V CONFERENCIA GENERAL DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO Y DEL CARIBE
Apuntes para el II Encuentro
Continental Migración y Refugio
Bogotá, 01 de junio de 2006
+Andrés Stanovnik OFMcap.
I. Convocados por el Santo Padre
II. Convocados a participar activamente
III Convocados a ser discípulos y misioneros
IV. Una mirada a los Documentos de las Conferencias Generales
V La Movilidad Humana en el Documento de Participación y las Fichas de Trabajo
El Santo Padre Benedicto XVI, acogiendo favorablemente el deseo
manifestado por el CELAM y teniendo en cuenta el bien de la Iglesia en nuestro
continente, ha convocado formalmente para los días del 13 al 31 de mayo del año
2007 la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, cuya
sede será la ciudad de Aparecida en Brasil. El tema de la Conferencia será: “Discípulos y misioneros de Jesucristo, para
que nuestros pueblos en Él tengan vida” - “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn. 14, 6).
Este gran acontecimiento eclesial es un don de Dios y como tal pide ser acogido
en la fe.
La fe nos lleva a buscar en Dios, misterio de comunión y de amor, el
fundamento último de esta convocación. Jesucristo nos revela que la vida
divina es comunión trinitaria. De ella procede todo amor y toda comunión, y
hacia esa comunión el Espíritu Santo guía su Iglesia. El Espíritu habita en la
Iglesia y en los corazones de los fieles como en un templo, guía hacia toda
verdad (cf. Jn 16, 13) y unifica en
comunión y ministerio (cf. LG, 4).
Por Cristo, con Él y en Él, entramos a participar en la comunión de vida con
Dios. En este misterio de comunión trinitaria se inspiran los criterios de
participación.
¿Quiénes son los convocados a participar en este acontecimiento
eclesial? La
Conferencia General es una reunión de obispos y ellos son los primeros
convocados a participar. Sin embargo, este acontecimiento no se limita sólo a
los días de la reunión, sino que va precedido por un amplio período de
preparación y deseamos que fuera seguido luego por otro amplio período de
misión en el continente. Es decir, la V
Conferencia General se configura con un antes, un durante y un después:
preparación-celebración-misión. En este extenso arco, todo el Pueblo de Dios
que peregrina en América Latina y el Caribe, a través de sus Pastores, ha sido
convocado a participar activamente en todas las etapas de la V Conferencia.
Pero es durante el período de preparación cuando se produce la más amplia participación,
puesto que todo el Pueblo de Dios ha sido convocado a colaborar con la oración,
la reflexión y la contribución de sus aportes al tema de la V Conferencia. En
cambio, en la celebración misma, participan miembros delegados que representan
a obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos y religiosas, laicos y observadores
de otras confesiones cristianas, salvando siempre el carácter episcopal del
acontecimiento.
La convocatoria a participar
en la V Conferencia es un verdadero don de Dios a nuestras Iglesias. Y,
mientras renovamos la fe en este misterio de comunión, promovemos confiadamente
un amplio proceso participación en nuestras Iglesias locales y entre ellas.
Como lo acabamos de señalar, la convocatoria a participar es del Santo
Padre, no es del CELAM. Los convocados no son los obispos del CELAM. Los
convocados a la V Conferencia General son los Episcopados de América Latina y
del Caribe. Por lo tanto, las Conferencias Episcopales y, a través de ellas,
las Iglesias locales, tienen una responsabilidad y un protagonismo
insustituibles en la preparación y celebración de la Conferencia General.
El Santo Padre nos ha convocado a reflexionar sobre el tema: “Discípulos
y Misioneros de Jesucristo, para que nuestros pueblos en Él tengan vida” – “Yo
soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14, 6). Con los aportes que han dado los Obispos del
Continente sobre este tema, el CELAM ha preparado el Documento de Participación y las Fichas de Trabajo. En el período actual –relativamente próximo a la
celebración de la V Conferencia– ese material está en manos de las Conferencias
Episcopales y a través de ellas en las Iglesias locales, organismos episcopales
y diversas instituciones que funcionan en el ámbito de sus jurisdicciones, como
también en los organismos de alcance continental con diferentes vínculos a la
Iglesia, para su estudio y elaboración de aportes.
