Eucaristía y migración
P. Florenzo Maria Rigoni, cs
Una cruz en el ferrocarril
Te llamaban Manuel,
no alcanzabas aún los 20 años
cuando saliste rumbo al Norte.
Tenías la osadía de los jóvenes
andabas con un puñado de descamisados
y te aventaste en la aventura del mañana.
En la jerga te decían que ya la hacías,
el muro de púas estaba a tu alcance,
cuando un tren carguero,
tren de la esperanza
te arrolló...
Caíste como hijo de América latina,
los brazos cruzados sobre las durmientes y
una mano destrozada apuntando hacia el Norte.
Venías de una tierra pobre,
anillo estropeado de América Central:
te encontraron con los ojos abiertos
y siete Lempiras.
Plantaron una cruz entre las piedras,
mezclada con los postes y las señales
hasta que florezca como jardín de la resurrección.
¡Hasta luego, Manuel!
Caminantes, viajeros y mercadería
seguirán pasándote a lado
peregrinos hacia una Pascua
que tú ya alcanzaste.
Tal vez alguien se pregunte: ¿Qué tiene que ver la Eucaristía con este fenómeno algo moderno de la Movilidad humana con todas sus facetas: migrantes, indocumentados, refugiados, desplazados…? Innegablemente el intento de relacionar la Eucaristía con la migración no es de todos los días. Sin embargo, partiendo por ejemplo de la Carta Encíclica de Juan Pablo II Ecclesia de Eucaristia, creo se puedan trazar unas líneas que por analogía muevan sus pasos desde la Eucaristía pasando por la migración y desde la migración se orienten hacia una Eucaristía en su significado más profundo.
El centro de partida de mis reflexiones será el núcleo del misterio eucarístico, allá donde la liturgia, siguiendo al pie de la letra los textos bíblicos, nos lega: tomó un pan, lo partió y dijo: este es mi cuerpo… lo mismo hizo con el cáliz, diciendo: esta es mi sangre derramada por ustedes.
Sin forzar mucho el texto pienso se pueda usar una paráfrasis de este relato sagrado y en conformidad a la lógica, podemos usar la variante: en la noche en que iba a ser entregado, Cristo se partió y se entregó a sus discípulos, diciendo: Esto es mi cuerpo. Estamos frente a un Cristo partido, que se entrega, que se vuelve pan del camino, sangre derramada de reconciliación y salvación.
El Papa destaca en el número 11 de su Encíclica, como la institución de la Eucaristía nace en un contexto de pasión y de amor. Cristo sella con su muerte la vida de sus discípulos y de toda la humanidad.
El contexto sabe a despedida, que dentro de poco se trasformará en agonía. Es la separación que divide por la muerte percibida ya inminente. La tristeza de Cristo en los sinópticos, la conmoción que pasa por momentos contemplativos, otros proféticos y otros aun de íntimo amor con sus discípulos (no les digo siervos, sino amigos) en el Evangelio de Juan, relatan un cuadro psicológico de nuestras muertes. Es el tener que irse y al mismo tiempo el deseo de anclarse con las personas amadas. Cristo inventa en este momento la forma de amarrarse con nosotros, de afianzarse en un puente de comunión que ni la muerte derrumbará: se hace memorial viviente.
Todo aquel que haya escuchado el latir del corazón de un migrante, sobre todo si padre y esposo, o hijo que haya asumido el cuidado de sus padres, ha sido contagiado por el vibrar de este pacto de sangre, de este romperse y entregarse, a costa de su vida. Salir de mi tierra y dar la espalda a mi casa fue la primera experiencia de muerte, me decía un indocumentado nicaragüense.
