«Es el Verbo de Dios, el Alfa y el Omega, el Mesías»

 

1.             ¿Quién es Jesucristo? El es el Alfa y el Omega, el principio y el fin (Apoc. 1, 8). El es anterior a todos, el primogénito de toda la creación (Col. 1, 15). Es el heredero, el centro del mundo visible e invisible (Heb. 1, 2), el compendio de los siglos (Heb. 13, 8). Sin la luz que emana de El todo es bruma; sin su obra, el orden de la naturaleza y de la gracia, el hombre y el mundo, el pasado y el futuro son un libro cerrado con siete sellos (Apoc. 5, 1). [1]

 

 

«El centro de la creación»

 

2.             Jesús es el centro común de la creación; es el anillo precioso que une la obra del Omnipotente al Creador divino; es la meta de todas las obras y de todos los designios de la Providencia; es la razón suprema, última de todas las intenciones de Dios en la humanidad redimida de la cual es cabeza; es la norma de todos nuestros progresos, es la única y verdadera luz que ilumina a cada hombre y por lo tanto a la humanidad entera [2]

 

 

«El Verbo de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros»

 

3.             ¡Misterio grande, misterio inefable, misterio dulcísimo! Quiere decir, por lo tanto, que el Verbo de Dios se hizo carne y puso su morada entre nosotros (Jn. 1, 14), que la divinidad se unió a la humanidad y que el Invisible se hizo visible, el Omnipotente se hizo débil, el Eterno comenzó a existir, el Inmenso se hizo limitado, llegado a ser lo que no era sin cesar de ser lo que era (Flp. 2, 6). Quiere decir que si en una época las naciones temían al sólo nombrar la divinidad, nosotros tenemos a un Dios que no quiere ser temido, sino amado (Rom. 8, 15). Por lo tanto, deja la gloria; oculta la majestad, se despoja de toda ostentación de grandeza para no manifestarse más que como hombre (Flp. 2, 7).

El es Aquel que habita en la altura de los cielos, que se pasea sobre las alas de los vientos y que mide con una sola mirada la tierra, El es Dios (Jn 1, 1); sin embargo casi teme manifestarlo y parece cuidarse de no dejar aparecer de Sí más que la sola humanidad para hacer completamente popular su clemencia (Tit. 3, 4). [3]

 

«En Él estamos envueltos por el Padre en un único acto de amor»

 

4        Dios ama a su Hijo y lo ama esencialmente y es imposible que se complazca en otros más que en Él, porque el amor de Dios es infinito y no puede tener otro objeto que un objeto infinito: Hic est Filius meus dilectus in quo mihi bene complacui [Este es mi hijo predilecto en el cual he puesto mi complacencia] (Mt. 17, 5). Pero ese Hijo suyo querido se hizo hombre. Por lo tanto, en Él ama al hombre. Con una única complacencia y dilección, en Jesús abraza todo, también el cuerpo, también la carne, también el alma. Ahora nosotros somos aquella carne, aquellos huesos; nosotros somos aquella naturaleza; somos un cuerpo con Cristo y en El y por El somos hechos hijos de Dios, mejor dicho, el mismo Hijo de Dios que se prolonga en nosotros. Por lo tanto, nosotros también en El estamos envueltos y comprendidos por el Padre en un solo acto de amor; y como en nosotros y sobre nosotros se extiende y despliega la filiación por la cual Cristo es Hijo de Dios, así también se extiende y despliega en nosotros el amor del Padre y por lo tanto en su Hijo de por sí grato y querido para El, también nosotros estamos hechos para ser gratos y queridos para El: gratificavit nos in dilecto Filio suo [Nos ha complacido en su amado Hijo]. [4]

 

 

«Todo lo tenemos en Jesús»

 