Mediante este proceso de participación se desea
desencadenar un movimiento espiritual de conversión y acción misionera. Un proceso en el cual
crezca la gratitud y la autoestima por el don de ser católicos; un proceso
pedagógico, ya que se trata de formar discípulos y misioneros de Jesucristo; un
proceso de discernimiento, ya que pone en contacto con los dolores de parto de
una nueva época, cuyos síntomas requieren discernimiento; un gran proceso de
compromiso laical, para transformar el mundo construyendo el Reino; y un gran
despertar misionero.
Como resultado de este período de participación se elaborará el Documento de Síntesis, que recogerá
básicamente los aportes enviados de las Conferencias Episcopales. Por otra parte, se tomará en cuenta
también el aporte de las directivas de organismos latinoamericanos con alguna
vinculación a la Iglesia, el aporte de seminarios y encuentros continentales
sobre temas específicos del Documento de
Participación; y la contribución que hará un equipo de reflexión, que será
convocado para esa tarea en los próximos meses. Así como el Documento de Participación no fue un
documento elaborado por el CELAM, así tampoco el Documento de Síntesis será un documento del CELAM. Ambos son
resultado de la participación y reflexión conjunta de los Obispos del
Continente, de sus Iglesias Particulares y de las Conferencias Episcopales a
través de sus comisiones y organismos, con la colaboración y el servicio del
CELAM.
El núcleo del tema se centró en el “discipulado” como una propuesta que
especifica y profundiza el “encuentro con Jesucristo vivo”. Con este término se quería indicar
el sujeto al cual evangelizar. Ese sujeto toma su identidad de su relación con
Jesucristo. Este tema quiere profundizar la iniciación cristiana, y con ello
fortalecer la raíz de la vida cristiana y su identidad católica. Así mismo,
busca fortalecer la identidad de los laicos, de modo que sean coherentes con su
fe como constructores de una sociedad más justa y más fraterna.
El discípulo de Jesucristo es un discípulo en comunidad. La dimensión
eclesial es esencial para comprender de qué discipulado se trata. Por eso,
discípulos de Jesucristo en la Iglesia católica. Hoy, ante la proliferación de ofertas
religiosas en el mercado de las religiones, cobra una relevancia particular la
identidad católica del discípulo y su inserción viva en la comunidad. Desde
luego, también para el diálogo ecuménico e interreligioso es fundamental la
claridad de las identidades en aquellos que se disponen a compartir entre sí
sus riquezas y diversidades.
El discípulo es para la misión. “Es necesario formar
cristianos ‑se trata de los laicos, hombres y mujeres, de las religiosas
y los religiosos, los diáconos, los sacerdotes y los obispos‑ que
evangelicen con nuevo ardor, nuevos
métodos y nueva expresión, a fin de que el Evangelio confiera a la vida y a
la convivencia humana su sentido pleno, sea realmente el alma de nuestras
familias y el fermento de nuestras culturas, y configure los ambientes y las
estructuras sociales”, se dijo en el encuentro de Puebla[1], recordando el
Este discípulo ha de ser misionero “al inicio del Tercer
Milenio”, en un continente que se consideraba católico y ahora se encuentra en
un mundo plural, en el que constata incoherencias de quienes tienen una identidad
católica débil y en un mundo en acelerado proceso de globalización, que exige
identidades fuertes y capaces de interactuar. Sin embargo, también constata
comunidades cristianas como verdaderos lugares de encuentro con Cristo, de
oración, formación y solidaridad cristianas y confía en el Señor. Entre los
nuevos desafíos reconoce que es necesario superar visiones no trascendentes de
la transformación del mundo, rechaza el relativismo moral y el agnosticismo.
Siente que es imprescindible impulsar una pastoral que conduzca a un nuevo
compromiso con la ética y con el bien común, de modo especial a los católicos
que se dedican a la política, a la economía, a la comunicación social y a la
empresa. La acción evangelizadora debe tener una influencia más eficaz en el
amplio ámbito de los centros educativos y poner en juego todas sus
potencialidades en el compromiso con Jesucristo y con el Reino, con nuevo ardor
y entusiasmo misionero[2].
