UN MENSAJE POR EL CENTENARIO

de la muerte del

Beato JUAN BAUTISTA SCALABRINI

1905 – 2005

 

Roma: 21 de noviembre 2004

Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo,

Rey del Universo

Queridos:

 

El año 2005 es un año de gracia y de gran significado para la Familia Scalabriniana que comprende a los Misioneros de San Carlos – Scalabrinianos, a las Misioneras de San Carlos Borromeo – Scalabrinianas y a las Misioneras Seculares Scalabrinianas. 

Celebramos el primer centenario de la muerte del Beato Juan Bautista Scalabrini, nacido en Fino Mornasco (Como) el 8 de julio de 1839 y fallecido en Piacenza el 1 de junio de 1905. Plenos de gratitud a Dios, deseamos comunicarles el gozo de este aniversario y del carisma que el Espíritu donó a la Iglesia y a los migrantes, por medio del corazón de J. B. Scalabrini. Un carisma del cual somos herederos, custodios y testigos, pero no propietarios exclusivos. Un carisma que compartimos con alegría con quienes, religiosos y laicos, se ponen al servicio de millones de emigrados, refugiados y prófugos.

 

Las intuiciones del Beato J. B. Scalabrini, Obispo y Padre de los Migrantes

 

El Beato J. B. Scalabrini, Obispo de Piacenza desde 1876 hasta 1905, año de su muerte, ha sido proclamado por la Iglesia como Padre de los Migrantes, por su obra, inmediata y previsora, en favor de la multitud de italianos que emigraban, sobre todo a países más allá del océano. J. B. Scalabrini descubrió la importancia política, social y religiosa del fenómeno migratorio en las sociedades modernas. Cuando en ese entonces muchos pensaban que se trataba de un hecho pasajero, él vio una dimensión global y permanente. Hoy vemos cuan proféticas fueron sus intuiciones.

Casella di testo: “Mientras el mundo se agita ofuscado por su progreso, mientras el hombre se exalta por sus conquistas sobre la materia… mientras los pueblos caen, resucitan y se renuevan; mientras las razas se mezclan, se extienden y se confunden; a través del rumor de nuestras máquinas, por encima de este trabajo tan febril, de estas obras gigantescas que no se pueden dejar de considerar, está madurando aquí una obra mucho más amplia, más noble, más sublime: la unión en Dios mediante Jesucristo de todos los hombres de buena voluntad”. (J. B. Scalabrini)Siendo un obispo misionero, se preocupa de la suerte de muchos compatriotas, que no pueden elegir otra cosa sino emigrar. Defiende el derecho de emigrar, no de hacer emigrar, defiende a los emigrantes, a menudo víctimas de los “traficantes de carne humana”. Recorre Italia para denunciar las causas de la emigración, para sensibilizar la sociedad y la Iglesia, lucha por una ley justa. Sobre todo, se preocupa de salvar la fe de los migrantes, la conservación de su lengua y de su cultura. Al mismo tiempo, estimula la relación con la Iglesia y la sociedade locales.

Siendo hombre de fe, él busca también en las migraciones las señales del proyecto de Dios. Según su visión providencial, el mundo atormentado de las migraciones es el mundo hacia el cual se dirige el amor del Padre, el mundo en el que el Padre, por la fuerza unificadora del Espíritu, sigue construyendo relaciones de solidaridad, de justicia y de paz. Todo esto tiende a “formar de todos los pueblos un solo pueblo, de todas las familias una sola familia”. Este era el sueño de Scalabrini.

          Después de visitar a los emigrados italianos en Estados Unidos (1901) y en Brasil (1904), Scalabrini se da cuenta que la Iglesia está llamada a hacer suya la causa de los migrantes, sin distinción de nacionalidad, etnia y cultura, como escribe en un Memorial al Papa Pío X. Este es el testamento espiritual de J. B. Scalabrini, que él confía a la Iglesia, como invitación a captar en las migraciones una ocasión privilegiada para manifestar mayormente su “catolicidad”.

 

La actualidad del carisma scalabriniano

 

Como hijos e hijas de Scalabrini, nos hacemos migrantes con los migrantes, para compartir con ellos el camino de la esperanza, de la solidaridad, de la comunión. Somos conscientes que nuestro carisma nos coloca en el centro de la misión, en el corazón mismo de la espiritualidad de comunión de la Iglesia. En efecto, nos lleva a promover la comunión entre las diversidades y a reunir a los hijos de Dios dispersos, especialmente a los que viven más agudamente el drama de la emigración. Se trata de una misión abierta en todas las dimensiones, no sólo dirigida a los migrantes, sino también a la sociedad y a la Iglesia local. Estamos convencidos de que las migraciones, que ponen en discusión los mismos fundamentos de la convivencia civil y religiosa, son el banco de pruebas que revela la civilización de una sociedad y la catolicidad de la Iglesia.