5        Jesucristo es la luz del mundo (Jn. 8, 12), es el Camino, la Verdad y la Vida (Jn. 14, 6), es el vínculo de unión, el beso de paz entre el cielo y la tierra, entre el hombre y Dios (Ef. 11, 14). Es Jesús nuestro Redentor, nuestro Maestro, nuestro Abogado, nuestro Modelo, nuestro Médico, nuestra Cabeza, nuestro Compañero, nuestro Hermano, nuestro Amigo, nuestro Consuelo, nuestro Asilo, nuestra Gloria, nuestro Júbilo, nuestra Grandeza. El es el Pontífice de la nueva alianza, el Sacerdote eterno, el Mediador entre Dios y los hombres, la Víctima de nuestros pecados, nuestra verdadera y única Felicidad. Él es la Puerta por la cual debemos entrar en su reino, la Piedra angular y el Fundamento sobre el cual se debe levantar el edificio espiritual. El es el Pan de nuestras almas, el Autor y el Consumador de nuestra fe, nuestro Premio, nuestra Corona, nuestra Vida, nuestro Todo. Es a Él, es a Jesús a quien debemos la gracia y la amistad con el Padre, la confianza y la libertad de los hijos de Dios. Es a Él, es a Jesús a quien debemos todos los bienes que recibimos de Dios, de naturaleza, de gracia y de gloria. Es a Él, es a Jesús a quien nos debemos si Dios nos conserva, nos sostiene, nos defiende, si no nos castiga conforme a nuestros méritos y nos soporta y espera más largamente. De Jesús nos derivan todas las luces, los consejos, las inspiraciones, los buenos pensamientos, los piadosos deseos. De Jesús nos viene el coraje en los peligros, la fuerza en las tentaciones, la fortaleza en los dolores, la paciencia en las adversidades, la perseverancia en el bien: in omnibus divites facti estis in Christo [en Cristo han sido enriquecidos en todo] (1 Cor. 1). Sí, todo lo tenemos en Jesús, todo podemos en Jesús, todo esperamos, todo obtenemos de Jesús, siendo Jesús quien ha querido humillarse por nosotros, sacrificarse por nosotros, ser todo para nosotros (1 Cor. 1). [5]

 

 

«Es nuestro, verdaderamente nuestro, totalmente nuestro»

 

6        Haciéndose hombre he aquí que, Él, el Eterno, el Inmenso, el Creador y Señor del universo, el Rey inmortal de los siglos, es nuestro amigo, nuestro hermano, el compañero de nuestro exilio. Desde ese día, hasta el fin de los tiempos, Él no nos abandonará más, viviendo primero treinta años de nuestra vida mortal y luego, haciendo morada entre nosotros bajo los velos Eucarísticos: Se nascens dedit socium [Naciendo se hizo nuestro compañero].

Con una delicadeza de amor todavía más singular, Él se convertirá en nuestro alimento. Nada es para nosotros más íntimo que el alimento, ya que asimilándose a nuestra sustancia conserva y renueva nuestras fuerzas. Y es justamente bajo esta forma que Jesús quiere pertenecernos: convescens in edulium [al comerlo se hizo nuestro alimento].

No es suficiente. Sobre la Cruz Él se hará nuestra víctima. Para redimirnos del pecado y de la muerte Él derramará hasta la última gota de su sangre y sacrificará su vida, constituyéndose en precio de nuestro rescate: se moriens in praetium [muriendo se entrega como precio del rescate].

Finalmente, después de haberse entregado a nosotros de todas estas maneras, Él coronará sus beneficios dándose a los elegidos en los esplendores de la gloria para ser su recompensa eterna: se regnans dat in praemium [reinando se hace nuestro premio].

Sí, Jesús desde ese día es nuestro, verdaderamente nuestro, totalmente nuestro. Él sea todo para nosotros. ¡Feliz quien llega a comprenderlo, y comprendiéndolo, no busca, no desea, no quiere sino a Jesús!. [6]

 

 

«Es necesario que Jesucristo viva en nosotros»

 

7        Es necesario que Jesucristo viva en nosotros; es necesario que Jesucristo actúe en nosotros continuamente, pudiendo sólo Él reconciliar a la tierra con el cielo, pudiendo sólo El amar a Dios cuanto es posible amarlo y rendirle el honor que le es debido.

¿Mas, cómo puede Él, Jesucristo, vivir en nosotros? Lo hemos dicho: mediante su espíritu: in hoc cognoscimus quia in eo manemus et ipse in nobis, quoniam de spiritu suo dedit nobis [en esto conocemos que permanecemos en Él y Él en nosotros, en que nos ha dado de su espíritu] (1 Jn. 5, 13); y el espíritu de Jesucristo es espíritu de humildad, es espíritu de caridad, es espíritu, sobre todo, de abnegación, de sacrificio, de penitencia. [7]

 

 

«Viene a la tierra para hacernos vivir de su vida»

 

8        Jesús viene a la tierra para hacernos vivir de su vida, para hacernos, por así decir, una sola cosa con Él. Yo he venido, dice Él mismo, para que tengan vida y la tengan en abundancia. Ahora esta vida que Jesús viene a comunicarnos uniéndose a nuestra alma, es su misma vida.