La Iglesia ha tenido siempre una especial preocupación por el migrante y
el refugiado[3]. En nuestro continente aparece con fuerza esta preocupación en la I
Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Rio de Janeiro (1955). En la Carta Apostólica Ad Ecclesiam Christi, que el Papa Pío
XII dirigió a los obispos reunidos en Rio, señalaba como de “suma importancia”
el intenso desplazamiento de las gentes y reclamaba la hospitalaria caridad de
América[4]. En esa misma Carta, el Papa
mencionaba la Constitución Apostólica Exsul
familia, de su autoría, en la que se establecieron “preceptos y normas
principalmente en lo que a la asistencia espiritual de los emigrantes se
refiere”. Esta Conferencia General fue muy atenta al apelo del Sumo Pontífice y
ha dedicado un capítulo al tema “Inmigraciones y gente de mar”, dando
indicaciones precisas sobre el particular.
La II Conferencia General, celebrada en Medellín en el año 1968, es
mucho menos explícita sobre el tema de las migraciones. La escasa referencia a nuestra
problemática se encuentra mencionada dos veces indirectamente. La primera en el
contexto de la pastoral popular, donde se constata que hay un proceso de
transformación cultural y religiosa, y en consecuencia, la evangelización del
continente experimenta serias dificultades, que se ven agravadas entre otros
factores por las migraciones internas[5]. Y la otra referencia se encuentra
en el contexto de los desafíos pastorales que se presentan al Movimiento de
Laicos el fenómeno de la movilidad y la aglomeración urbana, entre otros[6].
La Conferencia General de Puebla (1979), da un paso adelante en la descripción de la realidad de
“inhumana pobreza en la que viven millones de latinoamericanos” que se
manifiesta a través de las migraciones masivas y en varias otras expresiones[7]. Al mismo tiempo, esta Conferencia
profundiza su visión pastoral y reconoce a América Latina como “el espacio
histórico donde se da el encuentro de tres universos culturales: el indígena, el
blanco y el africano, enriquecidos después por diversas corrientes
migratorias”, que exigen un atento discernimiento de sus “vivencias religiosas
marcadas por el Evangelio”, donde emergen y se entremezclan cosmovisiones ajena
a la fe cristiana, que con el tiempo “introducen en nuestro continente nuevos
enfoques sobre el hombre que parcializan o deforman aspectos de su visión
integral o se cierran a ella”[8]. Ante los nuevos desafíos
pastorales, Puebla se pregunta “qué es evangelizar” y luego de recorrer los
contenidos fundamentales de la evangelización, identifica entre las situaciones
nuevas que nacen de cambios socio-culturales y requieren una nueva Evangelización
a “los emigrantes a otros países” y a “las grandes aglomeraciones urbanas en el
propio país”[9].
La Conferencia de Santo Domingo (1992) empieza con una
mirada de fe sobre el fenómeno de la movilidad humana. Esa mirada de fe
confiesa que “el Verbo
de Dios se hace carne para reunir en un solo pueblo a los que andaban
dispersos, y hacerlos “ciudadanos del cielo” (Flp 3, 20; cf. Hb 11, 13-16). Así
el Hijo de Dios se hace peregrino, pasa por la experiencia de los desplazados
(cf. Mt 2, 13-23), como un migrante radicado en una insignificante aldea (cf.
Jn 1, 46). Educa a sus discípulos para ser misioneros, haciéndoles pasar por la
experiencia del que migra para confiar sólo en el amor de Dios, de cuya buena
nueva son portadores (cf. Mc 6,6b-12)” (n. 186).
El panorama sobre fenómeno de las
migraciones que ofrece Santo Domingo es mucho más completo. En esta Conferencia
se adopta la expresión “movilidad humana” a la que dedica un apartado (n.
186-189) y lo coloca en el Capítulo II “La Promoción humana”, dentro del
contexto más particular de “Los nuevos signos de los tiempos en el campo de la
Promoción Humana”[10]. Después de describir las variadas
situaciones por las que atraviesan los migrantes y los fenómenos nuevos que se
presentan en torno a este tema, el Documento propone las líneas pastorales[11], para responder a la realidad
actual de la movilidad humana.