Partir para vivir, morir para amar
La decisión de migrar penetra en el corazón del migrante como experiencia de muerte, lo aplasta en sus raíces hasta desgarrarlo. Él sabe que tendrá que brincar una zanja, abrir un vacío entre si mismo y quienes quedan, desaparecer al horizonte, aceptar de ser tragado por un tiempo de silencio, por la incertidumbre del mañana. Al mismo tiempo quiere encadenarse a su hogar: lo hace con promesas, con un recuerdo, con besos y seguido con lágrimas.
En la institución de la Eucaristía se percibe este drama. Un Cristo que dice: me verán por un tiempo luego no me verán más, pero volveré a ustedes (Cf. Jn14,28 y passim). Cuando el Papa afirma que Cristo ha vuelto al Padre sólo después de habernos dejado el medio para participar de él (11), y más adelante hablando de su sangre derramada continua diciendo: manifestó su valor sacrifical, haciendo presente de modo sacramental su sacrificio, que cumpliría después en la cruz algunas horas más tarde, para la salvación de todos (12), nos da una pauta para la primera relación entre Eucaristía y migración.
Demasiadas veces somos espectadores del río de migrantes que pasa por nuestras fronteras, que van merodeando en nuestras plazas. Ignoramos su tragedia, la herida todavía abierta por una decisión que la mayoría quisiera no tomar nunca. Esta ruptura tiene como destinatarios a sus familiares, las bocas de un hogar, el gemido a veces de pequeños que piden a la Providencia de Dios que se haga presente, que se vuelva ángel del camino.
Después del huracán Mitch un joven papá hondureño quería quitarse la vida: lo había perdido todo, desde su casa hasta su esposa y sus hijos. Tan solo había salvado la más pequeña, nadando en contra de la corriente. Incorporándose en la ribera del río volteó para decirle a su esposa que ya estaban a salvo, cuando el río crecido se lleva a su choza y a la esposa con los otros dos niños. Me decía entre sollozos: subí la cuesta arriba, corriendo hasta donde mi madre. Se la entregué decidido a volver al río y morir con mi hogar. Su madre vendió una pequeña televisión y con 300 lempiras lo envió al Norte. Él me decía: 300 lempiras, padrecito, le dieron rostro a la esperanza. Partió por la vida de esta pequeña y de su madre, compartió conmigo unas lágrimas y hoy está en Chicago.
Quedé pasmado por esta expresión: le dieron rostro a la esperanza. En aquel panecito eucarístico Dios moldea la esperanza de nuestro peregrinar. Es un mosaico que va ensamblando pieza por pieza con cada uno de nosotros, con las luces y las sombras del camino de la migración. Cuando Cristo se memorial de eternidad, se hermana a cada hijo e hija del camino, tendidos hacia el mañana y con el recuerdo del ayer. Son dos mundos que se ciernen como horizontes sobre su vida. El discurso eucarístico del Cristo en el capitulo 17 de Juan está empapado de esta sensación. Yo ya no estoy en el mundo, pero ellos sí están en el mundo, y yo voy a ti. Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros. Cuando estaba yo con ellos, yo cuidaba en tu nombre a los que me habías dado. He velado por ellos y ninguno se ha perdido No te pido que los quite del mundo, sino que los protejas del maligno… Padre, los que tú me has dado, quiero que donde yo esté estén también conmigo.
Todo migrante puede hallarse en esta plegaria de Cristo. Pide a Dios que proteja su familia, que los cuide, que un día puedan estar otra vez juntos. Es un puente que se estira hasta rechinar bajo la conmoción de la despedida y nada deja al azar. Se puede comparar a una pequeña misa la que sella la despedida para el Norte: oración, abrazo de paz y comunión, la bendición final.
Es un sacrificio callado el de miles de migrantes. Un sacrificio que más tarde y no siempre se vuelve memorial. Seguido la muerte que no deja rastro, la derrota, el olvido recluyen aquel sacrificio en una fosa común, que tan solo la resurrección entregará de vuelta en cielos nuevos y tierra nueva.
Camino como catedral celebrativa de la migración
El Papa recuerda en su Encíclica los diversos altares de la Eucaristía en su vida.