La unión de Jesús con el alma cristiana, he aquí el fundamento de todo el orden sobrenatural. Por ella el hombre se eleva hasta la participación en la naturaleza divina y en ella eleva todo lo creado. Todo es de ustedes, grita el Apóstol, el mundo, la vida, la muerte, el presente, el futuro. Ustedes son de Cristo y Cristo es de Dios: omnia vestra sunt. Vos autem Christi, Christus autem Dei [Todo es de ustedes. Ustedes son de Cristo, Cristo es de Dios].

Palabras admirables que nos revelan toda la sublime economía del Evangelio. Unida al Verbo por la Encarnación, la humanidad sacrosanta de Jesucristo se hizo en Él una sola persona. Unidos nosotros a Jesucristo por una unión menos perfecta sí, pero inefablemente íntima, somos como una extensión de Él mismo, le pertenecemos como los miembros pertenecen al cuerpo. Unum corpus sumus in Christo [Formamos en Cristo un solo cuerpo]. [8]

 

 

«El mismo debe ser nuestra vida»

 

9        No solamente debemos vivir en Jesucristo, sino que Él mismo debe ser nuestra vida y debe vivir en nosotros. Vivir en nosotros con su espíritu, con su gracia, con el sello de sus misterios, con la  aplicación de sus méritos, con la eficacia de sus Sacramentos y, sobre todo, con el de su Cuerpo y el de su Sangre, de manera que podamos decir con el Apóstol: no soy yo el que vive, sino Jesucristo que vive en mí: vivo autem jam non ego; vivit vero in me Christus (Gal. 2, 20). Ello quiere decir, escribe el dulce Doctor de Ginebra, San Francisco de Sales, que Jesús habita en nuestro corazón, y en él reina como dueño y como rey; que su espíritu se extiende, se dilata en nosotros, y como un calor vital allí señorea, endereza todo, calienta todo, santifica todo, diviniza todo, y ama en el corazón, piensa en la mente, habla en la lengua, opera en las manos y las fuerzas se consumen en Él, los estudios se hacen para su gloria, los deberes se cumplen por su gracia, los dolores se padecen por su amor, los esparcimientos, los mismos alimentos se toman para agradarle a Él, su trono está levantado en el interior del cristiano: regnum Dei intra vos est [el reino de Dios ya está dentro de ustedes] (Lc. 17, 21).

Una moneda debe tener el sello de su Soberano, porque de otro modo no vale, no tiene curso en el comercio, y de la misma manera las obras del cristiano no valen para la compra del cielo, ya que nada agrada a su eterno Padre si no expresa la imagen de su Hijo y si no lleva en cierto modo su carácter. Nosotros, nosotros mismos, Venerables  y Queridos. Hermanos, no seremos introducidos a la gloria, si no somos hallados conformes a este divino Modelo (Rom. 8, 29). [9]

 

 

«Jesús como espejo, Jesús como modelo, Jesús como sello»

 

10    El modo de conversar sea el de Jesús (...), la mirada de los ojos sea la de Jesús, la mansedumbre de los modales sea la de Jesús; Jesús como espejo, Jesús como modelo, Jesús como sello. Él en emitir los juicios, en trazar los caminos, en decidir las preferencias; Él en gobernar, en dirigir, en señorear nuestra vida, Él finalmente nuestro amor, nuestro gozo, nuestra corona, el pensamiento de nuestra mente, el latido de nuestro corazón, las alas de nuestras aspiraciones, el sonido que endulce nuestros oídos, el bálsamo que mitigue nuestros dolores, el bastón que nos sostenga en el peregrinar terrenal, el himno y el cántico que resuene en nuestros labios y desde el tiempo nos acompañe a la eternidad. [10]

 

 

«Convertirnos en otras tantas copias suyas»

 

11    Un pintor, que quiera retratar fielmente sobre la tela alguna persona amada, ¿qué hace? tiene siempre los ojos puestos sobre esa persona, para no hacer trazos con el pincel que no sirvan para representar algún rasgo del original. Así debemos, en cierto modo, hacer nosotros. Es necesario que todos nuestros pensamientos, que todas nuestras palabras, que todas nuestras acciones, que todos nuestros deseos, que todas nuestras disposiciones, que todos nuestros padecimientos, sean como otros tantos trazos de pincel, que formen y expresen en nosotros algún rasgo de la vida de Jesucristo, hasta convertirnos en otras tantas copias suyas.