Por último, una mirada a Ecclesia
in America, nos muestra que la Exhortación ya desde el comienzo “constata
que la fisonomía religiosa americana es fruto de la evangelización, que ha
acompañado los movimientos migratorios desde Europa, impregnada de los valores morales que pueden
considerarse en cierto modo patrimonio de todos los habitantes de América,
incluso de quienes no se identifican con ellos” (n. 14).
A continuación, en el Capítulo V hay
un apartado que trata específicamente “La problemática de los inmigrados” (n.
65). Empieza constatando que “el Continente americano ha conocido en su
historia muchos movimientos de inmigración, que llevaron multitud de hombres y
mujeres a las diversas regiones con la esperanza de un futuro mejor. El
fenómeno continúa también hoy y afecta concretamente a numerosas personas y
familias procedentes de Naciones latinoamericanas del Continente, que se han
instalado en las regiones del Norte, constituyendo en algunos casos una parte
considerable de la población. A menudo llevan consigo un patrimonio cultural y
religioso, rico de significativos elementos cristianos”.
A continuación, la Iglesia confiesa
que “es consciente de los problemas provocados por esta situación y se esfuerza
en desarrollar una verdadera atención pastoral entre dichos inmigrados, para
favorecer su asentamiento en el territorio y para suscitar, al mismo tiempo,
una actitud de acogida por parte de las poblaciones locales, convencida de que
la mutua apertura será un enriquecimiento para todos”.
Luego de esta constatación,
interpela a las comunidades eclesiales para que “procuren ver en este fenómeno
un llamado específico a vivir el valor evangélico de la fraternidad y a la vez
una invitación a dar un renovado impulso a la propia religiosidad para una
acción evangelizadora más incisiva”. En seguida exhorta a la Iglesia en América
a “ser abogada vigilante que proteja, contra todas las restricciones injustas,
el derecho natural de cada persona a moverse libremente dentro de su propia
nación y de una nación a otra. Hay que estar atentos a los derechos de los
emigrantes y de sus familias, y al respeto de su dignidad humana, también en
los casos de inmigraciones no legales”. Con una sensibilidad muy respetuosa y
fraterna, pide que respecto a los inmigrantes se tenga una “actitud
hospitalaria y acogedora, que los aliente a integrarse en la vida eclesial,
salvaguardando siempre su libertad y su peculiar identidad cultural”[12]. Luego, en diversas partes, la
Exhortación vuelve sobre el tema y sugiere acciones pastorales en varios
niveles para responder a esta problemática[13].
Este recorrido que hemos hecho a
través de los documentos de magisterio episcopal latinoamericano y de la
Exhortación Apostólica Ecclesia in
America, nos ofrecen un fuerte testimonio de la creciente importancia que
tiene el fenómeno de la movilidad para la evangelización del continente. Este panorama debe motivarnos a una
participación amplia y activa en el estudio y la reflexión del Documento de
Participación, para ofrecer una contribución sustancial a los retos que hoy
presenta la movilidad humana para la evangelización del continente.
La primera referencia que hace el DPa
a la problemática de las migraciones se encuentra en el Capítulo III
“Discípulos y Misioneros de Jesucristo”, con el siguiente texto: “Encontrarse con Jesús
y ser misionero suyo prepara al discípulo a acercarse a los diversos grupos
culturales que requieren de una nueva cercanía y atención pastoral. Ellos son
los grupos indígenas, afrodescendientes y de inmigrantes, que requieren ser
mejor acogidos y estimados en la rica pluralidad de sus valores y expresiones
culturales; como también en la búsqueda de una mayor inculturación de la
liturgia. Asimismo, la pastoral urbana y, en particular de las megápolis, debe
estar atenta a encontrar nuevos modelos de evangelización, que tomen en cuenta
estos lugares de gran densidad poblacional, en muchos casos de hacinamiento y
de graves desarraigos familiares y culturales” (n. 83).
Es muy importante el contexto del Capítulo III, porque allí encontramos
la clave de lectura para acercarnos al desafío pastoral que nos presenta las
migraciones: ser Discípulo y Misionero de Jesucristo. Recordemos que
este capítulo “nos invita a ir al encuentro de Jesucristo y a permanecer en Él
como discípulos y misioneros suyos que viven en la comunión de la Iglesia,
proponiéndonos que profundicemos el contenido bíblico y teológico de nuestra
condición de discípulos y misioneros, como también que recorramos los caminos
para convertirnos realmente en discípulos y misioneros de Jesucristo, y para
que muchos lo encuentren y le sigan” (Introducción).