He podido celebrar la Santa Misa en capillas situadas en senderos de montaña, a orillas de los lagos, en las riberas del mar; la he celebrado sobre altares construidos en estadios, en las plazas de las ciudades... Estos escenarios tan variados de mis celebraciones eucarísticas me hacen experimentar intensamente su carácter universal y, por así decir, cósmico. ¡Sí, cósmico! Porque también cuando se celebra sobre el pequeño altar de una iglesia en el campo, la Eucaristía se celebra, en cierto sentido, sobre el altar del mundo. Ella une el cielo y la tierra. Abarca e impregna toda la creación (8).
El migrante pasa días y semanas en esa catedral cósmica que es la naturaleza, con el cielo por techo y los animales por compañeros. En los testimonios de muchos de ellos los labios se sueltan en la oración callada de la noche, la mano se estrecha casi a sentir la presencia de Dios, que lo puede cobijar y puede ser la línea telefónica con su hogar lejano. No es una celebración litúrgica según las rúbricas de la iglesia. Sin embargo se expresa en:
acción de gracia, por haberlos sacado adelante en el camino, por haber superado un retén o haber escapado de los asaltos de los bandidos;
reconciliación y perdón: la lejanía del hogar y de la patria, la soledad en el descampado desatan muchas veces un examen de conciencia que desemboca en la necesidad de purificar un pasado a veces turbio, unas culpas calladas;
solidaridad: en el camino el migrante comparte desde su propia pobreza;
memorial, donde el pasado se sosiega y se vuelve a veces contemplación callada de su propia historia.
Escuchando sus historias, viéndolos llegar en grupitos de varias nacionalidades, edad, cultura y hasta religión, nuestra mente se remonta a un pasaje de la Didaché referente al pan eucarístico y al vino: eran espicas dispersadas en nuestros campos, era uva diseminada en nuestras colinas y hoy son pan y vino en la misma eucaristía. Son riachuelos que desembocan en un río hasta hundirse en el océano de nuestra humanidad.
¡Gracias a Dios estamos libres y vivos!, me decía un Salvadoreño llegando al Río Bravo: ¡hemos escapado como pájaros de la red del cazador! Otro nos confesaba en una charla de formación: salí drogadicto y borracho de mi pueblo, el camino fue como un bautismo de liberación y purificación. No voy a echar más en saco roto mi vida. Otro en fin: andaba peleado con mi padre, había llegado a faltarle de respeto: hoy me voy al Norte para enviarle el sustento que se merece.
Liturgia en devenir - en camino
Hay una nota formulada como pregunta en el número dos de la misma Carta Encíclica: Los Apóstoles que participaron en la Última Cena, ¿comprendieron el sentido de las palabras que salieron de los labios de Cristo? Quizás no. Aquellas palabras se habrían aclarado plenamente sólo al final del Triduum sacrum, es decir, el lapso que va de la tarde del jueves hasta la mañana del domingo. En esos días se enmarca el mysterium paschale; en ellos se inscribe también el mysterium eucharisticum (2).
Para el migrante, y para muchos de ellos que ni siquiera son católicos, se trata de un misterio que viven como una peregrinación diría dentro de un túnel, envueltos de neblinas. Muchas veces carcomido por el miedo, las dudas, el coraje de la impotencia. Es un éxodo que se desgrana a través de muchas etapas. Como el pueblo de Dios en el desierto conoce la tentación del regreso, la nostalgia que puede volverse grillete, que lo amarra atrás, hacia barcos ya quemados. Conoce momentos de alegría como el agua que brota en el desierto, o cuando una mano se tiende para ofrecerte una tortilla o un tejaban que te proteja por una noche. El dolor, las derrotas, la discriminación y la soledad hace del migrante el depositario de un misterio que lo rebasa. Sin saberlo completa en su crucifixión cotidiana lo que aún es la sed del Cristo en su pasión y muerte.