Ello ocurrirá, Venerables y Queridos Hermanos, ¿saben cuándo? Cuando juzguemos todas las cosas como Jesucristo las ha juzgado. Cuando amemos lo que Él ha amado y de la misma manera que Él ha amado. Cuando tengamos en nuestro corazón los mismos sentimientos y las mismas disposiciones que Él ha tenido en su corazón.

No todos, es cierto, estamos obligados a vivir en una pobreza exterior tan grande como fue la pobreza en la que Él vivió, como tampoco no todos estamos obligados a sufrir los tormentos inefables que Él debió sufrir; sin embargo todos indistintamente, grandes y pequeños, ricos y pobres, sacerdotes y laicos estamos obligados a tener sus mismas disposiciones interiores de pobreza, de humildad, de caridad, de sacrificio y de todas las demás virtudes cristianas, de modo que estemos dispuestos a sacrificar todo, a sufrir todo, también la muerte, antes que faltar a su santa ley: hoc enim sentite in vobis quod et in Christo Jesu [tengan los mismos sentimientos de Jesucristo] (Flp. 2, 5).

Sin embargo, no nos hagamos ilusiones mis amados. Nosotros no tendremos jamás esta conformidad interior con Jesucristo, si no tenemos también con Jesucristo alguna conformidad exterior. La vida de Jesucristo, dice el Apóstol, debe manifestarse en nuestra carne mortal (1 Co. 4, 11). [11]

 

 

«Discípulos de un Dios pobre, humilde, crucificado»

 

12    Sí, también en nuestro exterior debemos hacer notar que somos discípulos de un Dios pobre, humilde y crucificado. Sin esto, ¿de qué serviría declararnos y jactarnos de ser cristianos? Siempre será verdad, que cualquier cosa que nosotros hagamos tendrá como motivo o el espíritu del hombre viejo o el espíritu del hombre nuevo. Si conformamos nuestro exterior con los sentimientos del primero, somos culpables;  en cambio con el espíritu del segundo, todo es santo en nosotros, todo en nosotros es participación de la vida de Jesucristo, ya que Jesucristo solamente vive en nosotros mediante su espíritu (...).

No basta por lo tanto obrar bien, ser honestos, vivir, como suele decirse, como caballeros, combatir y sufrir de cualquier manera, para que nuestra vida pueda decirse cristiana; no es suficiente. Es necesario hacer absolutamente todo esto con la mirada puesta en Dios, con la intención en Jesús, con el sometimiento, con el amor y con el espíritu de Jesucristo. Debe ser Jesucristo el principio y el fin de nuestras obras, el alma de nuestra alma, la vida de nuestra vida. [12]

 

 

«Es Cristo quien enciende el amor»

 

13    La vida consiste principalmente en el amor sin el cual, dice San Juan, se permanece en la muerte. Y la gracia del Salvador es aquella que llena el alma con este bálsamo de vida. Es Cristo quien enciende este amor, mostrando el prodigio incomprensible de su muerte, que urge, que impulsa con dulce violencia a corresponder al amor, a sacrificarse por su gloria y la salvación de nuestros hermanos: Charitas Christi urget nos [El amor de Cristo nos apremia]. Es Cristo quien enciende este amor, regalándonos nuevamente en su Resurrección la prueba más luminosa de su divinidad y la prenda más segura de nuestra futura Resurrección.

Es Cristo quien enciende este amor con el milagro continuo de la Institución de la Eucaristía, el misterio del amor por excelencia, con el cual Él se perpetúa en nuestros altares. [13]

 

 

«El amor nunca dice: basta»

 

14    Él arde por nosotros con el más ferviente amor, y el amor nunca dice: basta. Por nosotros Cristo vivió una vida de continuas privaciones, y no ve la hora de consumarla por nosotros (Lc. 12, 50). ¡Y llegó esa hora, llegó la hora del sacrificio y se vio la trágica escena de un Dios que muere, y que muere crucificado para el hombre! (Rom. 5, 9). ¿Qué puede haber más grande, más admirable que este exceso de caridad?