Como podemos notar, hay una fuerte acentuación en la persona que se encuentra
con el Señor. Esa acentuación pone de manifiesto un aspecto fundamental que
subyace al tema de la V Conferencia General y que se advierte en la
Presentación del Documento, donde dice que “Son tantos los desafíos al inicio
del tercer milenio que marcan nuestra vida personal, familiar, pastoral,
comunitaria y social, que queremos descender hasta llegar con profundidad al
sujeto que les dará respuesta, después de encontrarse con el Señor. Queremos
desplegar, con la ayuda de Dios, toda la riqueza del encuentro con Jesucristo
para formar los discípulos y misioneros
suyos, cuya vocación es configurarse con El, construir la comunión y
evangelizar”.
En la misma línea de
acentuación, reflexiona el Papa Juan Pablo II: “Antes de programar iniciativas
concretas, hace falta promover una
espiritualidad de la comunión, proponiéndola como principio educativo en
todos los lugares donde se forma el hombre y el cristiano, donde se educan los
ministros del altar, las personas consagradas y los agentes pastorales, donde
se construyen las familias y las comunidades. Espiritualidad de la comunión
significa ante todo una mirada del corazón sobre todo hacia el misterio de la
Trinidad que habita en nosotros, y cuya luz ha de ser reconocida también en el
rostro de los hermanos que están a nuestro lado” (NMI, 43).
Para completar el contexto de esta
primera referencia a las migraciones, debemos añadir que ese texto se encuentra
inserto en el apartado que considera a los “Discípulos para la misión”. El discípulo que se acerca al inmigrante
debe identificarse con Jesucristo, de Él recibe su identidad y su misión, con
Él aprende su estilo para acercarse y tratar al hermano y a la hermana
migrantes. Es muy importante destacar que el discípulo y misionero ve la
realidad que lo rodea, y en nuestro caso, el rostro del migrante, con la mirada
de Jesucristo. No se trata de una mirada exterior, o de una mirada analítica, o
de una mera mirada programática. Se trata primero de una mirada que crea
comunión porque nace de una experiencia de comunión. En efecto, el discípulo se
experimenta elegido y llamado a vivir en amistad con el Señor. De esa
experiencia de comunión nace la misión. Por eso la misión no puede sino generar
comunión como su primer y mejor efecto pastoral.
El Papa Benedicto XVI acaba de
señalar, recordando a Juan Pablo II, que “Mirar a nuestro tiempo con los ojos
de la fe significa ser capaz de mirar al hombre, al mundo y a la historia a la
luz de Cristo crucificado y resucitado, única estrella capaz de orientar «al
hombre que avanza entre los condicionamientos de la mentalidad inmanentista y
las estrecheces de una lógica tecnocrática» («Fides et ratio», 15)” (Benedicto
XVI, Discurso a los Superiores y
Superioras Generales de los Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida
Apostólica, 22.05.2006). Ése es la mirada que quisiéramos para el
discípulo, a fin de que su misión esté profundamente impregnada de su vida de
amistad con el Señor y sus acciones se distingan precisamente porque se
inspiran en esa experiencia de comunión.
La segunda referencia sobre nuestro tema la encontramos en el
Capítulo IV del DPa, cuyo título es
“Al inicio del tercer milenio”. Es el capítulo que se propone “abrir nuestros ojos a la realidad del
mundo y de la Iglesia al inicio del tercer milenio” y encontrarnos con los
grandes desafíos. “La voz del tiempo es voz de Dios. Él nos habla a través de
los acontecimientos y de las situaciones por las cuales atravesamos en nuestro
peregrinar. Muchas de ellas son situaciones muy dolorosas, por ejemplo, la
persistencia de la pobreza; otras muestran dudas y emancipaciones, mientras
otras hablan con gratitud de la siembra de vida nueva, de dones y carismas que
el Espíritu Santo sigue haciendo en nuestra Iglesia en América Latina y el
Caribe” (Presentación).