Nuestros migrantes no entienden mucho de lo que está pasando en este mundo. Para la mayoría términos como globalización, caída del precio del café en los mercados internacionales, volatilidad de la Bolsa valores etc. son palabra ajenas. Ni entienden porque Diosito les ha dado una tierra amarga o los ha dejado pobres, pero con Pedro dicen: ¿a quien iremos?
Cuantas veces escuchamos en sus testimonios esta fe ciega, abandonada, agarrada de una mano invisible, muchas veces colgada sobre un abismo. Los migrantes van construyendo su liturgia a lo largo de una vereda que ni saben cuando y donde terminará. Su eucaristía pasa siempre a través del dolor, está empapada de lágrimas y la distancia que los separa de sus queridos en la nueva tierra asume el rostro de un acantilado y de un nuevo Getsemani.
En aquel huerto quedan aún hoy algunos árboles de olivo muy antiguos. Tal vez fueron testigos de lo que ocurrió a su sombra aquella tarde, cuando Cristo en oración experimentó una angustia mortal y "su sudor se hizo como gotas espesas de sangre que caían en tierra" (Lc 22,44). La sangre, que poco antes había entregado a la Iglesia como bebida de salvación en el Sacramento eucarístico, comenzó a ser derramada; su efusión se completaría después en el Gólgota, convirtiéndose en instrumento de nuestra redención (3).
Yo diría que los migrantes también son testigos con los olivos del Getsemani del dolor de Cristo, de su sangre. ¿Como no relacionar esta pasión de Cristo con la de miles de indocumentados que han sellado con sus vidas un? Via Crucis demasiadas veces olvidada? Las fronteras de nuestro planeta están llenas de tumbas desconocidas. Un migrante nicaragüense me decía: ¡mira a tu alrededor, padrecito, este ya es un cementerio sin cruces...! Desconocidos, anónimos, son las hijas e hijos de Dios y de América latina que van abriendo una Via Crucis hacia un Calvario hermanado con el Cristo y tendidos ya hacia el jardín de la resurrección.
Será el Cristo Eucaristía que se hace eucaristía espiritual con todos estos hermanos y hermanas los más pequeños la fuente que transfigura sus esperanzas a veces destrozadas. Elías se fue un día de camino por el desierto. Luego vino, se sentó debajo de un arbusto de retama y ansiando morirse dijo: ¡Basta ya, Yahwé! ¡Quítame la vida, porque yo no soy mejor que mis padres! Se recostó debajo del arbusto y se quedó dormido. Y he aquí que un ángel le tocó y le dijo: Levántate, come. Entonces miró, y a su cabecera había una torta cocida sobre las brasas y una cantimplora de agua. Luego comió, bebió y se volvió a recostar.
Entonces el ángel de Yahwé volvió por segunda vez, y le tocó diciendo: Levántate, come, porque el camino es demasiado largo para ti. Se levantó, comió y bebió. Luego, con las fuerzas de aquella comida, caminó cuarenta Días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios.
Es un pasaje de claro contenido eucarístico y litúrgico. El migrante encuentra en su peregrinar Ángeles de Dios, que lo levantan y apuntan hacia el monte de Dios. Uno de ellos nos decía: las Casas del Migrante son un poco como una madre en el camino…
El camino para unos migrantes se trasforma en la calzada de Emaus, donde encuentran unas posadas de la iglesia, que se hace pan partido de la caridad, que se dobla para lavarles los pies y secárselos. Es una calzada que se depara entre luces y sombras, como decía arriba, una calzada donde la derrota aflora en cada paso y la ilusión se va desmoronando hasta volverse decepción. El Cristo se hace encontradizo, escucha sus historias, vuelve a ser el samaritano del camino que cobija de misericordia las heridas y se ofrece como el pan de los fuertes.