         

Los tres Institutos de la Familia scalabriniana

 

La Congregación de los Misioneros de San Carlos – Scalabrinianos es una comunidad internacional de religiosos, hermanos y sacerdotes que el Beato Juan Bautista Scalabrini fundó en Piacenza el 28 de noviembre de 1887. La Congregación está llamada a anunciar el gozoso mensaje de Cristo al mundo de los migrantes, particularmente de los que por verdaderas necesidades exigen un cuidado pastoral específico. Los Scalabrinianos sirven a los migrantes en el aspecto espiritual y social en 29 naciones de los 5 continentes con centros de primera acogida y centros culturales de formación, centros de estudio y de investigación, Institutos académicos, revistas y programas de radio y televisión, jardín de infantes, escuelas parroquiales y residencias para ancianos, casas para marinos, presencia en organismos eclesiales para las migraciones, parroquias multiétnicas y misiones étnicas. El espíritu que anima a los misioneros en favor de los migrantes es la promoción de la comunión entre los diversos grupos de migrantes, entre los migrantes y la Iglesia y las sociedades locales.

 

La Congregación de las Hermanas Misioneras de S. Carlos Borromeo - Scalabrinianas fue fundada en Piacenza, Italia, el 25 de octubre de 1895. Su fundador es el beato Juan Bautista Scalabrini y tiene como co-fundadores a los siervos de Dios el Padre José Marchetti y la Madre Asunta Marchetti. La Congregación tiene su Sede General en Roma – Italia. Está constituida por seis provincias y desarrolla su misión entre los migrantes en 25 países de cuatro continentes. Las Hermanas Scalabrinianas realizan su misión a través de la catequesis, la educación cristiana, la pastoral de la salud, la acción social y la pastoral de las migraciones; trabajan en escuelas, hospitales, orfanatos, cárceles, centros de acogida para niños necesitados, residencias para ancianos, casas de formación, comunidades étnico-culturales, parroquias, diócesis, en varias conferencias episcopales, organismos internacionales, organizaciones civiles, centros de promoción, centros de escucha y de acogida para los migrantes, y en centros de estudio y documentación. Como respuesta a los retos de la movilidad humana y fiel al carisma que la Iglesia le ha confiado, la Congregación está presente con el testimonio de la vida consagrada y el servicio evangélico y misionero a los migrantes, especialmente a los más pobres y necesitados. El espíritu que la anima es el de la comunión universal y quiere hacer visible la vocación de sus miembros reconociendo, amando y sirviendo a Cristo en la persona de los migrantes.

 

El 25 de julio de 1961, 56 años después de la muerte del beato J. B. Scalabrini, siguiendo las huellas de su espiritualidad, inició en Solothurn (Suiza) el camino del Instituto Secular de las Misioneras Seculares Scalabrinianas. Nacido en el momento más intenso de las migraciones, en un contexto scalabriniano, el nuevo carisma de la secularidad consagrada en la Familia Scalabriniana obtiene el reconocimiento definitivo de la Iglesia en la Pascua de 1990. Viviendo en pequeñas comunidades internacionales, laboratorios de nuevas relaciones, eucarísticas, las Misioneras – presentes en Europa (Italia, Alemania, Suiza) y en América Latina (Brasil y México) – quieren dar testimonio de que, con la levadura del Evangelio, es posible la acogida y el diálogo entre las diversidades, para transformar el mundo de las relaciones con el don de la comunión. Su misión, a través de la inserción profesional en variados ambientes (campo social, cultural, pastoral, escolar, médico-hospitalario, artístico) abre a la acogida y estima de los migrantes y refugiados, involucrando en los caminos del éxodo, en una sensibilización más amplia, a jóvenes y amigos de todo lugar, cultura y religión, que se encuentran para realizar un itinerario formativo en los Centros Internacionales J. B. Scalabrini.

 

Cada uno de nuestros Institutos brinda su aporte específico. Pero a todos nos une la pasión por los migrantes y los refugiados, a todos nos unifica el sueño de una nueva sociedad en la que se vuelven más amplios los espacios de pertenencia y participación, y se eliminan los de exclusión, hasta hacer “patria del hombre el mundo”. A todos nos une el servicio por el Reino, que obra en la historia y en el mundo de los migrantes.