En el contexto de este capítulo y
dentro del tema de “La globalización: un desafío para la Iglesia” se constata
que “es creciente la movilidad humana, tanto interna como internacional, en
esta era de globalización. Sin embargo, las personas no logran desplazarse como
los capitales y los bienes. Esto se debe a la incoherencia de las políticas
económicas que persiguen la liberación en los movimientos del capital, pero no
el movimiento de las fuerzas de trabajo. Algunos países ven las inmigraciones
como una amenaza o una pérdida de su seguridad; y adoptan políticas y leyes muy
restrictivas para el control migratorio” (n. 123)[14].
En el mismo capítulo, pero en el tema “Los católicos y la Iglesia,
también ante otros desafíos”, encontramos otra referencia a tema de las
migraciones, en este caso como valoración por el aporte religioso y cultura
que el proceso inmigratorio significó en nuestro continente. Así es como en el
n. 141 se reconoce que “la religiosidad propia de los pueblos originarios del
continente, la fuerza transformadora de la evangelización y la fe católica de
fuertes inmigraciones del Viejo Mundo, han forjado los fundamentos de las
culturas y del pensamiento de nuestros pueblos; por eso se ha hablado entre
nosotros de que existe un substrato católico de nuestra cultura”. Y enseguida
comprueba que “hoy día desde muchos ángulos de la sociedad globalizada surgen
amenazas erosivas de este substrato, lo que debilita la presencia
evangelizadora de la Iglesia y carcome algo medular del patrimonio espiritual y
moral de América Latina y el Caribe”.
Finalmente, sin salirnos del
capítulo sobre los desafíos de la realidad, nos encontramos con el parágrafo dedicado exclusivamente a los
“migrantes, refugiados y desplazados de toda América Latina y el Caribe”.
La problemática está planteada casi exclusivamente desde la perspectiva de
preocupación de la Iglesia sobre el maltrato y la violación de la que son
objeto estos grupos humanos, con una mención muy escueta sobre la riqueza que
ellos representan para la Iglesia y para las sociedades que los reciben. El
parágrafo en cuestión dice que “La Iglesia ve con mucha preocupación la
violencia, el maltrato y la violación a los derechos fundamentales de los migrantes, refugiados y desplazados de
toda América Latina y el Caribe. Ellos interpelan a la Iglesia a comprenderlos,
recibirlos y valorizar su cultura y religiosidad. La Iglesia se preocupa de
ellos, ya que no puede aceptar que alguien sea marginado por ser extranjero o
discriminado por causa del color de su piel o de diferencia cultural. Los
inmigrantes enriquecen a la Iglesia con su diversidad y pueden ser un factor de
desarrollo para las sociedades que los reciben” (n. 153).
Como podrán notar, ese texto necesita mayor elaboración y para eso se
esperan las contribuciones que aportarán las comunidades cristianas y los
organismos especializados durante este tiempo de reflexión y estudio sobre el
Documento de Participación. Hay que tener en cuenta que un Documento donde
se abordará el vasto campo de la realidad de América Latina y el Caribe, no
podrá extenderse demasiado sobre una problemática en particular. Sin embargo,
es muy importante que cada tema particular tenga los conceptos fundamentales de
doctrina, describa los principales aspectos de su situación actual, e
identifique los desafíos más urgentes que exigen una respuesta pastoral de la
Iglesia.
Las Fichas de trabajo que acompañan el Documento de Participación son un subsidio pedagógico muy útil para
la reflexión y el estudio de los diversos temas del Documento. La Ficha n. 12, cuyo título es “Los
rostros de inhumana pobreza nos conmueven e interpelan”, ofrece un espacio muy
apropiado para realizar una sustancial contribución sobre el actual fenómeno de
la movilidad humana en nuestro Continente. Luego están las fichas número 4, 5,
6 y 7 que motivan la reflexión sobre la identidad, la formación y la misión del
discípulo, y en particular la ficha número 4 que presenta la realidad de “las
grandes ciudades y el fenómeno migratorio, que nos obliga a pensar en actitudes
e iniciativas más activas y adecuadas”.
Una ficha clave es la número 14: “La vida de nuestros pueblos en
Cristo: tarea de todos”. Esta ficha está recomendada explícitamente en el Documento de Participación (n. 169) para
enviar sus aportaciones “sobre todos los asuntos que estimen de importancia”.