Puede ser que esta calzada no siempre desemboque en aquel se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero ciertamente en un corazón que se recobra del frío del rechazo y de la soledad.
Los Albergues, las Casas del Migrante, el patio o los salones de una parroquia son un poco el cuarto del segundo piso, donde Cristo quiso que se le preparara la Pascua.
Jardín de la resurrección
La Pascua de Cristo incluye, con la pasión y muerte, también su resurrección. Es lo que recuerda la aclamación del pueblo después de la consagración: "Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección". Efectivamente, el sacrificio eucarístico no sólo hace presente el misterio de la pasión y muerte del Salvador, sino también el misterio de la resurrección (14).
El migrante tiene que inventar los motivos de su esperanza, buscar las razones de su canto. A veces la esperanza del indocumentado se reduce a una piedra del camino que va pateada para poder seguirla viendo delante de él. Su camino se parece a un Via Crucis, marcado por latigazos y por el desprecio de los demás, pero también por el encuentro con los Cireneos que tienen muchos rostros; con las mujeres de Jerusalén que son la viejita de un changarro que le ofrece una fruta o un taco, de la mamá que te invita por un vaso de agua. Cuando todo parece acabarse y hundirse en la muerte, el Cristo se hace encontradizo como con la Magdalena, los discípulos desanimados, las mujeres espantadas y los apóstoles dudosos. La piedra del sepulcro es removida, aquellas heridas del Cristo profundas hasta su corazón se despliegan como cicatrices de luz.
La Eucaristía se relaciona con la resurrección, porque fundamentalmente es un don de vida. Se hace pan partido para con los demás, pan partido del camino, diría tortilla amasada de ternura. Es lo que experimentamos en la migración: la decisión de partir nace por una entrega de vida, se hace rostro de la Providencia de Dios que quiere seguir alimentando a los pájaros del cielo y vistiendo a los lirios del campo: lo hijos, los padres, la esposa y los hermanos valen mucho más de todos los pájaros y lirios.
Diaconía del mundo
Muchos son los problemas que oscurecen el horizonte de nuestro tiempo. Baste pensar en la urgencia de trabajar por la paz, de poner premisas sólidas de justicia y solidaridad en las relaciones entre los pueblos, de defender la vida humana desde su concepción hasta su término natural. Y ¿qué decir, además, de las tantas contradicciones de un mundo "globalizado", donde los más débiles, los más pequeños y los más pobres parecen tener bien poco que esperar? En este mundo es donde tiene que brillar la esperanza cristiana. También por eso el Señor ha querido quedarse con nosotros en la Eucaristía, grabando en esta presencia sacrificial y convival la promesa de una humanidad renovada por su amor. Es significativo que el Evangelio de Juan, allí donde los Sinópticos narran la institución de la Eucaristía, propone, ilustrando así su sentido profundo, el relato del "lavatorio de los pies", en el cual Jesús se hace maestro de comunión y servicio (Cf. Jn 13, 1-20) (20).
¿Por qué no relacionar los migrantes con el Cristo, servidores del progreso, callados constructores del bienestar de muchos de nosotros, piedra sacrifical de muchos monumentos de la globalización? Cristo contesta a la persecución con un acto de servicio. Los pobres siguen siempre este esquema. Es la mano de obra barata, así como el Cristo era un Judío marginal que el imperio podía tranquilamente sacrificar. Pero la historia hablará un día de él y hablará de este ejército de peones del silencio y del trabajo, que han abierto nuestras carreteras, han levantado nuestras ciudades, han limpiado en la noche nuestras calles y los cuartos lujosos de hoteles que quedarán imposibles al alcance de sus sueldos.
Maria y la migración
Pero, más allá de su participación en el Banquete eucarístico, la relación de María con la Eucaristía se puede delinear indirectamente a partir de su actitud interior. María es mujer "eucarística" con toda su vida. La Iglesia, tomando a María como modelo, ha de imitarla también en su relación con este santísimo Misterio (53).