Nadie ciertamente, como afirma el mismo Jesucristo, puede mostrar mayor amor que la de dar la vida por sus amigos (Jn. 15, 13). Pero, ¿qué caridad no fue la suya al querer morir por nosotros sus enemigos, Él, nuestro Dios, nuestro Creador, ofendido y ultrajado por nosotros? Considerando esto el Apóstol decía: apenas se encuentra quien quiera morir por un hombre justo, pero Dios demostró en esto su gran caridad por nosotros, ya que siendo pecadores, Cristo murió por nosotros (Rom. 5, 7). ¿Y por qué murió? Porque lo quiso Él mismo (Is. 53, 7) pues de lo contrario nadie habría podido obligarlo, como Él mismo lo dijo (Jn. 10, 17). ¿Pero por qué lo quiso? No por otro motivo, sino porque nos amaba: Dilexit nos, et tradidit semetipsum pro nobis [Nos amó y se entregó por nosotros] (Ef. 5, 2). [14]

 

 

«Amen a Jesús»

 

15    ¡Oh Jesús, Tú eres la verdadera fuente de todo nuestro bien, y lo fuiste siempre, y lo fuiste constantemente y lo eres todavía! ¡Jesús, y al pronunciar este nombre, el corazón se enternece, el espíritu se conmueve y el alma despliega el vuelo de la esperanza! ¡Jesús, y este nombre es más dulce a la boca que un panal de miel, más grato al oído que el sonido del arpa, más suave al corazón que la alegría más pura! ¡Oh, amémoslo, amémoslo a Jesús! ¿Y a quién amaremos nosotros, si no amamos a este dulcísimo Salvador? (...).

Amen a Jesús, permanezcan unidos a Jesús, porque toda la perfección del cristiano está justamente aquí: la unión con Jesucristo. Aquí reside el principio de todo bien, el fundamento y el origen de toda nuestra grandeza. Yo soy la verdadera vid, dice el Señor, y ustedes son los sarmientos: Ego sum vitis vera et vos palmites (Jn. 15, 5). Ahora bien, como un sarmiento, separado de la vid, se seca y muere, así morirán también ustedes, si están separados de Jesucristo. La unión con Jesucristo es vital para nosotros, sin ella, nosotros estamos muertos, y muertas están nuestras cosas y nos volvemos cadáveres, como es cadáver un cuerpo sin alma (...).

Jesucristo es un querido hermano, al cual debemos estrecharnos en el camino de la vida, sostenernos, caminar con Él, porque de Él, como ya hemos dicho, nos proviene toda gracia, el valor de cada acción, la fuerza misma para cumplirla, en fin la vida y el espíritu de nuestra alma. [15]

 

 

b) el dios con nosotros: cristo en la eucaristia

 

«Quien cree en la Eucaristía, cree en todas las verdades cristianas»

 

16    Quien cree en la Eucaristía, cree, se puede decir, en todas las verdades cristianas. Cree en la inefable Trinidad de las personas, en la absoluta unidad del ser divino; cree en la encarnación del Verbo, en su inmolación por nosotros. Cree en su gloriosa resurrección y ascensión al cielo; cree en la divina maternidad de la Virgen y en la misión del Espíritu Santo sobre los apóstoles congregados con ella; cree en la divina institución de la Iglesia, en su perfección y en la necesidad de ser sus miembros vivos para alcanzar la vida eterna (...).

Ella es la obra maestra de la mente y del corazón de Dios, el centro de nuestra religión, el punto de contacto donde lo finito y lo infinito, la naturaleza y la gracia se conjugan en el inefable abrazo de la verdad y del amor por esencia (...).