Esta ficha tiene cuatro partes, entre las cuales es muy apropiada la primera
parte en el número 4.
Por último, es muy importante trabajar con la ficha
número 15 que se refiere a “Una gran Misión Continental”, porque interesan
todas las experiencias que puedan ayudarnos a preparar esa misión. Para ello,
la experiencia de “estilos de misión” realizados por los apóstoles y sus inmediatos
colaboradores en los comienzos de la Iglesia nos pueden servir de modelos
también en el Tercer Milenio, que nos inspiren a buscar nuevas expresiones con
un nuevo ardor misionero.
Participar es más que una estrategia
pastoral. La V Conferencia es un acontecimiento eclesial que nos impulsa, ante
todo, a seguir y adherirnos más plenamente a Jesucristo vivo como discípulos y
misioneros suyos. Al mismo tiempo nos invita a participar activamente en su
preparación a través de la reflexión y los aportes al Documento de
Participación, de tal manera que:
1. Trabajando el tema
de la Conferencia de Aparecida, déjense
enriquecer y vivificar por el Espíritu Santo a través de la oración y del
proceso de vida que desata su providencial temario, y de las respuestas que
vayan surgiendo en las comunidades donde realicen esta tarea. Pentecostés, que
celebraremos en unos días más, nace como encuentro de pueblos.
2. La condición humana es esencialmente migrante, por eso este II
Encuentro Continental puede aportar mucha riqueza para profundizar la
identidad, vocación y misión del discípulo y misionero de Jesucristo. Además,
esperamos de ustedes un aporte sustancial sobre la realidad actual de la
movilidad humana en nuestro continente y las consecuentes sugerencias
pastorales que consideran más adecuadas para responder a sus desafíos.
3. Seguramente Ustedes
han conocido a discípulos y misioneros
sobresalientes, especialmente comprometidos con los migrantes y refugiados.
No los olviden en este camino. Recuérdenlos en sus reuniones. Déjense inspirar
por su testimonio.
4. Por último les
pedimos que participen activamente y con
entusiasmo en la preparación de la V Conferencia, integrándose a las
instancias que correspondan en sus Iglesias particulares y en los organismos
propios de las conferencias episcopales, reflexionando sobre el tema de la
reunión de Aparecida desde la perspectiva de la movilidad humana; motiven a
otros agentes de pastoral que trabajan en esta pastoral a trabajar en las
instancias y comunidades de la Iglesia de las cuales forman parte; y sobre
todo, pidan en oración con la Madre de Jesús los dones del Espíritu Santo para
quienes participen en su preparación, celebración e implementación, de modo que
esta hora de gracias sea un nuevo Pentecostés para la Iglesia y para nuestros
pueblos.
[1] Se trata del encuentro celebrado en
febrero de 2004 en Puebla de los Ángeles, México. Allí se celebraron los 25
años de la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (Puebla,
1979) y fue entonces, en el contexto de una Asamblea del CELAM, cuando por
primera vez se habló del discipulado como posible tema para la V Conferencia
General y se elaboró el texto Hacia una V
Conferencia con un primer desarrollo sobre tema y los desafíos que
justificaban el pedido de una reunión episcopal a nivel continental.
[2] Hacia una V
Conferencia, Puebla
de los Ángeles, febrero 2004, n. 7 al 11.
[3] “Un sintético excursus histórico manifiesta la preocupación de la Iglesia por el
migrante y el refugiado en los documentos eclesiales, es decir, desde la Exsul Familia, al Concilio Ecuménico
Vaticano II, a la Instrucción De
Pastorali migratorum cura y a la sucesiva normativa canónica” (Erga Migrantes, Presentación).
[4] El Papa Pío XII, cuando se dirige a
los participantes de la Conferencia General de Rio, señala que “entre
otros temas de suma importancia, ciertamente no se olvidará éste que ahora
sigue. América, con hospitalaria caridad, acoge -en sus amplias regiones,
abundantes en minas, en productos agrícolas y en todo cuanto facilita la vida-
a gran número de personas a quienes la necesidad vital o la violenta
persecución obligan a alejarse de su tierra patria. Este intenso desplazamiento
de tantos hombres presenta, como fácilmente se comprende, muchos problemas
necesitados de solución, sobre los cuales ya hablamos llamado la atención en
Nuestra constitución apostólica Exsul
familia, dando allí preceptos y normas principalmente en lo que a la
asistencia espiritual de los emigrantes se refiere” (Pío XII, Ad Ecclesiam Christi, n. 7, 1955).