 

Migrantes, refugiados y prófugos, hoy

 

En esta época de globalización, las migraciones ya no son una realidad de coyuntura, limitada y restringida, sino un fenómeno amplio, estable y estructural. El fenómeno se ha dilatado dramáticamente en los últimos decenios y las dinámicas migratorias se presentan con ímpetu en todo el planeta.

Según el último censo ONU, los migrantes en el mundo son 175 millones y 119 mil, con una repercusión del 2,9% en la población mundial (6 billones y 67 millones). Dicho valor se ha redoblado con respecto a la mitad de los años setenta..

Se calcula que, con referencia al último quinquenio, el flujo anual de los migrantes hacia regiones más desarrolladas, es de 2,3 millones de unidades. A los migrantes se añaden también los refugiados cuyo número en el mundo es de 16 millones, la mayoría de los cuales se encuentra en Asia (9 millones) y en África (4 millones). También el número de personas obligadas a dejar sus casas y zonas de residencia, pero sin salir de los confines nacionales – “desplazados” -, ha aumentado y se calcula que la cifra de los prófugos dentro del propio país es de cerca de 50 millones.

Considerando las grandes áreas, en Europa viven 56 millones de inmigrados, 50 millones en Asia, 14 millones en América del Norte, 16 millones en África, 6 millones en América Central y del Sur, 6 millones en Oceanía.

Por razones demográficas, económicas y sociales, las migraciones están destinadas a crecer: en un mundo cada vez más globalizado, en el que el movimiento de las personas forma parte de la vida de cada uno, el objetivo final no es obstaculizar la movilidad sino administrarla mejor para el interés de todos. Lamentablemente, en lo que concierne a la posición de los gobiernos, en tema de inmigración, actualmente en casi el 40% de los países del mundo se adoptan medidas restrictivas para controlar las fronteras y poder contar con expulsiones fáciles.

Los migrantes, además, son una categoría sumamente vulnerable, sujetos a abusos y a explotación: baste pensar en el fenómeno de la “trata”, que no ahorra ni a mujeres ni a niños, y a la industria relacionada con la introducción clandestina de los migrantes. Por estos motivos, la ONU ha emanado una Convención internacional de los migrantes para tutelar los derechos de todos los trabajadores migrantes y de sus familias, pero que todavía no ha sido ratificada por los grandes países destinatarios. El mercado internacional tiene necesidad de “precarios”, de trabajo flexible, sin protección y sin seguridad. Pero “hay que poner de relieve que los trabajadores extranjeros no pueden ser considerados como mercadería o simple fuerza de trabajo y, por tanto, no deben ser tratados como simple factor de producción. Cada migrante goza, pues, de derechos fundamentales inalienables que se deben respetar siempre”.[1] La inseguridad a nivel económico se vuelve incluso más problemática a nivel social, que a menudo se agrava por formas de intolerancia y xenofobia. “Dicha situación precaria de muchos extranjeros, que debería estimular la solidaridad de todos, causa en cambio temores y miedos en muchos, que sienten a los inmigrados como un peso, los ven con sospecha y hasta los consideran como peligro o amenaza. A menudo esto provoca muestras de intolerancia, xenofobia y racismo”.[2]

Asimismo, en lo que se refiere a los acontecimientos internacionales, no podemos dejar de recordar el efecto del 11 de setiembre de 2001. Después del ataque a las torres, se extiende el temor al terrorismo, de modo que gobiernos y partidos políticos están emanando leyes cada vez más restrictivas para controlar las fronteras y mantener el orden y la seguridad. En la opinión pública, y no solamente en ella, la inmigración a menudo está vinculada a la criminalidad y al terrorismo.

Esta situación ha determinado, también de parte de las instituciones, una mayor conciencia de que las migraciones requieren ser gobernadas en perspectiva supranacional, con una aproximación multilateral, en todos los ámbitos, y no sólo en lo que se refiere a la seguridad. Esto porque las migraciones son el reflejo de un desequilibrio mundial más profundo, que origina los éxodos humanos. Se trata de un sistema perverso que mantiene áreas de subdesarrollo y, por lo tanto, obliga a las personas a moverse hacia economías más desarrolladas. “El fenómeno migratorio plantea una verdadera y real cuestión ética, la búsqueda de un nuevo orden económico internacional para una distribución más equitativa de los bienes de la tierra, lo que contribuiría bastante a reducir y moderar los flujos de una numerosa parte de las poblaciones en dificultad[3].