A los pies de nuestros altares se halla el Gólgota donde lloramos abrazados a la cruz, y el Tabor donde nos hacemos tabernáculos para extasiarnos con la paz celestial; (...) allí tiene lugar la agonía del Getsemaní y la mañana de la resurrección, la muerte mística y la fuente de la vida. [16]

 

 

«La más perfecta solución al problema del Emmanuel»

 

17    Prediquen explicando como en las palabras: esto es mi Cuerpo, esta es mi Sangre, está contenida la más perfecta solución del problema del Emmanuel, del Dios con nosotros, solución que durante mucho tiempo ha mantenido en suspenso el corazón de la humanidad que, siendo de origen divino, trata en todo momento de comunicarse personalmente con su principio y fin último. En efecto, por esas palabras no solamente Belén, Nazareth, Cafarnaúm, Tiberíades, Jerusalén, en fin toda la Palestina; sino que la tierra entera se ha convertido en la morada del Hombre-Dios. Ahora, Él habita indiferentemente tanto en las basílicas de las grandes ciudades así como en la rústica iglesia que le ofrece el pobre campesino, o en la cabaña de ramas donde lo adora el salvaje; ahora se ha hecho accesible a todos: a los griegos y a los bárbaros, al pueblo de Israel y a los hijos del desierto. [17]

 

 

«La Eucaristía es el centro de la Iglesia»

 

18    La Eucaristía es el centro de la Iglesia, el compendio del culto divino, el árbol de la vida plantado en medio de la Iglesia, cuyas ramas dan sombra fresca a las gentes. Es el fermento escondido de la Sabiduría Encarnada en este sacramento; y si el alma fiel la aplica a sus tres facultades, la racional, la concupiscible y la irascible, o sea a la mente, al espíritu y al corazón, todo el hombre se vuelve espiritual. Este fermento además, si es introducido por la Iglesia a través del ministerio de los sacerdotes en los diversos niveles sociales, o sea en el cuerpo dirigente, en la sociedad juvenil y en la conyugal, hará más juicioso este mundo falto de juicio; reunirá a las gentes dispersas en el único cuerpo de la Iglesia; y hará constantes en cada obra virtuosa a todos los que antes permanecían inertes frente al bien. [18]

 

 

«Todo gravita hacia la Eucaristía»

 

19    La Eucaristía es en el mundo espiritual lo que es el sol en el mundo físico. De la misma forma en que todo gravita en el firmamento hacia este astro magnífico, cuya luz y cuyo calor difunden por doquier la fecundidad y la vida, así todo gravita de igual manera hacia la augustísima Eucaristía. Es solamente por ella que la universalidad de las cosas creadas, que descienden incesantemente del Creador, vuelven a Él sin cesar. [19]

 

 

«La Eucaristía extensión de la Encarnación»

 

20    Mientras caminemos como peregrinos sobre esta tierra, además de un auxilio sobrenatural que nos sostenga en las duras luchas de la vida, también nos es necesaria una víctima inmaculada para ofrecer a Dios como expiación por nuestros pecados. El auxilio lo encontramos en la Santísima Comunión, y la víctima en la Misa que no es otra cosa que el sacrificio de la cruz, a través de los siglos en presencia de todas las generaciones (...).

Así como la Eucaristía es una extensión de la encarnación, también lo es del Sacrificio del Gólgota. En verdad éste se ofreció una sola vez, en pocas horas, en Jerusalén, mientras este otro se ofrece en cada instante del día y en todos los rincones de la tierra. ¿Quién lo ignora? durante el sueño de nuestro hemisferio, vela el otro, y otros hermanos rezan por nosotros, otros sacerdotes mantienen suspendida, entre el cielo y la tierra, la víctima eucarística, de la cual fluye la sangre de Cristo, como un torrente misterioso de vida, que recorre el universo de un extremo al otro (...).

Si el Hijo de Dios, en la primera oblación, se entregó por todos, en la misa se ofrece para cada uno en particular. Él viene, en todo momento, a borrar el acta de condenación que nos es contraria, a causa de nuestros pecados y la hace desaparecer clavándola, con su cuerpo adorable, al altar de la cruz. Y si son grandes las deudas que el hombre pecando contrae con Dios, mucho más grande es el precio de su redención.

El hombre es rescatado no a precio de cosas corruptibles de oro o de plata, sino al precio de la sangre del Cordero sin mancha, sangre de valor infinito, porque es de persona divina; sangre de la cual una sola gota bastaría para redimir al mundo.