[5] Documento de Medellín, cap. II, 1.
[6] Ídem, cap. X.
[7] “Comprobamos, pues, como el más
devastador y humillante flagelo, la situación de inhumana pobreza en que viven
millones de latinoamericanos expresada, por ejemplo, en mortalidad infantil,
falta de vivienda adecuada, problemas de salud, salarios de hambre, desempleo y
subempleo, desnutrición, inestabilidad laboral, migraciones masivas, forzadas y
desamparadas, etc.” (Documento de Puebla,
n. 29). Más adelante se dice que “entre los graves problemas demográficos
dentro del continente se observa el fenómeno de las migraciones internas y
externas que llevan un sentido de desarraigo” (n. 71). Por último, se da cuenta
que “la intensificación de las migraciones y de los desplazamientos de
población del agro hacia la ciudad se encuentran entre los fenómenos y
problemas particulares e importantes de nuestro continente” (n. 419).
[8] Ídem, cf. n. 307.
[9] Ídem, cf. n. 366.
[10] Para tener una idea sobre el
panorama que presenta Santo Domingo sobre la realidad de las migraciones y las
respuestas pastorales que se proponen, se puede ver, además del apartado
específico que trata este tema en los números 186-189, los números 107, 141,
178 y 260.
[11] Las líneas pastorales que propone la
IV Conferencia General para responder a los nuevos y viejos retos de la
migración son, “reforzar la pastoral de la movilidad humana enlazando esfuerzos
entre diócesis y conferencias episcopales de las regiones afectadas, y cuidando
que, en la acogida y demás servicios en favor de los migrantes, se respeten sus
riquezas espirituales y religiosas; concientizar a los sectores públicos sobre
el problema de las migraciones, con miras a la equidad de las leyes sobre el
trabajo y el seguro social y el cumplimiento de convenios internacionales;
ofrecer a los migrantes una catequesis adaptada a su cultura y asesoría legal
para proteger sus derechos; y presentar alternativas a los campesinos para que
no se sientan obligados a migrar a la ciudad” (Documento de Santo Domingo, n. 188-189).
[12] En el mismo número, la Exhortación
destaca la importancia que se “debe dar a la colaboración entre las diócesis de
las que proceden y aquellas en las que son acogidos, también mediante las
específicas estructuras pastorales previstas en la legislación y en la praxis
de la Iglesia. Se puede asegurar así la atención pastoral más adecuada posible
e integral”.
[13] Por ejemplo, al referirse a la
“comunión más intensa entre las iglesias particulares”, se sugiere la
conveniencia de fortalecer las reuniones interamericanas, promovidas ya por las
Conferencias Episcopales de las diversas Naciones americanas, y crear
comisiones específicas para profundizar los temas comunes que afectan a toda
América, para dar un impulso a la cooperación en campos especialmente
necesarios”, entre los cuales menciona las migraciones (cf. n. 37). En el
Capítulo IV, “Caminos para la comunión”, al tratar el tema de las Religiones no
cristianas, advierte que la Iglesia en América debe esforzarse por aumentar el
mutuo respeto y las buenas relaciones “con los grupos hinduistas y budistas o
de otras religiones que las recientes inmigraciones, procedentes de países
orientales, han llevado al suelo americano” (n. 51). Por último, en el Capítulo
VI “La misión de la Iglesia hoy en América: la Nueva Evangelización”, sensible
a su misión pastoral y respondiendo a la misión que Jesucristo le confió de
evangelizar a todas las naciones, muestra su preocupación “sobre todo con los
inmigrantes provenientes de Asia” (n. 74).
[14] Este párrafo toma algunos conceptos
que podemos encontrar más desarrollados en “Globalización y Nueva
Evangelización en América Latina y el Caribe – Reflexiones del CELAM
1999-2003”, Colección Documentos CELAM n. 165