Si es cierto que el migrante no anda embarazado de Dios como Maria, que se vuelve el primer sagrario de nuestra historia, pero sí anda embarazado de una imagen que Dios le ha dejado, anda cargando valores que se han transmitido de padre en hijo y donde Dios en tiempos y modos distintos se ha dado a conocer. Si para Isabel el encuentro con Maria fue motivo de alegría, así el encuentro con el migrante es encuentro con un rostro distinto de Dios, que habla otro idioma, que tiene otros rasgos, que viene de lejos. Dios escoge a una mujer sencilla del pueblo, le pide un simple sí, establece una alianza desconocida a los poderosos y lleva a cabo su plan de salvación. No es el ruido, no son las fachadas de la televisión o de los políticos los que impresionan a Dios: es el sí repetido a veces entre dientes, agobiados por la sed o el miedo, que apenas susurra: ¡aquí estoy!
El Cristo crucificado, resucitado, peregrino
El Cristo crucificado tan hijo de nuestra tierra, tan hermano de nuestra gente, tan identificado con los pueblos de las cordilleras como de la costa, del Norte como del Sur. Un Cristo que grita aquel porque me has abandonado y al mismo tiempo afirma que todo se ha cumplido. Es la derrota histórica que se vuelve victoria del Reino. Es la dimensión de la eucaristía, de un Cristo partido por y para con la humanidad. Tenemos que volver al misterio profundo de la eucaristía destacando dos de sus componentes: el memorial y el banquete.
El memorial como celebración de la vigilia de todo un pueblo que agoniza en la esclavitud y vislumbra al mismo tiempo el amanecer de la Pascua. Un pueblo con los huaraches puestos, el cayado en la mano, la túnica apretada a la cintura para salir de viaje. Es el memorial donde se da simultáneamente el primer paso afuera de la esclavitud, el primer paso en el umbral de un éxodo que dejará en la boca por muchos años todavía sabor a amargura y muerte antes de desembocar en la Pascua. La eucaristía se celebra así como pan de vida y pan del camino, como el nuevo maná distinto del maná de nuestros padres, de esta sociedad que queremos dejarnos atrás, sacudírnosla como polvo de muerte. La memoria histórica, vivencial y litúrgica de nuestro pasado lleno de esperanza, porque impulsado por valores e ideales debe volver a ser la materia sacramental de esta eucaristía preñada otra vez de esperanza.
El banquete es el otro aspecto de la eucaristía, es el sello de una comunidad reunida en vigilia de éxodo y de muerte (crucifixión) que anticipa la Pascua. El banquete eucarístico tiene que volverse la dimensión cotidiana y vivencial de América latina, su cita con un Cristo que sigue compartido – crucificado y resucitado al mismo tiempo. El banquete es siempre fiesta, aún que se celebre la muerte, porque nuestra muerte latino americana y luego cristiana siempre ha sido grávida de resurrección. Nosotros no somos como los que no tienen esperanza, grita Pablo en I Tes.4, 13. Nuestras marchas y nuestras manifestaciones, las luchas como las protestas tendrán que saber en futuro a banquete eucarístico, donde se celebra a un Cristo que lava los pies y se entrega como carne desatada de salvación; donde se celebra la traición primero de un Judas y después del príncipe de los apóstoles: ¿Pedro, Satán ha pedido permiso para sacudirte? (Lc22,31).
Los dos momentos eucarísticos desde un punto de vista celebrativo teológico y espiritual tienen que regresar al camino que lleva a Emaus: es una liberación progresiva que pasa por la duda y la resignación, pero pasa también a través de las aldeas, los campos y las colinas que separan Jerusalén de Emaus. ¿Que quiero decir? El lugar celebrativo de nuestro camino, de aquel éxodo de América latina que desemboque en la Pascua tiene que pasar a través de nuestros campos y veredas, de nuestros hogares, fabricas y calles, en la sierra como en la costa, en el desierto así como en la selva. Tiene que hacer temblar los muros de Jericó en los bancos, en las instituciones, en el ejercito y todo tipo de poder y cadenas. Es un camino especifico y original amarrado al alma de este continente: América latina tiene su encarnación pascual, sus rasgos teologales de historia de salvación.