Por lo tanto, como en el océano con respecto a una gota de agua, así sobreabundan para nuestra culpa los méritos de Cristo en la misa. [20]

 

 

«En la misa “se enciende la vida sobrenatural de la Iglesia”»

 

21    La misa no es solamente la redención cotidiana y la salvación del mundo, sino también el alimento de la verdadera y sólida piedad, y la hoguera en la cual se enciende la vida sobrenatural de la Iglesia. Pregunten, en efecto, a esta virgen esposa del Nazareno cómo nutre y suscita en tantos hijos suyos el sentimiento del sacrificio hasta el heroísmo; pregunten cómo la pobreza y las miserias por las cuales estamos oprimidos, las tiene como demostración de especial amor hacia Nosotros. Ella les responderá señalándoles la inscripción que adorna su altar: ¡así Dios amó a los hombres! Sublimes palabras que expresan una verdad todavía más sublime. Y verdaderamente, desde que la eternidad engendró al tiempo, nunca el horizonte de la caridad cristiana se dilató tanto, como desde el momento en que el Verbo de Dios se inmoló bajo las especies de pan y vino. Sólo entonces comprendió que el sacrificio es la consumación de la vida pura, noble y santa, sólo entonces deseó dar vida por vida, amor por amor. [21]

 

 

«¡Una Misa!»

 

22    ¡Una Misa! Es el compendio de todos los sacrificios antiguos, en los cuales se desarrollaba la corriente de los actos religiosos que unían la humanidad a Dios; sacrificio único, holocausto junto a la hostia pacífica y víctima por el pecado. ¡Una Misa! Es el sacrificio de la cruz que se acerca a nosotros, para ahorrar a nuestra fe un penoso retorno a un pasado lejano y esfuerzos demasiado fácilmente, vanos para nuestra debilidad y negligencia. ¡Una Misa! Es la inmolación de un Dios que de algún modo se nos pone en la mano, para que nosotros tomemos lo que necesitamos según los tiempos, las condiciones, la medida y los fines determinados por la Providencia. ¡Una Misa! Es un Dios que adora, un Dios que agradece, un Dios que aplaca, un Dios que implora. ¡Una Misa! Una vez más, ella es la corona del culto religioso, el centro de la vida cristiana, el sello más espléndido de la grandeza y potencia del sacerdote. [22]

 

 

«En la Eucaristía tenemos un banquete admirable»

 

23    Apelo a la experiencia de ustedes, venerables hermanos ¿No es quizás cierto que, celebrado el Sacrificio divino, les resulta insípido todo lo que el mundo da por bueno? En todo lo que está ante ustedes, ¿no ven quizás una advertencia a ser solícitos?, ¿no abrazan quizás cada adversidad como ejercicio de la virtud?

Ciertamente que, de la celebración de la Misa deriva una disposición más suave al recogimiento, un instinto más fuerte de oración, un secreto placer en el desprecio de sí mismo, un deseo de perpetua inmolación, la opción por la vida oculta en Cristo, las maravillosas ascensiones a Dios.

En la Eucaristía, por lo tanto, tenemos un banquete admirable, ante el cual no existe nada más precioso y saludable.

Es el alimento que nutrió nuestra infancia espiritual, hace crecer nuestra adolescencia, corrobora la madurez, impide envejecer, y mantiene alejada la muerte (...).

La Eucaristía es el centro de toda la Religión, el compendio de las obras divinas y, por así decir, el sumario del Verbo; por este motivo fue la primera y esencial devoción de los cristianos; sin la tarjeta de esta devoción uno no se puede llamar cristiano, porque le falta la cabeza, que es Cristo.

La Eucaristía es la más saludable de todas las devociones; en ella nos está dirigida la invitación de Cristo: “Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré”. (Mt. 11, 28). En ella hospeda en su mesa a los pecadores, olvida todo pecado, reviste de gracia. En ella, Cristo, como el águila que impulsa al vuelo a sus pequeños y revolotea sobre sus pichones, despliega sus alas sobre los justos, los recoge y los lleva sobre sus hombros y los eleva a la magnificencia de la santidad. (Deut. 32).