 

Las migraciones, reto y recurso para la sociedad y la Iglesia

 

 “Emigran las semillas en las alas de los vientos, emigran las plantas de un continente a otro llevadas por las corrientes de las aguas, emigran las aves y los animales, y, más que todos, emigra el hombre, en forma colectiva o individual, pero siempre instrumento de la Providencia que dirige los destinos humanos y los guía, incluso a través de catástrofes, hacia la última meta que es el perfeccionamiento del hombre en la tierra y la gloria de Dios en los cielos”. (Scalabrini 1879)

Nadie puede ignorar que nuestras sociedades se están transformando, irreversiblemente, en sociedades multiétnicas, multiculturales y plurireligiosas. Esta realidad, protagonizada sobre todo por las migraciones, constituye un reto y un recurso para la convivencia social, así como para la nueva evangelización y la misión de la Iglesia en el mundo.

El Papa Juan Pablo II ha captado claramente su significado para la Iglesia y para el mundo. En la “Redemptoris Missio” leemos: “Entre los grandes cambios del mundo contemporáneo, las migraciones han producido un fenómeno nuevo: los no cristianos llegan en gran número a los países de antigua cristiandad, creando nuevas ocasiones de comunicación e intercambios culturales, lo cual exige a la Iglesia la acogida, el diálogo, la ayuda y, en una palabra, la fraternidad” (RM 37), pero también de “servicio, participación, testimonio y anuncio directo” (RM 82). Son los “mundos y fenómenos sociales nuevos”, los “areópagos” que definen los nuevos ámbitos de la misión “ad gentes”.

Como ha subrayado el Papa en el último mensaje con ocasión de la Jornada de las migraciones, los migrantes pueden “dar un válido aporte en el reforzamiento de la paz”.[4]

Anticipando los tiempos, Scalabrini sembró la esperanza entre los “hijos de la miseria y del trabajo”, viendo en los migrantes a los posibles testigos de la comunión fruto de Pentecostés, donde las diferencias se armonizan mediante el Espíritu y la caridad se hace auténtica en la aceptación del otro.

 

Replantear el futuro partiendo del extranjero

 

El siglo recientemente iniciado ha sido definido el siglo del extranjero por excelencia. Hay extranjeros que están obligados a dejar sus tierras y los grupos a los que pertenecen debido a persecuciones o selecciones étnicas. Hay extranjeros que abandonan sus tierras por la miseria y el hambre, en búsqueda desesperada de pan para sobrevivir. Estos – los pobres, los hambrientos y los desgraciados del llamado tercer o cuarto mundo, privados de lo mínimo indispensable – son los extranjeros por excelencia del siglo XXI. Llegarán a las ciudades de la opulencia de nuestro Occidente gritando su desesperación y el derecho de compartir su bienestar. Además de la presencia del extranjero prófugo o hambriento, el siglo recientemente iniciado se caracterizará también por la figura del yo extranjero para consigo mismo. Se trata de aquel sentimiento de ajenidad por el que la persona se percibe a sí misma como extranjera dentro de la propia cultura de pertenencia, frente a la cual desea afirmar su alteridad y trascendencia.

Tiempo del extranjero por excelencia, de quien permanece extraño a lo que le está cerca (tenga esta cercanía el rostro de la lengua ignorada, de la tierra desconocida, de los bienes que faltan o de la identidad quebrantada), el siglo recientemente iniciado tiene urgencia de un nuevo pensamiento. También es un tiempo oportuno y necesario, favorable y urgente, para replantear la relación con el extranjero descubriendo en él ya no más una dimensión de amenaza, como históricamente ha tenido lugar, sino más bien de sacralidad como ha ocurrido ocasionalmente. Volver a pensar: es decir instituir un pensar partiendo del extranjero, donde el ser extraño, es decir de fuera, no es una amenaza que se debe rechazar sino una palabra por acoger y que, una vez acogida, instituye una nueva ética y un nuevo pensamiento en cuyo centro se eleva no el yo, con sus pedidos de satisfacciones y de derechos, sino el otro, con su rostro en el que se refleja una luz que viene de otra parte.

 

 

P. Isaia Birollo, CS

Superior general

Misioneros de San Carlos,

Scalabrinianos

Sor Maria do Rosario Onzi, MSCS

Superiora general

Hermanas Misioneras de San Carlos, Scalabrinianas

Adelia Firetti, MSS

Responsable general

Misioneras Seculares Scalabrinianas

 



[1] Pontificio Consejo para el cuidado pastoral de los Migrantes y Refugiados, Erga Migrantes Caritas Christi, 5.

[2] Ibidem, 6.

[3] Ibidem, p. 8

[4] Juan Pablo II, Mensaje con ocasión de la Jornada mundial de las migraciones, 2004.