El Cristo resucitado como aval de nuestra esperanza. Un Cristo resucitado que sigue teniendo las heridas, aún que sean salpicadas de luz, un Cristo resucitado que aparece y desaparece, que tocas y desvanece, que te sale al encuentro y no puedes detener ni de El colgarte (Jn 20,17). Más que de apariciones tenemos que hablar de encuentros con el Resucitado: la resurrección no es un milagro donde haya técnicos o reporteros que relatan el acontecimiento: la resurrección es esencialmente encuentro con el Viviente que me transforma en testigo y en sacramento de resurrección. Para usar el pasaje de una poesía latinoamericana tenemos que volvernos amenazas de resurrección. Una vez que se lleva a cabo el encuentro con Él, el Cristo desaparece de la vista, porque se ha encarnado en el corazón del testigo. Es el Cristo que reúne la comunidad apostólica desecha por el escándalo de la cruz, una comunidad echa pedazos, con las heridas de la traición, de la decepción y resignación. El Resucitado se hace camino con cada uno según su momento y su pasado. Distinto es el encuentro con Tomas del encuentro con Juan donde el sepulcro vacío se vuelve para el discípulo que Él amaba en experiencia de resurrección (Y vio y creyó). Se trata de una esperanza que tenemos firme en nuestro puño, porque el Cristo nos amarró de vida y sin embargo el otro cabo del mecate seguido se pierde por momentos en la noche, se hace nudo delante de cada nueva muerte y derrota, sumergidos a veces por olas arrasadoras: El Señor ha resucitado.
El Cristo peregrino en una comunidad peregrina, que anda con nosotros hacia la ciudad que no se acaba, hacia la Pascua de los hijos y hijas de resurrección y que es al mismo tiempo crucificado y resucitado, que como los dos discípulos de Emaus ves y no reconoces, te ilumina y te hace arder el corazón y sin embargo no te abre todavía los ojos. Es el Cristo que ha dejado el sepulcro vacío para llenar el vacío de nuestros corazones y que nosotros buscamos en la tumba cuando Él anda en las aldeas, veredas y avenidas de nuestros días. Es el Cristo que prepara la liturgia de la esperanza en la calle para celebrarla después en la posada hecha catedral. Tal vez en nuestra historia recién hemos separado la calle de la posada, el templo de la aldea, el campo de la ciudad. Emaus y Jerusalén después del encuentro con el Cristo peregrino se reúnen en el testimonio-celebración de los dos discípulos que re-encuentran la comunidad con la que habían roto y de la que se habían alejado. La grande novedad del Cristo crucificado, resucitado y peregrino es el hacerse encuentro que genera la comunidad vuelta misión y testimonio. El Cristo de la resurrección sigue llevando las cicatrices de las heridas, así como los dos discípulos y la comunidad apostólica seguirán por mucho tiempo mostrando las cicatrices de la duda, de la ruptura, de la incredulidad, pero ya están mojados de la vida de la resurrección.
Este es el grito de esperanza de América latina: ninguna escuela de guerra o de economía puede destruir nuestra vida que ya ha pasado por la muerte. Como el Cristo tenemos que dejar un sepulcro donde quieren custodiarnos, los soldados, el poder y los mismos discípulos e irnos a la huerta, a la aldea, a los cenáculos, donde nadie nos busque para celebrar nuestro encuentro de resurrección.
En una esperanza en gestación. Como por una criatura en el seno materno no sabemos todavía sus rasgos y sus detalles. Tan solo sabemos que está viva y engendrará vida.