Cristo en la Eucaristía crea a los apóstoles, fortalece a los mártires para la corona del triunfo, suscita a las vírgenes: ya que es "el sagrado banquete en el cual se toma como alimento a Cristo, se evoca la memoria de su pasión, se llena la mente de gracia y se nos da la prenda de la gloria futura" (Oficio de la Solemnidad del SS. Cuerpo y Sangre de Cristo). [23]

 

 

«Fue la primera norma de vida en la Iglesia»

 

24    La Eucaristía fue verdaderamente la primera norma de vida en la Iglesia. Cristo era todo en todos; Cristo en la Eucaristía era la vida de todos los cristianos. Fue así en los comienzos de la Iglesia; ahora vemos que los tiempos han cambiado y otras formas de piedad han, de algún modo, reemplazado la fe y el amor por Cristo: me refiero al culto por los Santos y al debido homenaje de devoción filial por la Madre de Dios.

No lo digo para deplorar o disminuir en lo más mínimo tales devociones: no hay ningún celo en mis palabras. Alabo ardientemente estas devociones y directivas de la piedad: por el contrario, trabajo y me esfuerzo, en todo lo que puedo, para que se afirmen y difundan cada vez más: en efecto, son muy útiles para la piedad y son queridas por la bondad divina.

Como la contemplación de los espíritus beatos tiene una doble "teología": la "matutina" que de las perfecciones divinas observadas en Dios desciende a contemplar la obra del Señor, y la "vespertina" que parte de las obras divinas para subir a la contemplación del mismo Dios; así sucede con la piedad de los fieles. Algunos, apoyándose como en escalones en el culto de los Santos y de la Madre de Dios, quieren llegar a Dios; otros, en cambio, más acertadamente, se posesionan del mismo Cristo mediante la fe, y mediante Cristo acceden al Padre, para abrazar también a todos los Santos. Los dos caminos conducen al mismo objetivo, pero hay que prestar atención ya que, quizás, mientras insistimos sobre la mediación y el ejemplo de los Santos, puede debilitarse nuestra fe y nuestro amor por Cristo.

Por lo tanto, yo  hago votos para que el amor de todos por Cristo emule y supere la devoción que se profesa hacia la Madre de Dios y los Santos. En efecto, Cristo "es el camino, la verdad y la vida", como Él mismo dijo; y "nadie va al Padre sino por mí" (Jn. 14, 6; 17). También Pablo: "Por Él, tenemos libre acceso al Padre en un mismo Espíritu" (Ef. 2, 18). [24]

 

 

«Cristianiza nuestro ser individual»

 

25    La comunión es el manantial desde el cual el alma saca el agua que brota hasta la vida eterna; es el lugar donde cicatrizan sus heridas; es, en una palabra, el principio y el fin de esa unión con Dios elevada a la más sublime potencia, conducida al último grado de perfección que se pueda esperar en el orden presente. Efectivamente, si en la encarnación el Verbo de Dios se unió personalmente a la naturaleza humana, en la comunión se une más a nuestra personalidad. De esa forma, Él diviniza nuestra esencia, cristianiza, diré así, nuestro ser individual, y su unión con nosotros tiene por cualidad la misma que transforma el alimento en la sustancia del cuerpo que se nutre. Por lo tanto, aquellos que comulgan, como dejó escrito un santo doctor, tienen a Jesús en la mente, en el corazón, en el pecho, en los ojos, en la lengua. Este Salvador endereza, purifica y vivifica todo. Él ama en el corazón, entiende en la mente, infunde vigor en el pecho, ve en los ojos, habla mediante la lengua, y mueve toda otra potencia. Él opera todo en todos, y ellos no viven más en sí mismos, sino que es el Verbo de Dios que vive en ellos, y fija a sus acciones metas más nobles y elevadas y motivos más puros y más perfectos. [25]

 

 

«Germen luminoso de Resurrección»

 

26    El pan común, que viene de la tierra, dice San Macario, no nos puede dar la vida eterna; sin embargo ese pan, que tiene origen en el cuerpo beato de Cristo, unido a la divinidad, confiere la inmortalidad al que lo recibe. La carne del Señor, después que es comida, no es destruida, ni su sangre, después que es bebida, porque ambos están indisolublemente unidos a la divinidad. Por lo tanto, el cuerpo glorioso del Señor pone un germen luminoso de resurrección y de incorruptibilidad en el cuerpo corruptible del hombre, y este germen, fecundado por la sangre de Aquel que venció a la muerte, se desarrolla y crece hasta que el hombre renovado se despoje, como vestimenta inútil, de la carne mortal, y mostrando todo el esplendor de su vida oculta en Dios, entre en los tabernáculos eternos. [26]