HACIA UNA IGLESIA PEREGRINA Y MISIONERA

MENSAJE  DEL II ENCUENTRO CONTINENTAL DE MIGRACIONES Y REFUGIO
PROMOVIDO POR LA  SECCIÓN DE MOVILIDAD HUMANA DEL CELAM

 

 “Hacia una Iglesia Peregrina y Misionera”

Reunidos en el II Encuentro Continental de Migración, Refugio y Desplazamientos y con la presencia del Arzobispo Secretario del Consejo Pontificio para la Pastoral de los Migrantes e Itinerantes, con el objetivo de aportar nuestra contribución a la construcción de una Iglesia peregrina y misionera, hemos compartido, una vez más, los dolores y alegrías de nuestros hermanos y hermanas migrantes, refugiados y desplazados, dispersos en este mundo que de ancho se volvió pequeño y de ajeno se está haciendo cada vez más nuestro.

Las migraciones siempre acompañaron la historia de la humanidad. Pero estamos delante de un fenómeno que tomó ya proporciones mundiales. Las Migraciones son un signo de los tiempos. La intensidad del fenómeno reclama hoy al orden político y económico mundial e interpela también a la Iglesia.

De hecho, la Iglesia, en su solicitud pastoral, cuida del bien integral de todos sus miembros, especialmente, los mas necesitados, los discriminados, los excluidos y los en situación de sufrimiento.

Estamos invitados a reconocer en nuestro tiempo y en la realidad de la movilidad de millones de personas en el mundo globalizado un momento de gracia, propicio para el surgimiento de un nuevo orden mundial inspirado por los valores del evangelio, marcados por el amor y la solidaridad.

Damos, pues, gracias a Dios por la presencia del Espíritu en el trabajo de tantas personas, grupos y organizaciones, que animadas por el Evangelio, son portadoras de esperanza y solidaridad para los hermanos y hermanas en movilidad.

Animamos a los migrantes, refugiados y desplazados a reconocerse ellos mismos como denuncias vivas de las desigualdades de una globalización excluyente y profetas que proponen la justicia social para un mundo nuevo. Su sola presencia es una llamada a la conversión y estímulo para el cambio.

Un mundo nuevo precisa ser construido sobre referentes éticos que reconozcan la persona humana y su dignidad como el fundamento de la civilización y del desarrollo. A esta tarea estamos llamados todos, la Iglesia misma, los Estados y las sociedades que deben abrir el corazón y la mente para que se concreten los cambios necesarios en las estructuras, en las leyes y en las relaciones entre los pueblos y las culturas, para que las migraciones se desarrollen pacíficamente.

Instamos a las autoridades de los Estados a escuchar la voz de quienes son excluidos de la sociedad y a reconocer a toda persona humana una “Ciudadanía Universal”, por el simple y fundamental hecho de ser miembro de la familia humana, partícipe de la sociedad mundial, con derecho a ocupar un espacio digno y a contribuir con su presencia y trabajo al bien común.

Instamos a los responsables de la economía a reconocer como causa importante de las migraciones la creciente desigualdad económica entre los países y las regiones del planeta y a escuchar el clamor de los migrantes para volver a la sensatez y construir el camino para un nuevo orden económico que incluya y propicie el bienestar y la solidaridad de todos los habitantes del planeta.

Animamos tanto a las sociedades receptoras, como a los migrantes que llegan a ellas a derribar las barreras de los prejuicios, a recibirse mutuamente como dones de Dios, y acogerse en un intercambio cultural respetuoso y enriquecedor. Estamos llamados a una convivencia armónica entre pueblos y culturas.

Nos anima el ejemplo de Jesús que experimentó la migración y el refugio y que desde su encarnación en un pueblo y cultura concretos, vivió en su práctica, los valores del Reino, traspasando todas las fronteras y derribando los muros del odio y de los prejuicios, con su muerte en la cruz y con su resurrección, hizo de muchos un solo pueblo.

Como creyentes, sabemos que no tenemos en este mundo patria definitiva y que estamos en camino hacia cielos nuevos y una tierra nueva. La experiencia de la fe hace de la migración un camino a la trascendencia, a traspasar las fronteras de lo provisorio y temporal en la esperanza de la plena realización del Reino de Dios.

Estamos seguros que, por su importancia, la movilidad humana y el fortalecimiento de su específica pastoral merecerán la profunda consideración de los Pastores y de los agentes de pastoral para realizar la concreta solicitud que la Iglesia pide en su Magisterio y en su dinamismo de nueva evangelización.

Estamos convencidos que la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano debe ser ocasión para reafirmar la importancia de una pastoral específica de la movilidad humana inserta en la pastoral de conjunto de nuestras iglesias (cfr. Christus Dominus, 18; Erga Migrantes Caritas Christi ,21~23).

Que la intercesión de Maria reafirme nuestro caminar de discípulos y misioneros, peregrinos y solidarios con la humanidad en busca de su realización plena en Cristo.

 

Bogotá, 2 de junio de 2006